sábado, mayo 02, 2009

RESEÑA: Ocho islas y un Invierno


Pinchar en la imagen.

Ese mecenas que ya es mitad Atlántico, mitad Ebro, Antón Castro, me ha dado la oportunidad de realizar una reseña para el sumplemento cultural ‘Artes & Letras’, de Heraldo de Aragón. Una reseña muy especial, al tratarse del poemario: “Ocho islas y un invierno” de Marta Navarro. Todo un lujo y un placer.

lunes, abril 13, 2009

NARRATIVAS NÚMERO 13

Ya está en línea el número 13 de la REVISTA NARRATIVAS.

Con un sustancioso y variado índice, de relatos cortos, reseñas, ensayos... Para todos los gustos.








Podéis descargarlo aquí: www.revistanarrativas.com

Fernando Iwasaki ha tenido la amabilidad de concederme una entrevista para Narrativas, desde mi tierra natal Sevilla. Así como un relato inédito: «Naipes». Todo un placer que ha coincidido sin darme cuenta con el cuarto aniversario de este blog.


Fernando Iwasaki es un escritor con alma de músico. Y esta dualidad se percibe por cual­quiera que adore la música, que disfrute con ella. Se puede sentir al abrir la primera página de sus obras. La maravillosa sensación de estar leyendo con música acompañándonos de fondo, en la más que sorprendente y gratificante aventura de perderse entre sus letras.


“No es que me interesen en particular el amor, el horror, el dolor físico, el erotismo o el fanatismo religioso. Lo que me interesa es mostrar el lado cómico y muchas veces ridículo de la condición humana. ¿Tiene esto alguna finalidad? A nivel programático, ninguna. A nivel existencial, mu­chísimas.”


NARRATIVAS: Juegos de palabras, dichos populares, referencias históricas, una marcada y per­sonal ironía. Uno tiene la sensación en muchas ocasiones que debe volver a leer cada párrafo por­que se ha podido perder algo importante. Tu prosa cómoda de seguir lleva detrás un trabajo de estilo, forma y profundidad impresionante. ¿Eres consciente de que esto puede no ser perci­bido por todos los lectores? Y lo más importante. ¿Le importa a Fernando Iwasaki?

FERNANDO IWASAKI: Del historiador Fernand Braudel y del historiador del arte Erwin Panofsky, aprendí que existen tres formas de «duración» en la historia y tres niveles de significa­ción en el arte. Siempre he buscado esos tiempos y niveles cuando leo una obra de ficción, y siempre he pro­curado definirlos cuando dentro de mi propia narrativa. Soy consciente de que no todo el mundo tendrá ni el interés ni la curiosidad de dilucidarlos, pero también soy consciente de que si el primer nivel no es ni sencillo ni atractivo, a nadie le interesará profundizar en ellos. El tono, el humor y el estilo formarían parte de esa primera lectura y por eso los mimo tanto, pero si alguien desea saber de qué se ha reído, quizás lo que descubra no sea tan divertido.


N.: ¿Qué camino dirías que ha tomado la narrativa de Fernando Iwasaki desde tus inicios, en Lima, hasta la actualidad?

FI.: Mi narrativa no ha cambiado tanto como mi manera de percibir la literatura, gracias a la lec­tura de autores y títulos que en Lima me resultaban inaccesibles o desconocidos, al menos cuando era estudiante universitario. Con esto no sólo quiero decir que ciertos libros no llegan jamás a las librerías latinoamericanas, sino que llegan a unos precios que incluso los ponen fuera del alcance de las bibliotecas (¿cuántos libros editados en Gijón o Zaragoza –por ejemplo– nunca llegan a las librerías sevillanas?). Por lo tanto, creo que mis intuiciones se han enriquecido, en­sanchado y for­talecido gracias a mis nuevas y mejores posibilidades de lectura. No obstante, consciente de la abundancia de títulos he decidido poner un límite a mis publicaciones y de aquí en adelante sólo me quedaría por publicar cinco libros de ficción: dos novelas, dos libros de re­latos y un disparate futbolístico. El resto de mis publicaciones serán ensayos, crónicas y experi­mentos varios.


