miércoles, febrero 21, 2007

REVISTA NARRATIVAS

Para todos los que estáis con resaca y dando vueltas por mi casa, entre farolillos y dibujos chinos rojos, os recomiendo una taza de café y la lectura del número cuatro de la REVISTA NARRATIVAS: (www.revistanarrativas.com)
Editada por: Magda Díaz Morales y
Carlos Manzano.
La revista es trimestral y aprovecho que está justo en su mitad de tiempo, para recordar de nuevo su lectura. La podéis descargar en formato PDF.
Tuve el placer de ser invitada para colaborar y me siento muy agradecida. Fue todo un honor.
Narrativas.
Revista de narrativa contemporánea en castellano.
ÍNDICE:
ENSAYO:
"El intruso " de Delmira Agustini, Magda Díaz y Morales
“La adolescencia femenina en Dublineses. Las figuras de Eveline y Polly”, Blanca Gago Domínguez
“Hacia una revisión crítica de la recepción de Sor Juana Inés de la Cruz, desde el siglo diecisiete hasta la actualidad”, Verónica Grossi
“Cortazar en el cine”, Óscar Pita-Grandi
RELATO:
“El viejo que se parecía a Voltaire”, Eduardo García Aguilar
“El devorador de cuentos”, José Ángel Barrueco
“El duelo”, Rodolfo J.M.
"Formas del iris”, Miguel P. Soler
"Julia", Sergio Llorens
“Lo que soy”, María Dubón
“La pared opuesta de la cueva“, Fernando Arrojo
“Azul“, Mónica Gutiérrez Sancho
“Cocina tomada“, Luis Pita
“Minificciones“, Marcos Rodríguez Leija
“Todos eran iguales, menos uno“, Pedro M. Martínez Corada
“Entre dos fuegos“, Purificación Ávila
“El otro“ (versión abreviada), Javier Avilés
“Relato Oblicuo“, Roberto Tassi
“Marcel y el unicornio“, Esther Zorrozua
“El espacio curvo“, José Luis Justes Amador
“Feria“, Sergio Borao Llop
“El café de los micros", Gustavo Nielsen
“Venecia", Rosa Ribas
“La cara de Marte", José Miguel Sanfeliú
“El viaje", Sergio Manganelli
“Mañana con higos", Agustín Cadena
NOVELA:
La cisura de Rolando (Novela inédita, capítulo I), Gabriel Bañez
NARRADORES:
Luis Arturo Ramos y Care Santos
RESEÑAS:
Jacques El fatalista, de Denis Diderot: Magda Díaz y Morales
Segundos afuera, de Martín Kohan: Blanca Gago Domínguez
Tristano muere, de Antonio Tabucchi: Gatito Viejo
El silencio del aviador, de Paul Nothomb: Daniel Pérez
La vida exagerada de Martín Romaña, de Alfredo Bryce Echenique: Cristina Núñez Pereira
Novedades editoriales

miércoles, febrero 14, 2007

El que espera...

Las posible vías para esperar eran tres. El cartero, el teléfono y el correo electrónico, por lo que era acción imprescindible estar preparado para tenerlas todas controladas.
Los nervios en el círculo interno más redondo y perfecto del centro del estómago, se movían de un lado a otro sin saber dónde situarse, ni poder quedarse quietos, como Andrés, que iba por el pasillo con los sentidos alerta y las ansias en la punta de los dedos.
Las horas comenzaron por pasar deprisa, para pasar algo más lentas, hasta llegar a arrastrarse entre las paredes, sentarse un rato en las sillas y tomar un café sobre todas las mesas de la casa.
El ojo izquierdo perdió parte de su visión y se llenó de arrugas de tanto mantenerlo entrecerrado, mientras el derecho escudriñaba atento por la mirilla mañana, tarde y noche. El derecho comenzó con los días a ver todas las formas algo difusas, para terminar por verlas ovaladas.
El teléfono permanecía siempre encendido y la batería se gastaba en minutos, consumida por la ansiedad de unos oídos tan ávidos de respuesta.
El correo electrónico con el tiempo perdió el letrero: Bandeja de entrada y los mensajes daban vueltas sin tener ya un lugar dónde apoyarse.
La espera estaba servida, pero él, como hombre poco previsor, quizá no estaba tan bien pertrechado como pensó para afrontarla. Para matar el tiempo, veía la televisión ovalada con su ojo derecho y el izquierdo en nebulosa. Participaba en todos los concursos, enviaba todos los mensajes, jugaba al bingo en el teletexto y pedía comida a domicilio por el nuevo móvil que compró por Internet para tener el otro eternamente disponible. No salía, tan apenas comía, ya tan apenas miraba, ni escuchaba, ni pensaba, ni sentía, ni sufría. Sólo esperaba.

