viernes, marzo 02, 2007

El auténtico Pepe Espada

Esta entrada, pertenece a uno de los primeros post de mi blog, pero creo que es momento de rescatarla del fondo de los mares.
Escribí Pepe Espada hace ya unos años, durante un interminable e insoportable intermedio de una película, casi tan infumable como la espera. A los días, leyendo El Semanal, me encontré con un reportaje a todo color sobre un hombre que vivía en Brasil y que todos conocen como: Zé Peixe (Pepe pez). Lo bestial del caso, no es sólo la similitud de la vida de ese hombre con mi personaje, sino que al ver las fotos pude darme cuenta que era tal y como yo lo había imaginado en mi cabeza. Después del consiguiente aturdimiento y estupor, me sentí bien, muy bien. Era un coctel de realidad y casualidad que me produjo una extraña y grata sensación de euforia.
Aquí está la verdadera historia de Pepe Espada, Pepe Pez o cómo él mismo quiera llamarse.


Al Noreste de Brasil se encuentra Atalaia, una hermosísima playa del puerto de Aracaju, la capital del Estado de Sergipe. La gente disfruta de los últimos rayos de sol sentada en la terrazas y tomando unas heladísimas cervezas, algunos otros ya han empezado a cenar y saborean suculentas langostas de pata larga mientras otros más bailan improvisados pasos de lambada. Nadie se baña ya; en esta época del año las corrientes marinas son muy peligrosas y dicen que al anochecer merodean los tiburones.
De pronto, un abuelo surge de la línea de rompientes como si fuera James Bond, sale corriendo del agua, pasa por delante de los atónitos comedores de langosta y toma un autobús con dirección al centro. El fantasma se llama Zé Peixe algo así como Pepe pez y acaba de terminar su jornada laboral. José (Zé) Martins Ribeiro siempre va descalzo, incluso en la ciudad, y un calzón le sirve como único equipamiento de seguridad cuando abandona un buque, después de conducirlo sano y salvo a alta mar, y volver nadando durante kilómetros y kilómetros hasta alcanzar de nuevo la costa... Así es como afronta cada día su trabajo. A quienes realizan este tipo de trabajo, en Brasil se le conoce como prácticos y José (Zé), es el mas famoso de ellos.
Por radio se entera de la llegada de un nuevo barco a Aracaju y se pone de acuerdo con el capitán de la nave en esperarlo a tal o cual hora a la altura de una boya faro, que la marina brasileña mantiene 8 millas mar adentro (unos 12 kilómetros ), frente a la playa de Atalaia. Y hacia allí es que se lanza nadando con la tranquilidad que proporciona la rutina, este increíble hombre de 74 años. Cuando por fin alcanza el meeting point, trepa al artefacto flotante, se aferra a él y espera zarandeado por el oleaje que el mercante que solicitó sus servicios aparezca por el horizonte. Claro que, en ocasiones, llega con retraso... y entonces la cosa se pone fea; al menos, se pondría fe a para cualquier mortal en su sano juicio. Porque para Zé Peixe, en esos casos, la cosa sólo se pone incómoda. "He llegado a pasar noches enteras sentado en la boya", dice con naturalidad, "pero atado a un cabo", añade, como quitando importancia a la hazaña.
Cuando sube a bordo de un buque, en medio de cascos de protección, radioteléfonos y sistemas y navegación computarizados, Zé Peixer asemeja un cangrejo en una central nuclear. Lo primero que hacen los marineros es mirarle a los pies, para comprobar la veracidad de la leyenda: él siempre va descalzo.
Pero el momento cumbre, el espectáculo que esperan con ansiedad las tripulaciones de todos los navíos que zarpan del puerto de Aracaju tiene lugar en alta mar, fuera ya de los escollos y corrientes de la bocana. Zé Peixe se encarama a la estructura de hierro a estribor del puente de mando, a unos 15 metros del agua, y salta. Salta como un pez volador, con los brazos extendidos hacia atrás -para mantener el equilibrio y alejarme lo más posible del casco, al más puro estilo de los clavidistas de Acapulco.