N.: En general, cada libro tuyo de relatos gira alrededor de un tema concreto: lo fantástico, el ero­tismo, la crueldad humana. ¿Estarían ahí los temas que más te obsesionan como escritor? ¿De qué habla Fernando Iwasaki en sus libros?

FI.: Cada uno de esos temas ha sido abordado desde el humor. Y tienen en común que nadie los relaciona con el humorismo. No es que me interesen en particular el amor, el horror, el dolor físico, el erotismo o el fanatismo religioso. Lo que me interesa es mostrar el lado cómico y mu­chas veces ridículo de la condición humana. ¿Tiene esto alguna finalidad? A nivel programático, ninguna. A nivel existencial, muchísimas.


N.: También parece predominar en tu obra los libros de relatos frente a las novelas. ¿Es real esa preferencia o mera cuestión de oportunidad, simple casualidad?

FI.: Me formé como lector gracias a los cómics y los clásicos infantiles, a los poemas homéricos y los libros de divulgación mitológica. Esas lecturas me prepararon para leer a Lovecraft, Poe, Conan Doyle, Cortázar, Borges y Ribeyro. El veneno de la literatura me lo inocularon los relatos, aunque ello no me ha impedido disfrutar de Stendhal, García Márquez, Vargas Llosa, Nabokov o Tolstoi. La literatura me produce placer en cualquiera de sus formatos y el placer nunca es sec­tario. El placer te puede llevar al vicio, pero jamás a la represión.


N.: Has escrito también algunos ensayos. De hecho, tu formación universitaria tiene que ver con la historia, no con la literatura ¿Sería posible desgajar la figura del Iwasaki-ensayista de la del Iwasaki-narrador?

FI.: El Iwasaki narrador no ha ganado ningún premio porque siempre lo toman en broma, pero el Iwasaki ensayista ha ganado más de uno porque lo toman en serio. A veces me gustaría que fuera al revés y que se tomen más en serio mi humor literario y más en broma mi humor ensa­yístico. Total, el tono es el mismo y la intención también. No obstante, prueba de que no creo mucho en los géneros es mi predilección personal por un libro que titulé El Descubrimiento de España (Nobel, Oviedo, 1996), que no es propiamente ni ensayo, ni ficción, ni memoria, pero que participa de los tres.


N.: Podría resultar extraño que, siendo historiador, no te prodigues en la novela histórica, ahora tan de moda. ¿Qué opinión te merece este género literario?

FI.: La novela histórica contemporánea –suponiendo que incluyamos aquí los templarios, las reli­quias, los cátaros y las catedrales– me interesa muy poco. Además, la credencial «histórica» no hace mejores a unas novelas con respecto a otras. Guerra y Paz o La Cartuja de Parma, por ejem­plo, son felizmente mucho más que novelas históricas.


N.: Al terminar una obra tuya, se tiene la sensación de que has pasado un rato con Fernando Iwa­saki. Y que has pasado un rato entrañable, divertido entre amigos. ¿Te gusta reírte con el lector?

FI.: Me haría mucha ilusión que mis lectores sintieran complicidad conmigo. Si lo consigo, me doy por satisfecho. Por eso me río de mí y procuro que los lectores también se rían de sí mismos rién­dose de mí.


N.: No caminamos por días fáciles ¿En algún momento el tiempo que vivimos y el mundo que nos rodea han hecho peligrar este marcado sentido del humor de tus letras?

FI.: Las crisis son terribles, pero nunca aburridas. Pero no creas que pretendo mantener el re­gistro humorístico en todos mis libros de ficción. He dicho que me quedan dos novelas por escri­bir y la última no será humorística porque no me permitiré ninguna concesión.