Pero no es cierto eso que dicen: "El que espera desespera". Ya que Andrés con el tiempo, mucho, ni siquiera recordaba que era lo que tanto ansiaba.

Para todos los pobres mortales, que de una manera u otra, han dedicado por completo algún momento de su existencia a la ardua tarea de esperar.

lunes, febrero 12, 2007

El maestro y Margarita


"Cuando llegara el otoño tenían que comprar petróleo para la calefacción, pero nadie sabía de dónde podrían sacar el dinero necesario. El “inturista” les ayudaría a salir del paso. Nikanor Ivánovich era un hombre práctico y prudente. Antes de decidir le dijo al intérprete que tenía que consultarlo con la Oficina de Turismo Extranjero. "



Mijaíl Bulgákov
El maestro y Margarita
Alianza Editorial
Por petición popular aquí está la tarea solicitada, escribir tres frases a partir de la quinta, de la página 123 del libro que ahora mismo estoy leyendo. No le paso el meme a nadie, pero el que guste puede continuar en su blog...
Un abrazo

jueves, febrero 01, 2007

Adiós, libretas chinas

Soy una compradora compulsiva de libretas. Especialmente si tienen motivos orientales, "mis adoradas y odiadas libretas chinas", como yo les llamo, cuando no nos oye nadie.
Cada uno tiene sus manías y peculiaridades en esto de escribir, no me lo nieguen ahora, y si no lo tendrán en otras historias. A mí me obsesiona que el cuaderno sobre el que voy a comenzar a escupir letras y palabras me de buenas vibraciones, me guste. Y eso acaba por convertirse en la búsqueda del Santo Grial.
Mezclar mis arrebatos compulsivos consumistas, con el éxtasis del hallazgo perfecto, no siempre es fácil. Las libretas se terminan por amontonar en mi casa con sólo dos o tres páginas escritas. Soy caótica, en mi vida cotidiana, en mis horarios, en el día a día, así que no podía ser menos en lo literario. Antes lo dudaba, ahora estoy segura, que este es el motivo que me obliga a escribir una y otra vez novela coral. Es una especie de genial licencia que me permite emborronar no sólo una vida sino todas las que me de la gana.

Escribo mis novelas en la cabeza. Llevaba más de un año con la tercera novela en ella y llegó el momento de parirla. Es lo más fácil y a la vez lo más difícil, cuando realizo este proceso de plasmarlo en papel una gran parte de mi salud mental desaparece, incluso algo de la física, es como si envejeciera, como si pasaran diez años por cada uno. A veces intento mirar a otro lado, como si no fuera conmigo, temo volver a sumergirme en esa espiral con tantas vueltas y que me invada el vértigo. Por otro lado, es un engranaje tan absurdo, pero tan perfecto que no hay posibilidad de detener el proceso.
Para este libro, que avanza ya en papel, poco a poco, también comenzó la búsqueda de la libreta china, encontré hasta el día de hoy todas estas. No era lo esperado, yo quería algo diferente, algo nuevo, algo que me ayude en los momentos de locura y me haga compañía.