En el océano, más que nadar, se abre paso furiosamente a través de las olas. Se orienta casi a ciegas; pocas veces mira hacia delante, hacia la costa. Porque no tiene tiempo. "Tengo que nadar sin parar ni un instante, de lo contrario jamás llegaría a tierra." Zé Peixe avanza con la cabeza siempre fuera del agua "para que no se metan las medusas en los ojos" y a un ritmo de trepidante: unas 2,000 brazadas por kilómetro.
Cuando le arrastra una mala corriente, tiene ante sí un maratón de 12 a 14 kilómetros. Pero eso, aunque molesta, no le desanima.
La evidente pasión por el agua de Zé Peixe viene de antiguo. Una vez, cuando tenía sólo 3 años, "me caí jugando al río Sergipe, y bueno parece que ahí me quede".
Con la marea baja- toda la ciudad apestaba a pescado- el pequeño Zé se dedicaba a recorrer las malolientes marismas recogiendo cangrejos para contribuir a la modesta economía familiar. Como niño prodigio ya era conocido por todo Sergipe a la tierna edad de 10 años: en 1937 un capitán de fragata le vio nadar por el puerto "como un animal de mares" y decidió bautizarle con el apodo de Zé Peixe. La voz se corrió y a Pepe Pez ya nunca nadie le llamó José Martins.
Hace más de 50 años que no se lava ni se baña, salvo en el mar, claro. Y en cuanto a su costumbre de andar siempre descalzo, únicamente se permite una excepción: cuando va a misa. Los domingos pedalea en su vieja bicicleta hasta la catedral, vestido con su traje negro y las mangas de los pantalones arremangadas hasta las pantorrillas. Los dichosos zapatos, que han viajado en el transportín, sólo se los pone en el último momento, ya en las escaleras del templo. ¿Será que le molestan porque ha desarrollado membranas digitales en los pies, como las que tienen los patos?
En cuestiones de salud, Zé Peixe no conoce problemas. Es más, está como un toro, o mejor habría que decir, como un león marino. A sus 74 años, pesa 155 libras, ni mucho ni poco para un hombre de su estatura. Su piel, macerada durante décadas por el agua marina, parece como momificada: es tan dura, que ni siquiera los mosquitos consigues atravesarla con sus molestos picotazos.
Zé Peixe sigue viviendo en la casa, encalada de blanco, donde nació, apenas una cabañita de pescadores construida hace 150 años. Sobre una pared desconchada ha fijado con chincheta fotos de antiguos veleros como los que atracaban en su Aracaju del alma cuando era pequeño. Los únicos muebles que posee, tres alacenas, también están llenos de recuerdos: recortes de prensa donde se mencionan sus hazañas y cartas de admiradores. En las fiestas patronales acompaña a los nadadores en la tradicional travesía de la gigantesca desembocadura del río Sergipe, y no resulta raro verle en el faro oteando con sus ojos de pájaro el horizonte en busca de embarcaciones zozobradas.
Y así es la vida de este hombre ejemplar al que cariñosamente todos por aquellos lares conocen como Zé Peixe, "Pepe Pez"...
El Aviso Magazine Copyright ©2001-2003
Fotografías de Pepe Pez (José Martins Ribeiro)

viernes, febrero 23, 2007

SWING

Mi abuelo era músico. Tocaba el clarinete y el saxo. Adoraba el swing, a Glen Miller y el jazz.
Adoraba la música, miento, era mucho más que eso, necesitaba la música.
El médico le recomendó que no tocara más el clarinete, tenía serios problemas en las vías respiratorias y le resultaba muy perjudicial para su salud.
Comenzó a tocar el violín. Lo tocaba muy bien. Tenía talento y la lógica facilidad que tienen los buenos músicos para hacerse con un instrumento nuevo y diferente, como si llevara tocándolo desde que nació. Pero él lo sabía, tenía que sacar una familia adelante, dos hijos pequeños y su talento estaba en el clarinete.

