jueves, febrero 01, 2007

Adiós, libretas chinas

Soy una compradora compulsiva de libretas. Especialmente si tienen motivos orientales, "mis adoradas y odiadas libretas chinas", como yo les llamo, cuando no nos oye nadie.
Cada uno tiene sus manías y peculiaridades en esto de escribir, no me lo nieguen ahora, y si no lo tendrán en otras historias. A mí me obsesiona que el cuaderno sobre el que voy a comenzar a escupir letras y palabras me de buenas vibraciones, me guste. Y eso acaba por convertirse en la búsqueda del Santo Grial.
Mezclar mis arrebatos compulsivos consumistas, con el éxtasis del hallazgo perfecto, no siempre es fácil. Las libretas se terminan por amontonar en mi casa con sólo dos o tres páginas escritas. Soy caótica, en mi vida cotidiana, en mis horarios, en el día a día, así que no podía ser menos en lo literario. Antes lo dudaba, ahora estoy segura, que este es el motivo que me obliga a escribir una y otra vez novela coral. Es una especie de genial licencia que me permite emborronar no sólo una vida sino todas las que me de la gana.

Escribo mis novelas en la cabeza. Llevaba más de un año con la tercera novela en ella y llegó el momento de parirla. Es lo más fácil y a la vez lo más difícil, cuando realizo este proceso de plasmarlo en papel una gran parte de mi salud mental desaparece, incluso algo de la física, es como si envejeciera, como si pasaran diez años por cada uno. A veces intento mirar a otro lado, como si no fuera conmigo, temo volver a sumergirme en esa espiral con tantas vueltas y que me invada el vértigo. Por otro lado, es un engranaje tan absurdo, pero tan perfecto que no hay posibilidad de detener el proceso.
Para este libro, que avanza ya en papel, poco a poco, también comenzó la búsqueda de la libreta china, encontré hasta el día de hoy todas estas. No era lo esperado, yo quería algo diferente, algo nuevo, algo que me ayude en los momentos de locura y me haga compañía.













Hace sólo unos días lo encontré y quería presentaros a mi nuevo compañero. Un Spectrum portátil a estrenar del año 87, sí, 87. Pesa menos de medio kilo y su teclado es tan increíble, que parece ser que lo imitaron para los Mac por su textura y comodidad. Podríamos llamarla la mamá de las PDA.
Qué quieren, nunca he sido muy normal, también escucho música en vinilos…
Mis libretas quedan relegadas por un tiempo, lo dejaremos no en un adiós, sino en un hasta luego, aborrezco las despedidas.

lunes, enero 29, 2007

AZUL

Tenías razón. La pintura cubre la mayor parte de mi cuerpo. Sentada en el suelo rodeada de hojas de periódico manchadas, botes y pinceles echo la cabeza hacía atrás para contemplar mi obra. Ya he terminado. Son las cinco de la mañana y mi último y apasionado empeño de dar un nuevo aire a nuestro cuarto está ya realizado.
¡Qué sensación de triunfo, de placer! Instantánea. Una sensación placentera sorprendentemente efímera, como todas las que siempre siguen a la realización de mis pequeñas metas cotidianas. Esta vez al menos queda el olor, el asfixiante y empalagoso olor de la pintura fresca junto con el característico picor de ojos, sopor y dolor de cabeza. Olor que se ha ido introduciendo por mis fosas nasales durante unas horas para llegar a pintar finalmente mis pulmones con el color azul añil elegido para nuestro cuarto. Me encanta el olor. El color es horrible. Tú tenías razón, en realidad siempre la tienes. Me siento como si estuviera dentro de una carpeta gigante de las que en tiempos se llevaban al colegio cuando aún no había ni un solo Kevin Costner Jesús suelto por las calles. Si nuestro cuarto es una carpeta, nosotros somos dos insípidos folios dentro de ella.