Hace sólo unos días lo encontré y quería presentaros a mi nuevo compañero. Un Spectrum portátil a estrenar del año 87, sí, 87. Pesa menos de medio kilo y su teclado es tan increíble, que parece ser que lo imitaron para los Mac por su textura y comodidad. Podríamos llamarla la mamá de las PDA.
Qué quieren, nunca he sido muy normal, también escucho música en vinilos…
Mis libretas quedan relegadas por un tiempo, lo dejaremos no en un adiós, sino en un hasta luego, aborrezco las despedidas.

lunes, enero 29, 2007

AZUL

Tenías razón. La pintura cubre la mayor parte de mi cuerpo. Sentada en el suelo rodeada de hojas de periódico manchadas, botes y pinceles echo la cabeza hacía atrás para contemplar mi obra. Ya he terminado. Son las cinco de la mañana y mi último y apasionado empeño de dar un nuevo aire a nuestro cuarto está ya realizado.
¡Qué sensación de triunfo, de placer! Instantánea. Una sensación placentera sorprendentemente efímera, como todas las que siempre siguen a la realización de mis pequeñas metas cotidianas. Esta vez al menos queda el olor, el asfixiante y empalagoso olor de la pintura fresca junto con el característico picor de ojos, sopor y dolor de cabeza. Olor que se ha ido introduciendo por mis fosas nasales durante unas horas para llegar a pintar finalmente mis pulmones con el color azul añil elegido para nuestro cuarto. Me encanta el olor. El color es horrible. Tú tenías razón, en realidad siempre la tienes. Me siento como si estuviera dentro de una carpeta gigante de las que en tiempos se llevaban al colegio cuando aún no había ni un solo Kevin Costner Jesús suelto por las calles. Si nuestro cuarto es una carpeta, nosotros somos dos insípidos folios dentro de ella.

No sirve de nada. La pintura no ha servido de nada. Nada que no sea intentar engañarme a mí misma con el exultante placer que me provoca su aroma. Tú ya no me sabes a nada, no puedo encontrarte ningún sabor por más que mi lengua recorra tu cuerpo de un lado a otro. Tengo que asumirlo. No sé cuanto tiempo ha pasado desde que mi sentido del gusto ha ido perdiendo el norte, pero ya no tienes en tu piel ese sabor a mordisco de manzana y a sal marina de Cala Tuent.
“El día que mis cinco sentidos, los cinco, disfruten plenamente al estar con un hombre, habré encontrado el hombre de mis días, pero mientras mis ojos no brillen hasta dolerme cuando le mire, las aletas de mi nariz no se agranden de la excitación de olerle, mis manos no tiemblen cuando acaricien sus manos, toquen su rostro, mis oídos no escuchen la mejor de las melodías cuando él me hable, su sabor no me erice las venas, será señal de que no le he encontrado, de que no es él. Tendré que abandonarle. No tendría sentido.”

Siempre lo digo, pero hasta hoy nunca lo había pensado, nunca me había preocupado lo que realmente quería decir. ¡Sólo era una frase hecha! Una tontería que he dicho siempre. Contigo no, es distinto, todo es distinto, desde que te conocí todo ha sido diferente, como han temblado mis manos, brillado mis ojos, agrandado mis fosas nasales, mis oídos han bailado cuando mi boca te ha besado. Porque tú eres “Tú”, nunca debí decírtelo. No puede pasarme esto, no a mí.

Voy a pensar en ti. Cierro los ojos con fuerza, no te veo, no puedo verte. Veamos, pensaré en trozos de ti. Cierro los ojos aún con más fuerza, me pican mucho. Sigo sin verte. Pienso en unas manos, pero no son las tuyas. Veo unos labios, pero no son los tuyos. Intentó recordar tus ojos, no me miran. Me lloran los ojos de tanto apretarlos, siempre que pinto me lloran. La pintura ya tan apenas huele, o quizá me he acostumbrado tanto que ya no lo noto, debe ser eso.
Corro a la cocina y comienzo a abrir los armarios tirando todo por los aires, vuelco el contenido del frigorífico en el suelo, lanzándome como una histérica a la búsqueda de mis sentidos. Engullo todo lo que cojo, el tomate, el pollo de la cena, cebollas, verduras, huevos, chupo los tarros, botes y abro los yogures a mordiscos. Ni siquiera mi propia sangre, que mana de un corte del labio tiene ningún sabor ya para mí. Seguramente me estás llamando a gritos desde el cuarto de estar, donde duermes esta noche para que yo pueda pintar, pero no te oigo. No puedo oírte.
No sé cuanto tiempo he pasado sentada entre este caos que me rodea. Opto por levantarme y comer un puñado de cereales de los que tú tomas. Cereales que siempre me han resultado insípidos, nunca me han sabido a nada y que en cierto modo aplacan mi histeria salvaje haciéndome sentir más cercana a los seres reales. No entiendo nada, absolutamente nada.