N.: Por último me gustaría preguntarte por una amiga común: Sevilla. Mi tierra natal, tu tierra por derecho propio. Con su flamenco, su música esa que tanto adoras, su arte y el de su gente. ¿Es una fuente de inspiración para un escritor o puede ser un peligro para dispersarse entre tanto duende?

FI.: Mi amigo Abelardo Linares –poeta, editor y librero de viejo sevillano– siempre dice que le en­canta nuestra ciudad, aunque no le gustan ni el fútbol, ni los toros, ni el flamenco, ni la Se­mana Santa, ni el Rocío. Por lo tanto, se puede ser escritor en Sevilla sin tener trato con los duendes.

Gracias Fernando.

Espero que disfrutéis con la lectura de este número y por supuesto os animéis a colaborar en el próximo.

lunes, marzo 30, 2009

SING SING SING

Porque es lunes. Porque me da la mismo que hoy sea lunes. Porque es una de mis canciones favoritas, porque si alguien es capaz de hacerte olvidar en qué día estás, ese es Benny Goodman. Y si me apuras te hace creer que es viernes, tienes 15 años y llega el fin de semana.
Porque tengo esto abandonado, por millones de motivos y cientos de miles de letras que tengo que colocar como un puzzle gigante.
Y porque espero que mi encierro dure ya muy poco, dejar de encontrarme a la gente sólo por casualidad en mitad de una calle y poder viajar todo lo que no he viajado estos meses, aunque sea a la Atlántida...

De momento es un lunes, sin lunes y suena: Sing Sing Sing.
A disfrutarla.


lunes, febrero 23, 2009

TIERRA DE CIERZO

Siguiendo con las epístolas, el viernes recibí una que debería tener por título: "Viento".
Esas líneas me llevaron hasta un lugar que a pesar de ser una Estación donde siempre reina el silencio y estár protegida por cuatro paredes, y un fuerte techo, esa noche no podía impedir de ninguna manera que el cierzo parara quieto ni un solo segundo, ni por un instante. Se le podía sentir más inquieto, más fuerte, más arraigado que nunca a esta tierra árida.
La cañas de mano en mano, la cerveza que te salpica en esos movimientos rápidos por quitarse las palabras a la hora de hablar, de opinar, de verse.

Era la presentación del trailer del Largometraje Documental Independiente: “Hijos del cierzo". Al este del Moncayo. Un trabajo sobre los últimos 30 años de la música aragonesa, dirigido por Jorge Nebra.

No sé qué hace que siempre llegue tarde a todos los sitios. Aunque me alegré de llegar.
Rodeada de “Hijos del cierzo” todos ellos despeinados de tanto aire, de tanto talento, de tanto arte, tuve el enorme placer de poder dejar de escuchar sólo en mi casa, o en diversos bares, conciertos… la maravillosa voz de Carmen París y charlar con ella. Lo más curioso es que me levanté mucho después de esa banqueta y me despedí con la sensación de que no la hubiera conocido esa noche. Que la conociera de antaño. Porque lo bueno que tienen los grandes, lo bueno que tiene Carmen es que lleva tanto arte en las venas que se extiende no sólo a sus composiciones, sus letras, ese cóctel de culturas y ritmos, su voz, su arrojo y sus apuestas siempre arriesgadas. El arte le sale por todos los poros de su cuerpo.

Me parece una maravilla de proyecto. Va mucho más allá de un homenaje, o un documental sobre la música. Es algo tan bello como hacernos recordar a tantos artistas, los que siguen, otros que se marcharon, algunos que nos dejaron… Trasladarnos en el tiempo a otras épocas, mejores, peores, diferentes, para escuchar de nuevo su música, sus notas, canciones...
Músicos que han llenado nuestro día a día desde hace décadas. Cuando éramos críos y nos comprábamos sus camisetas, gritábamos sus canciones, o las llorábamos más de una vez solos, sentados en nuestros cuartos llenos con sus fotos.
Que esta tierra seca, estéril, y dura, esta ciudad que está rodeada por un desierto de tantas carencias, también está llena de artistas. Que son de aquí, que vienen de aquí, que son hijos del cierzo.



domingo, febrero 15, 2009

EPÍSTOLAS


Los últimos meses en los que he permanecido encerrada la mayor parte del tiempo entre los muros que cubren mi antiguo edificio para escribir mi siguiente novela; he vivido algo que siempre me ha gustado de una manera especial, he recibido una lluvia de epístolas.
Debo hacer aquí un pequeño inciso para comentar que aún así y a pesar de éstas, añoro las de antaño, las de papel y pluma.