No sirve de nada. La pintura no ha servido de nada. Nada que no sea intentar engañarme a mí misma con el exultante placer que me provoca su aroma. Tú ya no me sabes a nada, no puedo encontrarte ningún sabor por más que mi lengua recorra tu cuerpo de un lado a otro. Tengo que asumirlo. No sé cuanto tiempo ha pasado desde que mi sentido del gusto ha ido perdiendo el norte, pero ya no tienes en tu piel ese sabor a mordisco de manzana y a sal marina de Cala Tuent.
“El día que mis cinco sentidos, los cinco, disfruten plenamente al estar con un hombre, habré encontrado el hombre de mis días, pero mientras mis ojos no brillen hasta dolerme cuando le mire, las aletas de mi nariz no se agranden de la excitación de olerle, mis manos no tiemblen cuando acaricien sus manos, toquen su rostro, mis oídos no escuchen la mejor de las melodías cuando él me hable, su sabor no me erice las venas, será señal de que no le he encontrado, de que no es él. Tendré que abandonarle. No tendría sentido.”

Siempre lo digo, pero hasta hoy nunca lo había pensado, nunca me había preocupado lo que realmente quería decir. ¡Sólo era una frase hecha! Una tontería que he dicho siempre. Contigo no, es distinto, todo es distinto, desde que te conocí todo ha sido diferente, como han temblado mis manos, brillado mis ojos, agrandado mis fosas nasales, mis oídos han bailado cuando mi boca te ha besado. Porque tú eres “Tú”, nunca debí decírtelo. No puede pasarme esto, no a mí.

Voy a pensar en ti. Cierro los ojos con fuerza, no te veo, no puedo verte. Veamos, pensaré en trozos de ti. Cierro los ojos aún con más fuerza, me pican mucho. Sigo sin verte. Pienso en unas manos, pero no son las tuyas. Veo unos labios, pero no son los tuyos. Intentó recordar tus ojos, no me miran. Me lloran los ojos de tanto apretarlos, siempre que pinto me lloran. La pintura ya tan apenas huele, o quizá me he acostumbrado tanto que ya no lo noto, debe ser eso.
Corro a la cocina y comienzo a abrir los armarios tirando todo por los aires, vuelco el contenido del frigorífico en el suelo, lanzándome como una histérica a la búsqueda de mis sentidos. Engullo todo lo que cojo, el tomate, el pollo de la cena, cebollas, verduras, huevos, chupo los tarros, botes y abro los yogures a mordiscos. Ni siquiera mi propia sangre, que mana de un corte del labio tiene ningún sabor ya para mí. Seguramente me estás llamando a gritos desde el cuarto de estar, donde duermes esta noche para que yo pueda pintar, pero no te oigo. No puedo oírte.
No sé cuanto tiempo he pasado sentada entre este caos que me rodea. Opto por levantarme y comer un puñado de cereales de los que tú tomas. Cereales que siempre me han resultado insípidos, nunca me han sabido a nada y que en cierto modo aplacan mi histeria salvaje haciéndome sentir más cercana a los seres reales. No entiendo nada, absolutamente nada.

Estás dormido. Tenías la puerta del cuarto cerrada, mejor. No has oído nada. No has visto nada. No has tenido que ver nada. Me acerco a tu lado y te miro. En tu sueño haces un mohín despectivo, después de la noche que llevo sí has debido notar mi presencia. Me acerco aún más sin dejar de mirarte y huelo tu pelo rizado y fino. Aún más y acaricio suavemente con mis dedos tu hombro, muy suavemente, sólo rozándote con la zona más saliente de mis yemas, para no despertarte. Me tumbo junto a ti apoyando mi cabeza sobre tu corazón como tantas noches. Una lágrima se desliza por mi mejilla, va corriendo en línea recta hasta llegar a mis labios, que descansan inertes sobre tu pecho.
Nada tiene sentido.


Publicado en el libro de relatos del Certamen del Ayuntamiento de Calafell (julio 2006)
Revista Narrativas.