Una mala siesta después de un concierto, se lo llevó con 49 años por una infección pulmonar. Seguía tocando el clarinete. Era un currante, pero sobre todo un músico. Con mayúsculas.
No hay que hacer muchos números, para darse cuenta de que no tuve el placer de conocerle, de tocar con él, de acompañar su música con mi piano. Me habría encantado formar nuestro propio club de jazz en el salón de mi casa o la suya e interpretar Summertime, tema que aún sigue sorprendiéndome como si lo escuchara por vez primera, Just one of those things de Nat King Cole, y terminar con cualquiera de Miles Davis It never entered my mind, por ejemplo.
Mi padre me habló mucho de él y si no yo le preguntaba. Sabía que era una de esas personas con las que habría tenido una relación más que especial, un feeling absoluto como una nota rápida y sincopada en una partitura de jazz.

Cuando ingresaron a mi abuelo, mi madre le atendió en el hospital donde trabajaba de enfermera. Era una cría, pero lo recuerda perfectamente, recuerda a un hombre muy simpático, gracioso, lleno de vida y siempre sonriente y con una palabra o comentario amable. Ella por aquel entonces, no conocía aún al que sería el hombre de su vida: mi padre. Para que digan que la realidad no supera la ficción.

Eso sí, no saben la de noches que cierro los ojos y me transporto a mis surrealistas y reales mundos paralelos, ésos donde hemos tocado los tres juntos In the mood y miles de temas de Glen Miller mano a mano y no vean qué bien suenan.
Música maestros…
Un beso,

miércoles, febrero 21, 2007

REVISTA NARRATIVAS

Para todos los que estáis con resaca y dando vueltas por mi casa, entre farolillos y dibujos chinos rojos, os recomiendo una taza de café y la lectura del número cuatro de la REVISTA NARRATIVAS: (www.revistanarrativas.com)
Editada por: Magda Díaz Morales y
Carlos Manzano.
La revista es trimestral y aprovecho que está justo en su mitad de tiempo, para recordar de nuevo su lectura. La podéis descargar en formato PDF.
Tuve el placer de ser invitada para colaborar y me siento muy agradecida. Fue todo un honor.
Narrativas.
Revista de narrativa contemporánea en castellano.
ÍNDICE:
ENSAYO:
"El intruso " de Delmira Agustini, Magda Díaz y Morales
“La adolescencia femenina en Dublineses. Las figuras de Eveline y Polly”, Blanca Gago Domínguez
“Hacia una revisión crítica de la recepción de Sor Juana Inés de la Cruz, desde el siglo diecisiete hasta la actualidad”, Verónica Grossi
“Cortazar en el cine”, Óscar Pita-Grandi
RELATO:
“El viejo que se parecía a Voltaire”, Eduardo García Aguilar
“El devorador de cuentos”, José Ángel Barrueco
“El duelo”, Rodolfo J.M.
"Formas del iris”, Miguel P. Soler
"Julia", Sergio Llorens
“Lo que soy”, María Dubón
“La pared opuesta de la cueva“, Fernando Arrojo
“Azul“, Mónica Gutiérrez Sancho
“Cocina tomada“, Luis Pita
“Minificciones“, Marcos Rodríguez Leija
“Todos eran iguales, menos uno“, Pedro M. Martínez Corada
“Entre dos fuegos“, Purificación Ávila
“El otro“ (versión abreviada), Javier Avilés
“Relato Oblicuo“, Roberto Tassi
“Marcel y el unicornio“, Esther Zorrozua
“El espacio curvo“, José Luis Justes Amador
“Feria“, Sergio Borao Llop
“El café de los micros", Gustavo Nielsen
“Venecia", Rosa Ribas
“La cara de Marte", José Miguel Sanfeliú
“El viaje", Sergio Manganelli
“Mañana con higos", Agustín Cadena
NOVELA:
La cisura de Rolando (Novela inédita, capítulo I), Gabriel Bañez
NARRADORES:
Luis Arturo Ramos y Care Santos
RESEÑAS:
Jacques El fatalista, de Denis Diderot: Magda Díaz y Morales
Segundos afuera, de Martín Kohan: Blanca Gago Domínguez
Tristano muere, de Antonio Tabucchi: Gatito Viejo
El silencio del aviador, de Paul Nothomb: Daniel Pérez
La vida exagerada de Martín Romaña, de Alfredo Bryce Echenique: Cristina Núñez Pereira
Novedades editoriales