Las epístolas recibidas iban siendo de lo más variadas y por otro lado interesantes y gratificantes. Amigos que se interesaban por mi salud mental, amigos lejanos de allá, amigos de la infancia que me habían encontrado por diversos medios, algún lector y un largo etc.
Una de ellas es la que me llevó a salir de mi caverna para poder saludar en persona y felicitar a Antón Castro por su maravilloso nuevo libro de relatos. Esa mezcla entre realidad y ficción. Sueños y viajes. Cierzo y viento del Atlántico en sus: “Fotografías veladas”.

Tambien comencé a mantener relación epistolar con una persona anónima, pero con la pasión común por las letras. Estas epístolas fueron cada vez más interesantes y fueron creciendo en número y cantidad. Alguien que me pareció especial, con un talento innato aunque desconocido por ella misma y a la que si podía brindar aunque fuera el mínimo apoyo, no sólo no me importaba, sino que me parecía lo más loable que podía hacer.

Más epístolas. Un día como una sorpresa inesperada y más que grata recibí una de Fernando Iwasaki. Escritor al que admiro por su inteligente sentido del humor, (no me importa los que critican la frase: “sentido del humor inteligente”) su ironía, su maravillosa manera de mezclar esos insondables conocimientos históricos que posee con el día a día. Y su más que demostrado talento. A esa primera épistola de Fernando y para mi sorpresa número dos, llovieron más, que nos llevó a un entrañable y maravilloso intercambio de libros. En mi caso mi única novela publicada, que sólo pude aderezar con el dvd de su banda original particular e imágenes, y por su parte con dos obras geniales: “Libro de mal amor” y “El descubrimiento de España”.

Entre letras y páginas que discurrían no siempre certeras y acertadas de mi novela, también seguían las epístolas con esta persona anónima. Ayer me encontré una suya, y no me pregunten por qué, eran unas líneas cargadas de amenazas de todo tipo, insultos, graves acusaciones, que acababan en algo tan dañino y barato de utilizar como que he vendido la enfermedad, la agonía que sufrió mi padre hasta que murió en el submercado editorial. Que ni siquiera lo he sufrido, que sólo me ha servido para poder airearlo a los cuatro vientos.
Vientos que en direcciones erroneas y absurdas recorren las mentes del que quiere hacer daño y no puede. Al menos no con él. Está por encima de subproductos venidos vete a saber de dónde.

Una no puede evitar tener que sentarse, aunque ya lo esté, a reflexionar que realmente esto de las epístolas por Internet tiene algo de surrealista. Te puede proporcionar el placer y la suerte de contactar en un segundo con gente tan grande como Antón, Iwasaki, o ese amigo de la infancia que nunca olvidaste y jamás habrías encontrado, pero también con estos subproductos que como garrapatas se pegan entre la gente. Estamos curados de espantos, al menos yo, que mantengo ese límite que nunca hay que perder entre realidad y ficción. Internet y carne y hueso. Pero están ahí agazapados, no podemos engañarnos.