(Gracias Alfredo por la idea de darle la vuelta al escrito)

sábado, enero 13, 2007

Falda de vuelo

En ocasiones cojo las agujas de punto para lana bien gorda y me siento en la mecedora dispuesta a tricotar, observar y desgranar existencias ajenas. Es esa faceta de yaya con moño gris y blanco que no puedo, ni quiero evitar. Observo todo e invento las vidas de gente que va sentada al lado mío en el autobús, por la calle, en el mercado… Les miro de refilón y sin darme cuenta, ya que se trata de un acto tan reflejo como levantar la rodilla ante el martillo metálico del médico, invento lo que pienso que podría ser su vida.
Esto me ha llevado a encontrarme en situaciones surrealistas.
Recuerdo como si fuera ahora mismo, una noche que fui al concierto de un grupo de amigos, era la fiesta de una urbanización de ricos propietarios isleños. Un ambiente extremadamente relajado, aburrido y soso que me obligó a observar a mi alrededor. Unas niñas correteaban entre los adultos empujando y gritando. Estaban fuera de lugar y de vestimenta para su corta edad, de no más de seis años.
Observé en sus idas y venidas que el origen de sus movimientos era una mujer joven, delgada, algo ajada para sus años, vestida con una falda blanca de algodón con vuelo que le llegaba hasta los pies y una camiseta roja. Nada en ella era especialmente raro, pero nada en ella era normal. Bailaba sola al son de la música que sonaba de fondo, mientras los numerosos grupos se tomaban una copa y charlaban y nosotros hacíamos nuestro papel de fans desatados. Las niñas corrían y chocaban contra ella con sus largas melenas y sus mayas ajustadas de adolescentes. Ella les acariciaba casi sin mirarlas y sin dejar de sonreír seguía meciéndose al son de la música.
− La oveja negra de la urbanización perfecta− le dije a una amiga.
−¿Qué dices?
− Observa a esa mujer, los vecinos no la aguantan, nadie le habla, está medio ida, seguramente tiene problemas de drogas o alcohol y no se van a molestar en saber por qué. Puede que le hayan abandonado con sus dos niñas y ella sólo quiere largarse de esta mierda de lugar.
− Estás fatal − me dijo riéndose− si está tan normal con sus hijas viendo el concierto, qué ricas son...
Cuandi fuimos hacia los aparcamientos, era una noche cerrada y no había luces, una extensión de cemento y oscuridad inmens.
Junto a uno de los coches un amigo nos esperaba fumando un cigarrillo, ella estaba con él. Movía su cabeza de manera poco coordinada, y con la mano movía la falda como si siguiera bailando. Él hizo un gesto de auxilio desesperado para que nos acercáramos y fuimos hasta allí.
− Te doy lo que quieras por un cigarrillo − le repetía una y otra vez al chico acercándole su aliento cargado de alcohol. Sonreía e intentaba desplegar unos encantos que vista de tan cerca, no sólo no tenía, sino que probablemente había perdido hacía mucho tiempo. Demasiado pronto. Un rostro cargado de señales de todo tipo
− Te doy lo que quieras, pero dame ese cigarrillo y llévame contigo. Sacarme de aquí…− su sonrisa se retiró para dar paso a un puchero desesperado.
Se tranquilizó, después de conversaciones incoherentes, de ofrecer su cuerpo insistentemente a nadie en concreto, para finalmente irse.
La miré caminar en la oscuridad con su falda de vuelo blanco, un caminar cansino hacia las luces y la música que sonaba lejos. No podía dejar de hacerlo, me la habría llevado lejos con sus niñas, esas hadas diminutas con mayas apretadas para salvarlas vete a saber de qué. Era como si fuera culpa mía, como si hubiera inventado realmente su desgracia.
Mi amiga me miró desconcertada.

Nunca he olvidado el rostro ajado de esa mujer, su voz pastosa, su falda de vuelo.

martes, diciembre 19, 2006

Ya están aquí...


Hace unas semanas llegué a casa con unas cuantas compras. Vacié las bolsas y para mi sorpresa no encontraba nada de lo que había adquirido sólo minutos o un rato antes. Todo estaba rebozado de papeles de colores. Los huesos de Jazz en papel dorado, la crema del pelo en otro rojo y negro brillante. Pensé que como un fenómeno natural de difícil solución, las navidades habían llegado ya por la zona. Cada año antes, por cierto.
De niña las adoraba. De adolescente las negaba, era esa época en la que las hormonas están en pleno baile tropical y solía negar todo por defecto.
Más adelante, durante infinidad de años, las aborrecí. Era la sensación de que en vez de ser una época maravillosa, se trataba simplemente de unas semanas en las que las miserias humanas, más o menos importantes, se lanzaban a la cara como una tarta de las películas cómicas del cine mudo. Desde los que se comen el aire tirados en la calle, hasta los que tienen el pollo pero no en la mesa si no por discusiones familiares o el eterno ¿con qué parte de la familia se cena este año? pasando por los que quizá no tengan nada que celebrar, y la presencia brutal de las ausencias. Quizá es pura demagogia, pero qué queréis, era la sensación que me producía el encendido de esas interminables ristras de bombillas con dibujos horteras.

