
La estudiante de secundaria del tercero había olvidado las llaves de casa esa tarde y esperaba sentada en un peldaño de la escalera con la carpeta sobre las rodillas, llena de fotos de actores de las series de moda.
El niño del quinto subía por la escalera y al verla le temblaron las piernas. Se sentó a su lado sin decirle nada, que no fuera un gesto para ofrecerle dulces de una bolsa de plástico arrugada. La adolescente lo miró, pasó la mano por el pelo despeinándolo y dejándole un mechón apuntando al techo metió la mano y cogió un regaliz.
Ella bostezó y se frotó el ojo derecho lloroso. Él sin girar el cuello estiró el ojo izquierdo y le miró el pecho, mientras su madre en el quinto recorría el pasillo de la casa mirando el reloj, pensando dónde estaba ese maldito niño.
Le había consentido ir a por gominolas con tal de no escucharlo protestar más, y ahora no subía y llegaba tarde a la cita. Recorría la casa con un cigarro apagado, porque no soportaba el olor a tabaco en su hogar, entre unos dedos cuidados, y unas uñas pintadas en marrón chocolate como el que comía en ese momento su hijo en forma de bola gigante.
Colocó un cuadro que le pareció algo torcido con la mano libre. Dobló el echarpe que había sobre el sofá del salón donde había estado leyendo. Y volvió de nuevo a contraatacar el suelo del pasillo con un ir y venir implacable, dejando una estela de perfume caro por toda la casa.
El agente de seguros del cuarto se daba el baño semanal como todos los viernes a la misma hora. Escuchaba con atención el sonido celestial de los tacones de su vecina del quinto. La imaginó con medias negras finas y delicadas con ese pelo corto sobre sus ojos negros. Toda oscuridad y lejanía para él.
Se sumergió del todo y entre las olas de la bañera, la imaginó entre sus brazos como un film en blanco y negro donde él era el chico malo.
En el segundo la niña celebraba el cumpleaños. Ya habían llegado todos los amigos. Las madres en la sala de estar entre cotilleos y críticas dejaban pasar la tarde, los gritos y las peleas.
En el primero, sí tenían una pelea de verdad. Ella no parecía perdonar que él le fuera infiel de vez en cuando. Aunque no fuera siempre. Rompió el vaso que compró en los chinos y tiró sobre la pared el plato sobre el que apoyaban las llaves al entrar en casa. Ese gesto tan simple y tan lleno de complicidad que ahora se el antojaba un chiste macabro.
En el entresuelo, la antigua casa del portero, cuando las casas tenían un portero que saludaba, sabía las vidas de todos, las debilidades del más fuerte y los secretos del más callado, un chico estaba sentado en el suelo sobre una tela olvidada por el camión que había hecho la mudanza. Escuchaba los gritos y los ruidos del primero amortiguados, sólo por los alaridos y música de la jauria de niños del segundo que entonaban un desafinado cumpleaños feliz, seguido de aplausos y rotura de lo que por el sonido parecía algo de porcelana barata.