miércoles, febrero 14, 2007

El que espera...

Las posible vías para esperar eran tres. El cartero, el teléfono y el correo electrónico, por lo que era acción imprescindible estar preparado para tenerlas todas controladas.
Los nervios en el círculo interno más redondo y perfecto del centro del estómago, se movían de un lado a otro sin saber dónde situarse, ni poder quedarse quietos, como Andrés, que iba por el pasillo con los sentidos alerta y las ansias en la punta de los dedos.
Las horas comenzaron por pasar deprisa, para pasar algo más lentas, hasta llegar a arrastrarse entre las paredes, sentarse un rato en las sillas y tomar un café sobre todas las mesas de la casa.
El ojo izquierdo perdió parte de su visión y se llenó de arrugas de tanto mantenerlo entrecerrado, mientras el derecho escudriñaba atento por la mirilla mañana, tarde y noche. El derecho comenzó con los días a ver todas las formas algo difusas, para terminar por verlas ovaladas.
El teléfono permanecía siempre encendido y la batería se gastaba en minutos, consumida por la ansiedad de unos oídos tan ávidos de respuesta.
El correo electrónico con el tiempo perdió el letrero: Bandeja de entrada y los mensajes daban vueltas sin tener ya un lugar dónde apoyarse.
La espera estaba servida, pero él, como hombre poco previsor, quizá no estaba tan bien pertrechado como pensó para afrontarla. Para matar el tiempo, veía la televisión ovalada con su ojo derecho y el izquierdo en nebulosa. Participaba en todos los concursos, enviaba todos los mensajes, jugaba al bingo en el teletexto y pedía comida a domicilio por el nuevo móvil que compró por Internet para tener el otro eternamente disponible. No salía, tan apenas comía, ya tan apenas miraba, ni escuchaba, ni pensaba, ni sentía, ni sufría. Sólo esperaba.

Pero no es cierto eso que dicen: "El que espera desespera". Ya que Andrés con el tiempo, mucho, ni siquiera recordaba que era lo que tanto ansiaba.

Para todos los pobres mortales, que de una manera u otra, han dedicado por completo algún momento de su existencia a la ardua tarea de esperar.

lunes, febrero 12, 2007

El maestro y Margarita


"Cuando llegara el otoño tenían que comprar petróleo para la calefacción, pero nadie sabía de dónde podrían sacar el dinero necesario. El “inturista” les ayudaría a salir del paso. Nikanor Ivánovich era un hombre práctico y prudente. Antes de decidir le dijo al intérprete que tenía que consultarlo con la Oficina de Turismo Extranjero. "