Ahora, sin embargo, pienso que como todo, se sufre o se disfruta en la medida que se le de importancia. Ya no las aborrezco, ni las odio. Las veo llegar como al compañero plasta de la clase o al tonto del pueblo, que sabes que en el fondo no sólo no es malo, sino que no tiene culpa de nada. Está ahí y ya, qué vamos a hacerle…

Al fin y al cabo teniendo en cuenta el precio irrisorio de cada bombilla y lo que duran, al menos en mi casa, los gnomos de las luces también tienen que vivir, al igual que los que trabajan fabricando miles de kilómetros de papeles con dibujos para que envolvamos nuestros regalos, que el resto del año se lamentan de lo poco que se quieren y se sorprenden los humanos unos a otros. Y por qué no, los Reyes Magos se han ganado su derecho a su peculiar trono con creces, por no contar nada a esos millones de pequeños enanitos acolchados por el frío, que les esperan todo un año.
Aprovecharé que mis amigos vienen de los puntos más diversos del planeta estos días, para con un vino (del bueno) en mano, contarnos nuestras miserias y novedades.
Un beso, un fuerte abrazo para todos y una tira espumillón del tornasolado y brillante, lleno de energía positiva para cada uno de vosotros.

Mónica

miércoles, noviembre 29, 2006

VECINOS



La estudiante de secundaria del tercero había olvidado las llaves de casa esa tarde y esperaba sentada en un peldaño de la escalera con la carpeta sobre las rodillas, llena de fotos de actores de las series de moda.
El niño del quinto subía por la escalera y al verla le temblaron las piernas. Se sentó a su lado sin decirle nada, que no fuera un gesto para ofrecerle dulces de una bolsa de plástico arrugada. La adolescente lo miró, pasó la mano por el pelo despeinándolo y dejándole un mechón apuntando al techo metió la mano y cogió un regaliz.
Ella bostezó y se frotó el ojo derecho lloroso. Él sin girar el cuello estiró el ojo izquierdo y le miró el pecho, mientras su madre en el quinto recorría el pasillo de la casa mirando el reloj, pensando dónde estaba ese maldito niño.


Le había consentido ir a por gominolas con tal de no escucharlo protestar más, y ahora no subía y llegaba tarde a la cita. Recorría la casa con un cigarro apagado, porque no soportaba el olor a tabaco en su hogar, entre unos dedos cuidados, y unas uñas pintadas en marrón chocolate como el que comía en ese momento su hijo en forma de bola gigante.
Colocó un cuadro que le pareció algo torcido con la mano libre. Dobló el echarpe que había sobre el sofá del salón donde había estado leyendo. Y volvió de nuevo a contraatacar el suelo del pasillo con un ir y venir implacable, dejando una estela de perfume caro por toda la casa.

El agente de seguros del cuarto se daba el baño semanal como todos los viernes a la misma hora. Escuchaba con atención el sonido celestial de los tacones de su vecina del quinto. La imaginó con medias negras finas y delicadas con ese pelo corto sobre sus ojos negros. Toda oscuridad y lejanía para él.
Se sumergió del todo y entre las olas de la bañera, la imaginó entre sus brazos como un film en blanco y negro donde él era el chico malo.

En el segundo la niña celebraba el cumpleaños. Ya habían llegado todos los amigos. Las madres en la sala de estar entre cotilleos y críticas dejaban pasar la tarde, los gritos y las peleas.

En el primero, sí tenían una pelea de verdad. Ella no parecía perdonar que él le fuera infiel de vez en cuando. Aunque no fuera siempre. Rompió el vaso que compró en los chinos y tiró sobre la pared el plato sobre el que apoyaban las llaves al entrar en casa. Ese gesto tan simple y tan lleno de complicidad que ahora se el antojaba un chiste macabro.

