Esta entrada, pertenece a uno de los primeros post de mi blog, pero creo que es momento de rescatarla del fondo de los mares.Escribí Pepe Espada hace ya unos años, durante un interminable e insoportable intermedio de una película, casi tan infumable como la espera. A los días, leyendo El Semanal, me encontré con un reportaje a todo color sobre un hombre que vivía en Brasil y que todos conocen como: Zé Peixe (Pepe pez). Lo bestial del caso, no es sólo la similitud de la vida de ese hombre con mi personaje, sino que al ver las fotos pude darme cuenta que era tal y como yo lo había imaginado en mi cabeza. Después del consiguiente aturdimiento y estupor, me sentí bien, muy bien. Era un coctel de realidad y casualidad que me produjo una extraña y grata sensación de euforia.
Aquí está la verdadera historia de Pepe Espada, Pepe Pez o cómo él mismo quiera llamarse.
Al Noreste de Brasil se encuentra Atalaia, una hermosísima playa del puerto de Aracaju, la capital del Estado de Sergipe. La gente disfruta de los últimos rayos de sol sentada en la terrazas y tomando unas heladísimas cervezas, algunos otros ya han empezado a cenar y saborean suculentas langostas de pata larga mientras otros más bailan improvisados pasos de lambada. Nadie se baña ya; en esta época del año las corrientes marinas son muy peligrosas y dicen que al anochecer merodean los tiburones. De pronto, un abuelo surge de la línea de rompientes como si fuera James Bond, sale corriendo del agua, pasa por delante de los atónitos comedores de langosta y toma un autobús con dirección al centro. El fantasma se llama Zé Peixe algo así como Pepe pez y acaba de terminar su jornada laboral. José (Zé) Martins Ribeiro siempre va descalzo, incluso en la ciudad, y un calzón le sirve como único equipamiento de seguridad cuando abandona un buque, después de conducirlo sano y salvo a alta mar, y volver nadando durante kilómetros y kilómetros hasta alcanzar de nuevo la costa... Así es como afronta cada día su trabajo. A quienes realizan este tipo de trabajo, en Brasil se le conoce como prácticos y José (Zé), es el mas famoso de ellos.
Por radio se entera de la llegada de un nuevo barco a Aracaju y se pone de acuerdo con el capitán de la nave en esperarlo a tal o cual hora a la altura de una boya faro, que la marina brasileña mantiene 8 millas mar adentro (unos 12 kilómetros ), frente a la playa de Atalaia. Y hacia allí es que se lanza nadando con la tranquilidad que proporciona la rutina, este increíble hombre de 74 años. Cuando por fin alcanza el meeting point, trepa al artefacto flotante, se aferra a él y espera zarandeado por el oleaje que el mercante que solicitó sus servicios aparezca por el horizonte. Claro que, en ocasiones, llega con retraso... y entonces la cosa se pone fea; al menos, se pondría fe a para cualquier mortal en su sano juicio. Porque para Zé Peixe, en esos casos, la cosa sólo se pone incómoda. "He llegado a pasar noches enteras sentado en la boya", dice con naturalidad, "pero atado a un cabo", añade, como quitando importancia a la hazaña.
Cuando sube a bordo de un buque, en medio de cascos de protección, radioteléfonos y sistemas y navegación computarizados, Zé Peixer asemeja un cangrejo en una central nuclear. Lo primero que hacen los marineros es mirarle a los pies, para comprobar la veracidad de la leyenda: él siempre va descalzo.
Pero el momento cumbre, el espectáculo que esperan con ansiedad las tripulaciones de todos los navíos que zarpan del puerto de Aracaju tiene lugar en alta mar, fuera ya de los escollos y corrientes de la bocana. Zé Peixe se encarama a la estructura de hierro a estribor del puente de mando, a unos 15 metros del agua, y salta. Salta como un pez volador, con los brazos extendidos hacia atrás -para mantener el equilibrio y alejarme lo más posible del casco, al más puro estilo de los clavidistas de Acapulco.
En el océano, más que nadar, se abre paso furiosamente a través de las olas. Se orienta casi a ciegas; pocas veces mira hacia delante, hacia la costa. Porque no tiene tiempo. "Tengo que nadar sin parar ni un instante, de lo contrario jamás llegaría a tierra." Zé Peixe avanza con la cabeza siempre fuera del agua "para que no se metan las medusas en los ojos" y a un ritmo de trepidante: unas 2,000 brazadas por kilómetro.
Cuando le arrastra una mala corriente, tiene ante sí un maratón de 12 a 14 kilómetros. Pero eso, aunque molesta, no le desanima.
La evidente pasión por el agua de Zé Peixe viene de antiguo. Una vez, cuando tenía sólo 3 años, "me caí jugando al río Sergipe, y bueno parece que ahí me quede".
Con la marea baja- toda la ciudad apestaba a pescado- el pequeño Zé se dedicaba a recorrer las malolientes marismas recogiendo cangrejos para contribuir a la modesta economía familiar. Como niño prodigio ya era conocido por todo Sergipe a la tierna edad de 10 años: en 1937 un capitán de fragata le vio nadar por el puerto "como un animal de mares" y decidió bautizarle con el apodo de Zé Peixe. La voz se corrió y a Pepe Pez ya nunca nadie le llamó José Martins.
Hace más de 50 años que no se lava ni se baña, salvo en el mar, claro. Y en cuanto a su costumbre de andar siempre descalzo, únicamente se permite una excepción: cuando va a misa. Los domingos pedalea en su vieja bicicleta hasta la catedral, vestido con su traje negro y las mangas de los pantalones arremangadas hasta las pantorrillas. Los dichosos zapatos, que han viajado en el transportín, sólo se los pone en el último momento, ya en las escaleras del templo. ¿Será que le molestan porque ha desarrollado membranas digitales en los pies, como las que tienen los patos?
En cuestiones de salud, Zé Peixe no conoce problemas. Es más, está como un toro, o mejor habría que decir, como un león marino. A sus 74 años, pesa 155 libras, ni mucho ni poco para un hombre de su estatura. Su piel, macerada durante décadas por el agua marina, parece como momificada: es tan dura, que ni siquiera los mosquitos consigues atravesarla con sus molestos picotazos.
Zé Peixe sigue viviendo en la casa, encalada de blanco, donde nació, apenas una cabañita de pescadores construida hace 150 años. Sobre una pared desconchada ha fijado con chincheta fotos de antiguos veleros como los que atracaban en su Aracaju del alma cuando era pequeño. Los únicos muebles que posee, tres alacenas, también están llenos de recuerdos: recortes de prensa donde se mencionan sus hazañas y cartas de admiradores. En las fiestas patronales acompaña a los nadadores en la tradicional travesía de la gigantesca desembocadura del río Sergipe, y no resulta raro verle en el faro oteando con sus ojos de pájaro el horizonte en busca de embarcaciones zozobradas.
Y así es la vida de este hombre ejemplar al que cariñosamente todos por aquellos lares conocen como Zé Peixe, "Pepe Pez"...
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Fotografías de Pepe Pez (José Martins Ribeiro)