Mijaíl Bulgákov
El maestro y Margarita
Alianza Editorial
Por petición popular aquí está la tarea solicitada, escribir tres frases a partir de la quinta, de la página 123 del libro que ahora mismo estoy leyendo. No le paso el meme a nadie, pero el que guste puede continuar en su blog...
Un abrazo

jueves, febrero 01, 2007

Adiós, libretas chinas

Soy una compradora compulsiva de libretas. Especialmente si tienen motivos orientales, "mis adoradas y odiadas libretas chinas", como yo les llamo, cuando no nos oye nadie.
Cada uno tiene sus manías y peculiaridades en esto de escribir, no me lo nieguen ahora, y si no lo tendrán en otras historias. A mí me obsesiona que el cuaderno sobre el que voy a comenzar a escupir letras y palabras me de buenas vibraciones, me guste. Y eso acaba por convertirse en la búsqueda del Santo Grial.
Mezclar mis arrebatos compulsivos consumistas, con el éxtasis del hallazgo perfecto, no siempre es fácil. Las libretas se terminan por amontonar en mi casa con sólo dos o tres páginas escritas. Soy caótica, en mi vida cotidiana, en mis horarios, en el día a día, así que no podía ser menos en lo literario. Antes lo dudaba, ahora estoy segura, que este es el motivo que me obliga a escribir una y otra vez novela coral. Es una especie de genial licencia que me permite emborronar no sólo una vida sino todas las que me de la gana.

Escribo mis novelas en la cabeza. Llevaba más de un año con la tercera novela en ella y llegó el momento de parirla. Es lo más fácil y a la vez lo más difícil, cuando realizo este proceso de plasmarlo en papel una gran parte de mi salud mental desaparece, incluso algo de la física, es como si envejeciera, como si pasaran diez años por cada uno. A veces intento mirar a otro lado, como si no fuera conmigo, temo volver a sumergirme en esa espiral con tantas vueltas y que me invada el vértigo. Por otro lado, es un engranaje tan absurdo, pero tan perfecto que no hay posibilidad de detener el proceso.
Para este libro, que avanza ya en papel, poco a poco, también comenzó la búsqueda de la libreta china, encontré hasta el día de hoy todas estas. No era lo esperado, yo quería algo diferente, algo nuevo, algo que me ayude en los momentos de locura y me haga compañía.













Hace sólo unos días lo encontré y quería presentaros a mi nuevo compañero. Un Spectrum portátil a estrenar del año 87, sí, 87. Pesa menos de medio kilo y su teclado es tan increíble, que parece ser que lo imitaron para los Mac por su textura y comodidad. Podríamos llamarla la mamá de las PDA.
Qué quieren, nunca he sido muy normal, también escucho música en vinilos…
Mis libretas quedan relegadas por un tiempo, lo dejaremos no en un adiós, sino en un hasta luego, aborrezco las despedidas.

lunes, enero 29, 2007

AZUL

Tenías razón. La pintura cubre la mayor parte de mi cuerpo. Sentada en el suelo rodeada de hojas de periódico manchadas, botes y pinceles echo la cabeza hacía atrás para contemplar mi obra. Ya he terminado. Son las cinco de la mañana y mi último y apasionado empeño de dar un nuevo aire a nuestro cuarto está ya realizado.
¡Qué sensación de triunfo, de placer! Instantánea. Una sensación placentera sorprendentemente efímera, como todas las que siempre siguen a la realización de mis pequeñas metas cotidianas. Esta vez al menos queda el olor, el asfixiante y empalagoso olor de la pintura fresca junto con el característico picor de ojos, sopor y dolor de cabeza. Olor que se ha ido introduciendo por mis fosas nasales durante unas horas para llegar a pintar finalmente mis pulmones con el color azul añil elegido para nuestro cuarto. Me encanta el olor. El color es horrible. Tú tenías razón, en realidad siempre la tienes. Me siento como si estuviera dentro de una carpeta gigante de las que en tiempos se llevaban al colegio cuando aún no había ni un solo Kevin Costner Jesús suelto por las calles. Si nuestro cuarto es una carpeta, nosotros somos dos insípidos folios dentro de ella.