Estás dormido. Tenías la puerta del cuarto cerrada, mejor. No has oído nada. No has visto nada. No has tenido que ver nada. Me acerco a tu lado y te miro. En tu sueño haces un mohín despectivo, después de la noche que llevo sí has debido notar mi presencia. Me acerco aún más sin dejar de mirarte y huelo tu pelo rizado y fino. Aún más y acaricio suavemente con mis dedos tu hombro, muy suavemente, sólo rozándote con la zona más saliente de mis yemas, para no despertarte. Me tumbo junto a ti apoyando mi cabeza sobre tu corazón como tantas noches. Una lágrima se desliza por mi mejilla, va corriendo en línea recta hasta llegar a mis labios, que descansan inertes sobre tu pecho.
Nada tiene sentido.


Publicado en el libro de relatos del Certamen del Ayuntamiento de Calafell (julio 2006)
Revista Narrativas.

(Gracias Alfredo por la idea de darle la vuelta al escrito)

sábado, enero 13, 2007

Falda de vuelo

En ocasiones cojo las agujas de punto para lana bien gorda y me siento en la mecedora dispuesta a tricotar, observar y desgranar existencias ajenas. Es esa faceta de yaya con moño gris y blanco que no puedo, ni quiero evitar. Observo todo e invento las vidas de gente que va sentada al lado mío en el autobús, por la calle, en el mercado… Les miro de refilón y sin darme cuenta, ya que se trata de un acto tan reflejo como levantar la rodilla ante el martillo metálico del médico, invento lo que pienso que podría ser su vida.
Esto me ha llevado a encontrarme en situaciones surrealistas.
Recuerdo como si fuera ahora mismo, una noche que fui al concierto de un grupo de amigos, era la fiesta de una urbanización de ricos propietarios isleños. Un ambiente extremadamente relajado, aburrido y soso que me obligó a observar a mi alrededor. Unas niñas correteaban entre los adultos empujando y gritando. Estaban fuera de lugar y de vestimenta para su corta edad, de no más de seis años.
Observé en sus idas y venidas que el origen de sus movimientos era una mujer joven, delgada, algo ajada para sus años, vestida con una falda blanca de algodón con vuelo que le llegaba hasta los pies y una camiseta roja. Nada en ella era especialmente raro, pero nada en ella era normal. Bailaba sola al son de la música que sonaba de fondo, mientras los numerosos grupos se tomaban una copa y charlaban y nosotros hacíamos nuestro papel de fans desatados. Las niñas corrían y chocaban contra ella con sus largas melenas y sus mayas ajustadas de adolescentes. Ella les acariciaba casi sin mirarlas y sin dejar de sonreír seguía meciéndose al son de la música.
− La oveja negra de la urbanización perfecta− le dije a una amiga.
−¿Qué dices?
− Observa a esa mujer, los vecinos no la aguantan, nadie le habla, está medio ida, seguramente tiene problemas de drogas o alcohol y no se van a molestar en saber por qué. Puede que le hayan abandonado con sus dos niñas y ella sólo quiere largarse de esta mierda de lugar.
− Estás fatal − me dijo riéndose− si está tan normal con sus hijas viendo el concierto, qué ricas son...
Cuandi fuimos hacia los aparcamientos, era una noche cerrada y no había luces, una extensión de cemento y oscuridad inmens.
Junto a uno de los coches un amigo nos esperaba fumando un cigarrillo, ella estaba con él. Movía su cabeza de manera poco coordinada, y con la mano movía la falda como si siguiera bailando. Él hizo un gesto de auxilio desesperado para que nos acercáramos y fuimos hasta allí.
− Te doy lo que quieras por un cigarrillo − le repetía una y otra vez al chico acercándole su aliento cargado de alcohol. Sonreía e intentaba desplegar unos encantos que vista de tan cerca, no sólo no tenía, sino que probablemente había perdido hacía mucho tiempo. Demasiado pronto. Un rostro cargado de señales de todo tipo
− Te doy lo que quieras, pero dame ese cigarrillo y llévame contigo. Sacarme de aquí…− su sonrisa se retiró para dar paso a un puchero desesperado.
Se tranquilizó, después de conversaciones incoherentes, de ofrecer su cuerpo insistentemente a nadie en concreto, para finalmente irse.
La miré caminar en la oscuridad con su falda de vuelo blanco, un caminar cansino hacia las luces y la música que sonaba lejos. No podía dejar de hacerlo, me la habría llevado lejos con sus niñas, esas hadas diminutas con mayas apretadas para salvarlas vete a saber de qué. Era como si fuera culpa mía, como si hubiera inventado realmente su desgracia.
Mi amiga me miró desconcertada.