En el entresuelo, la antigua casa del portero, cuando las casas tenían un portero que saludaba, sabía las vidas de todos, las debilidades del más fuerte y los secretos del más callado, un chico estaba sentado en el suelo sobre una tela olvidada por el camión que había hecho la mudanza. Escuchaba los gritos y los ruidos del primero amortiguados, sólo por los alaridos y música de la jauria de niños del segundo que entonaban un desafinado cumpleaños feliz, seguido de aplausos y rotura de lo que por el sonido parecía algo de porcelana barata.

domingo, noviembre 19, 2006

Tres veces Julia


-- Cuando asomé la nariz y los ojos a este mundo por primera vez, en ese mismo momento, mi madre murió. Tenía los ojos grises y redondos como los tuyos. Mi hermana la sustituyó siempre. Un día un coche decidió correr más que ella por una calle. Las recuerdo mucho. Como recuerdo a la amiga que encharcó sus venas de miles de venenos por un mal amor. Todas se llamaban Julia.

Ella levantó sus ojos redondos de la taza de café, con mezcla de extrañeza, desasosiego e incredulidad.

-- Sé que te parecerá absurdo, pero sigo sin atreverme a preguntar tu nombre.

sábado, noviembre 11, 2006

Noche tras noche

Me apasionan los sueños. No sólo el hecho de vivirlos por la noche cerrada en mundos paralelos o interiores, sino durante todo el día y por supuesto toda la vida. Me apasiona el término en sí.
Considero que abarca todo lo que tiene de mágico el ser humano. Una especie de Ying Yang de la mente. Una sola palabra que nos habla de esas metas imposibles y deseadas como el oro más brillante del mundo, que algunos luchan para conseguirlas sin descanso. Otros se transforman en lechera torpe cargada de litros de leche recién ordeñada, que desparraman por todas partes. Y otros sólo los sienten junto a la almohada, cuando nadie les ve y ni ellos mismos se oyen. Y en su faceta onírica es ese impresionante universo paralelo en el que nos zambullimos cuando el cuerpo y la mente se relajan tanto que se llegan a desplazar a otros mundos, otras vidas.

La capacidad de soñar me parece un don de los dioses. Y lamento de veras cuando alguien me dice que no sueña por las noches, o que si lo hace no recuerda nada al despertar.

He tenido la suerte de vivir vidas ajenas a la mía en todos los sentidos y géneros, he sido animal, he sido hombre, he sido otras mujeres. He amado sin reservas a personas que nunca antes he visto y que a pesar de los años y buscarlas durante algún tiempo entre las calles y la gente no he encontrado. He llorado, he comido, he sentido aromas, olores y he visitado lugares tan maravillosos, que tienen que estar en algún mundo.
Hace muchos años por las mañanas los anotaba. Recuerdo con claridad uno sobre un hombre que llegaba a un poblado de casas de barro que formaban una espectacular figura entre todas ellas vista desde el aire, pintadas en tonos azules, que no pude evitar plasmarlo en un relato. Era una historia que ha tenido que pertenecer a alguien, o a mí misma en otras vidas anteriores, quién sabe, y de alguna manera no quería que se perdiera. Ahora he dejado de hacerlo, he pensado que nunca he anotado un recuerdo, ni una vivencia diurna, por qué sí un sueño.

He tenido también la desgracia de encontrarme con muertes, con malos malísimos, con el terror en sus más altas cotas, con el dolor extremo. Nada en la vida, aunque sea en la onírica se otorga de manera gratuita.

No intento interpretar los sueños, me parece un absurdo, tanto como el que intenta interpretar la Biblia. Tampoco busco una explicación científica que sólo me hable de sus fases, de por qué sucede…
Generalizar sobre algo tan personal como lo que ocurre en el interior de la mente que camina a su aire por senderos propios, me parece tan surrealista como sus pasos. Aunque sí me obliga en ocasiones a preguntarme, si tiene capacidad de inventar sola todas esas historias o si realmente existen otras vidas, u otros mundos que de vez en cuando y a su antojo deciden hacernos una visita. La mente, mi soñada y eterna amiga desconocida.