No sirve de nada. La pintura no ha servido de nada. Nada que no sea intentar engañarme a mí misma con el exultante placer que me provoca su aroma. Tú ya no me sabes a nada, no puedo encontrarte ningún sabor por más que mi lengua recorra tu cuerpo de un lado a otro. Tengo que asumirlo. No sé cuanto tiempo ha pasado desde que mi sentido del gusto ha ido perdiendo el norte, pero ya no tienes en tu piel ese sabor a mordisco de manzana y a sal marina de Cala Tuent.
“El día que mis cinco sentidos, los cinco, disfruten plenamente al estar con un hombre, habré encontrado el hombre de mis días, pero mientras mis ojos no brillen hasta dolerme cuando le mire, las aletas de mi nariz no se agranden de la excitación de olerle, mis manos no tiemblen cuando acaricien sus manos, toquen su rostro, mis oídos no escuchen la mejor de las melodías cuando él me hable, su sabor no me erice las venas, será señal de que no le he encontrado, de que no es él. Tendré que abandonarle. No tendría sentido.”

Siempre lo digo, pero hasta hoy nunca lo había pensado, nunca me había preocupado lo que realmente quería decir. ¡Sólo era una frase hecha! Una tontería que he dicho siempre. Contigo no, es distinto, todo es distinto, desde que te conocí todo ha sido diferente, como han temblado mis manos, brillado mis ojos, agrandado mis fosas nasales, mis oídos han bailado cuando mi boca te ha besado. Porque tú eres “Tú”, nunca debí decírtelo. No puede pasarme esto, no a mí.

Voy a pensar en ti. Cierro los ojos con fuerza, no te veo, no puedo verte. Veamos, pensaré en trozos de ti. Cierro los ojos aún con más fuerza, me pican mucho. Sigo sin verte. Pienso en unas manos, pero no son las tuyas. Veo unos labios, pero no son los tuyos. Intentó recordar tus ojos, no me miran. Me lloran los ojos de tanto apretarlos, siempre que pinto me lloran. La pintura ya tan apenas huele, o quizá me he acostumbrado tanto que ya no lo noto, debe ser eso.
Corro a la cocina y comienzo a abrir los armarios tirando todo por los aires, vuelco el contenido del frigorífico en el suelo, lanzándome como una histérica a la búsqueda de mis sentidos. Engullo todo lo que cojo, el tomate, el pollo de la cena, cebollas, verduras, huevos, chupo los tarros, botes y abro los yogures a mordiscos. Ni siquiera mi propia sangre, que mana de un corte del labio tiene ningún sabor ya para mí. Seguramente me estás llamando a gritos desde el cuarto de estar, donde duermes esta noche para que yo pueda pintar, pero no te oigo. No puedo oírte.
No sé cuanto tiempo he pasado sentada entre este caos que me rodea. Opto por levantarme y comer un puñado de cereales de los que tú tomas. Cereales que siempre me han resultado insípidos, nunca me han sabido a nada y que en cierto modo aplacan mi histeria salvaje haciéndome sentir más cercana a los seres reales. No entiendo nada, absolutamente nada.

Estás dormido. Tenías la puerta del cuarto cerrada, mejor. No has oído nada. No has visto nada. No has tenido que ver nada. Me acerco a tu lado y te miro. En tu sueño haces un mohín despectivo, después de la noche que llevo sí has debido notar mi presencia. Me acerco aún más sin dejar de mirarte y huelo tu pelo rizado y fino. Aún más y acaricio suavemente con mis dedos tu hombro, muy suavemente, sólo rozándote con la zona más saliente de mis yemas, para no despertarte. Me tumbo junto a ti apoyando mi cabeza sobre tu corazón como tantas noches. Una lágrima se desliza por mi mejilla, va corriendo en línea recta hasta llegar a mis labios, que descansan inertes sobre tu pecho.
Nada tiene sentido.


Publicado en el libro de relatos del Certamen del Ayuntamiento de Calafell (julio 2006)
Revista Narrativas.

(Gracias Alfredo por la idea de darle la vuelta al escrito)