Nunca he olvidado el rostro ajado de esa mujer, su voz pastosa, su falda de vuelo.

martes, diciembre 19, 2006

Ya están aquí...


Hace unas semanas llegué a casa con unas cuantas compras. Vacié las bolsas y para mi sorpresa no encontraba nada de lo que había adquirido sólo minutos o un rato antes. Todo estaba rebozado de papeles de colores. Los huesos de Jazz en papel dorado, la crema del pelo en otro rojo y negro brillante. Pensé que como un fenómeno natural de difícil solución, las navidades habían llegado ya por la zona. Cada año antes, por cierto.
De niña las adoraba. De adolescente las negaba, era esa época en la que las hormonas están en pleno baile tropical y solía negar todo por defecto.
Más adelante, durante infinidad de años, las aborrecí. Era la sensación de que en vez de ser una época maravillosa, se trataba simplemente de unas semanas en las que las miserias humanas, más o menos importantes, se lanzaban a la cara como una tarta de las películas cómicas del cine mudo. Desde los que se comen el aire tirados en la calle, hasta los que tienen el pollo pero no en la mesa si no por discusiones familiares o el eterno ¿con qué parte de la familia se cena este año? pasando por los que quizá no tengan nada que celebrar, y la presencia brutal de las ausencias. Quizá es pura demagogia, pero qué queréis, era la sensación que me producía el encendido de esas interminables ristras de bombillas con dibujos horteras.

Ahora, sin embargo, pienso que como todo, se sufre o se disfruta en la medida que se le de importancia. Ya no las aborrezco, ni las odio. Las veo llegar como al compañero plasta de la clase o al tonto del pueblo, que sabes que en el fondo no sólo no es malo, sino que no tiene culpa de nada. Está ahí y ya, qué vamos a hacerle…

Al fin y al cabo teniendo en cuenta el precio irrisorio de cada bombilla y lo que duran, al menos en mi casa, los gnomos de las luces también tienen que vivir, al igual que los que trabajan fabricando miles de kilómetros de papeles con dibujos para que envolvamos nuestros regalos, que el resto del año se lamentan de lo poco que se quieren y se sorprenden los humanos unos a otros. Y por qué no, los Reyes Magos se han ganado su derecho a su peculiar trono con creces, por no contar nada a esos millones de pequeños enanitos acolchados por el frío, que les esperan todo un año.
Aprovecharé que mis amigos vienen de los puntos más diversos del planeta estos días, para con un vino (del bueno) en mano, contarnos nuestras miserias y novedades.
Un beso, un fuerte abrazo para todos y una tira espumillón del tornasolado y brillante, lleno de energía positiva para cada uno de vosotros.

Mónica