Y releyendo todas las epístolas maravillosas recibidas los últimos meses y borradas las absurdas, me pregunto qué no habrán recibido tanto grande que hay suelto por el mundo y que abre sus puertas como me las abren a mí, que en el fondo no dejo de ser también una simple desconocida.
Sigo sentada y con más preguntas aún. Qué fue de los cafés, de la cervecita, de las mesas donde te podías mirar a los ojos y en dos patadas ver a quién tenías sentado enfrente.
Porque esto de Internet a veces me hace pensar que viene a ser como los CDS y los vinilos. Hemos avanzado, o en el fondo habremos retrocedido…

sábado, enero 24, 2009

Mi vida con Paul

Mi tía Crisanta Pilar fue maestra de primaria. A día de hoy con 91 años se toma un vermú todos los días y vive sola. Desde que tengo uso de razón me ha regalado: propina, cine y libros. Podría decirse que por ese orden, y siempre en cantidades ingentes. Un día allá por el año de las Olimpiadas y a mi tierna edad de 19 años, mi madre devoradora de libros me trajo una novela de su parte. Le daba la vuelta mirándola por un lado y por el otro con cierta reticencia, y finalmente, no sin dudar, me la entregó. Llevaba por título: “Leviatán” de un tal Paul Auster. Ni idea.
Un par de días después cuando la terminé me quedé tan impresionada que no daba crédito a lo que acababa de leer. Se sumó a ello la total seguridad de que tenía que tirar a la basura lo que había escrito hasta entonces.


A partir de ese momento busqué todo lo referente a ese escritor que llevaba el azar, la casualidad no sólo a formar parte de la vida cotidiana, sino a ser el principal protagonista de sus letras.
El azar, jugar con el azar con esa maestría era algo que no se le había ocurrido a nadie. O al menos nadie lo había manejado como él. Me pareció no sólo genial, sino que logró que volviera a creer que en la literatura no todo estaba dicho.
Le siguieron: “Trilogía en Nueva York”, obra ante la que me sigo quitando el sombrero y me agacho lentamente a la vez. “La música del azar” uno de los libros que más desasosiego me ha provocado. Hasta llegar a esa maravillosa joya, mi libro favorito a día de hoy de toda su bibliografía: “El país de las últimas cosas”. Paradójicamente el que más se desvía de sus habituales personajes y está muy lejos de las calles de ese Brooklyn que él describe como nadie.
Siempre que leo que es una metáfora sobre el infierno, sonrío. No sé si Paul, (a éstas alturas, una no puede evitar llamarle por su nombre de pila después de tantos años), quería lograr eso. Pero en mi humilde opinión, nadie ha plasmado la realidad, una alegoría sobre las calles por las que paseamos, comemos, vivimos como él. La vida misma. Comienzan por explicarnos que es un lugar donde la gente elige y tiene diferentes variantes para poder suicidarse arrastrados por la desesperación, o que puedes morir por el simple hecho de caer al suelo por un despiste. Un lugar donde ni siquiera se sabe a ciencia cierta si es posible o no huir de él.
Para nuestra suerte no sabemos con seguridad cómo son las calles del infierno, pero lo que describe Auster en esas páginas, es imposible que en algún momento de nuestra existencia el ser humano no lo haya sufrido. Un simbolismo que sale de las páginas.





Cuando terminé de leer cada una de sus obras, aconsejé fervientemente su lectura a todo el mundo, casi transformada en hombre anuncio, y luego me senté a esperar las siguientes gestaciones de Paul Auster. No me ha defraudado. Me encantó como se reinventó en “Brooklyn Follies”, mostrando el lado positivo de la vida, una novela curiosa y optimista.
Su última obra: “Un hombre en la oscuridad” viene precedida por frases que la anuncian como su mejor libro. Se trata de una crítica abierta a la guerra de Irak, al mundo en el que vivimos y que emplea retazos de la filosofía de Giordano Bruno pudiendo haber llevado esta teoría en sus manos mucho más lejos. Tiene sus momentos. La genialidad que sólo él maneja para crear un personaje dentro de un simple cuaderno, o en este caso en la mente del protagonista y darle vida es imprescindible.
Pero yo rezo en la oscuridad después de terminarla, para que todos esos miles de nuevos lectores, todos los que le conocen aunque no hayan leído nada suyo, porque ya se habla con naturalidad de “casualidad austeriana” como frase hecha; los que piensan que es un escritor de Best Sellers más, rezo para que indaguen y vayan más allá, y poder conocer todo su pequeño y gran universo. Un mundo cotidiano lleno de acontecimientos no buscados, de vidas, de desengaño y de cruda y dura realidad. Para que paseen por la tierra o por el infierno como prefieran.

El triunfo de Paul Auster a día de hoy es indiscutible. Y es algo que por un lado me entusiasma teniendo en cuenta que tengo la suerte de disfrutar de su talento desde hace mucho tiempo. Aunque en ocasiones me hace sentir como si se tratara de un amigo demasiado famoso que no te dedica todo el tiempo que quisieras. No sé qué pensará mi tía Crisanta Pilar de todo esto. Le tengo que preguntar algún día. Suelo encontrármela cuando menos lo espero. El azar, ya saben…


martes, diciembre 30, 2008

SALUD

Tengo desde hace unos años un trébol de cuatro hojas. No estoy segura que tenga cuatro, o se trate de una mera falsificación. Está atrapado en un plástico protector, como el que se utiliza para hacer el DNI. Se ha montado una especie de biosfera particular ahí dentro con una burbuja de aire diminuta que lo conserva en perfecto estado de salud y arrugas. Para él no pasa el tiempo. Lo tengo ahora mismo enfrente. Con una leyenda escrita a mano de manera delicada. Siempre que se vuelca lo coloco, lo pongo firme.
No creo en la suerte, o sí. No creo en la casualidad, o igual sí. Será porque no soy creyente. A veces en temporadas en las uno camina durante demasiado tiempo por las heladoras calles del infierno, se deja de creer en tanto, que ese tanto se transforma en todo. Creo que por eso no lo tiré a la basura hace años. Entonces. Puede que cuando me lo regalaron en aquel puesto lo necesitara. Como se necesitan tantas parafernalias que te ayudan a agarrarte a la acera y dejar de sentir un constante vértigo.

Han llovido muchas tardes en lugares grises, con vestidos grises, y lluvias que se alternaban con soles, como es obvio de diversos tonos dentro de la gama de este ya único color. He soñado y vivido miles de experiencias oníricas, sueños lúcidos, que no son ni mejores ni peores que los de antaño, sólo diferentes.

Miro las fotografías y observo que todo aparece más o menos igual. El tiempo no siempre pasa rápido, a veces pasa despacio y deprisa a la vez. Creo que eso es lo que provoca que nos acabemos perdiendo sin remedio. Sentir una alarma constante, una paura, miedo a que todo se avecine, se derrumbe como el lodo en la riada, de golpe, o por el contrario que nada termine por suceder.

Sigo sin saber casi nada, comprendiendo menos. Intentándolo, pero sin éxito. Y sin resignarme. A nada. Por más cierzo que quiera soplar. Por más que el viento circular intente llevarse siempre, como desde el día que nos presentaron, por todos los frentes lo que sea, a él le da lo mismo.
Días, meses, semanas de acontecimientos que se grabarán para siempre en mi memoria, que no van acompañados ni de tartas nupciales, ni de grandes celebraciones, ni de cipreses. Pero que me acercaron a gente que ya adoré desde tiempos y con la compartí vino y alegrías. Otros nuevos acompañantes en el camino que compartieron lo bueno, lo vivido, lo que sucedía. No ha habido grandes fiestas, o sí. Esto viene a ser como lo de la casualidad y la suerte, como todo es relativo.

Un año de música que se quedó sonando dentro y aunque la orquesta esté cansada y el pianista se quede sin cigarrillos, no paran de tocar. Un año de grandes satisfacciones que conllevaron también grandes pensamientos y brindis solitarios en más de una ocasión. Un año de Jazz para él, para
l'ombelico della mia anima.
Qué siga la música, qué sigan los tréboles de cuatro hojas aunque sean falsos.



¡Salud!