domingo, junio 09, 2019

Gracias por todo Jazz


Jazz con casi 14 años, mi pequeña bola de amor, mi bailarina de claqué, mi corneta del Guateque que siempre salía de todas las batallas ha decidido que ya era hora de descansar. Duele tanto que no puedo ni sentirlo aún. Ni imaginarlo. Pero sé que para muchos mi cejas tricolor que solo nació para repartir cariño moviendo el culo hacia la izquierda y saludando a todos en los semaforos era importante y quería compartirlo. Con vosotros. Cuando me adoptó con un kilo y pico no imaginé que me salvaría tantas vidas. Tantas que me ha convertido en gato. Que no me permitiría caer. Jamás. Que apoyaría su espalda sobre la mía una y otra vez como un sujetalibros Art Déco. Que recorrería mis miedos, mis alegrías y se pasearía entre mis sombras para sacarme siempre a la luz. Cada segundo, para dejar claro: Yo siempre estoy. Siempre.
Casi catorce años siendo mirada así es un regalo que jamás podré agradecerte. Me dejas tanto amor que me llenará mil y dos vidas. Te quiero Jazz. Te adoro mi pequeño saltamontes. Gracias.


domingo, mayo 26, 2019

Los aviones




Siete horas

Medianoche
Ella se dirige a su habitación. La habitación verde. Está vacía. Como las calles, las horas que millones de relojes marcan durante el resto del día por la ciudad. Pasos lentos como el sonido que marcan esas agujas que giran al revés, cucos que salen sin entusiasmo a avisar de más horas. Horas marcadas por tráfico que transita entre sábanas y calzadas. Entre sueños y noches rotas. Entre noches de pasión y noches anodinas. Un cóctel explosivo de sentidos.
Lleva una copa de agua que apoya en la mesilla. Antes bebe un largo sorbo, paladeándolo como si fuera una copa de exquisito vino para compartir en el lecho con un amante. No uno más. No cualquiera. Él.
Se estremece de repente mezcla de frío y terror. Como si el monstruo que se esconde debajo de cada cama fuera a salir en cualquier momento y atraparle las piernas con sus garras. Mira el reloj y se ríe de sus propios fantasmas. De ese miedo a la soledad, que ella misma desea. Soledad buscada y hallada. Lo que deseamos nos asusta. Como nos asusta lo que no queremos.

2.00 a.m.
No puede dormir. Da vueltas. Gira y vuelve a girar. Como el cuarto verde. Verde esperanza cantan poetas, verde relajante dicen, verde para los niños, para los enfermos, para la gente triste… Para ella solo un color más. Solo desearía gritar en ese instante a todos esos que inventaron hermosas historias sobre el verde, y traer secuestrada a la Esperanza a esa maldita habitación, tumbarla y atarla en esa cama noche tras noche y preguntarle después de un tiempo si no es capaz de extinguirse, de morirse ella misma en su propio desaliento.
Se ha perdido. A veces le ocurre cuando hunde la nariz en la almohada y encuentra otros olores. Le recuerda los cuerpos que desfilaron por ese cuarto, que desfilan como muñecos de metal recién pintados. Cuerpos que le sobran, que a veces trajo pensando que en ellos encontraría el de su amante. Se tumba atrapada en esas sábanas que están en perfecta alineación con sus caderas, sus piernas. Cuerpo trazado con prisa por un dibujante inexperto.

4.00 a.m.
Recuerda. El ruido de los aviones de fondo. Y al final de la calle un tugurio. El bar escondido. Lugar clandestino como ella. Solo varias personas tiradas sobre la barra. Hambrientos de todo.
Sentada en la banqueta puede oír el ruido del avión todavía planeando sobre su mente, y esas palabras que le gritan que le han abandonado en un aeropuerto, como se deja el equipaje que sobra.
El hombre entra. Lleva una maleta negra, como el rímel que le surca los ojos. La mira y se sienta a su lado. Ella bebe un trago largo y rápido. Él le pasa los dedos por los ojos y le quita todo rastro de oscuridad. De tristeza reciente. Y le habla del retraso en su vuelo. Que es de otro país. Ella no escucha el nombre del lugar, pero deja que la mire y la desnude con los ojos. Siete horas les separan cada día, dice él sonriente sin dejar de mirarla. Ella piensa que debe ser de muy lejos. Siete horas hasta que salga su avión.

El hostal está tan perdido como el bar. Es sucio. Pero huele a limpio. Él la mira. «Mujer abandonada como una maleta». Dice ella riendo. Él pone su dedo sobre los labios de ella y le dice no con la cabeza. Ella ya no ríe y le mira. Siete horas más tarde en la calle se rompen en caricias rápidas y besos como mordiscos de pasión adolescente. De portal en portal, de esquina en esquina. Los aviones les miran de fondo.
Ella se aleja colocándose el vestido, con el pelo revuelto, escuchando el ruido de sus tacones y de fondo los primeros bostezos, los primeros despertares. El amanecer.
Ya no está encogida como un bebé en su cama, se gira, se mueve, sueña. Duermevela.


7.00 a.m.
Despierta. Está despierta. Siempre a la misma hora. Siempre en el mismo instante. De golpe. En el amanecer del cuarto verde.
Se levanta. Y comienza a oír el ruido de la calle. Los coches. Los relojes.
Jaula de tela que encierra anhelos. La tortura de las noches y los días sin sentido. La luz entra con fuerza por la ventana. La abre de par en par.
Se gira y mira su cama. Ya no es su cama. Ni siquiera las paredes son verdes. El suelo tampoco es de madera, es de cerámica, y a cada paso la cerámica va dibujando entre sus pies formas geométricas en azul cobalto. Aspira y lo siente, el aroma de su amante. Él la ha llamado ese amanecer. Esa noche. Y ha dejado de ser el triste y solitario cuarto verde, verde esperanza que le cantan. Siete horas después, o siete antes, siete horas más o menos, qué importa dónde… 

jueves, julio 19, 2018

La serena vejez de los perros




Hoy Jazz cumple 13 años. Tan bella como siempre. Plagada de felicidad y achaques. Y es una necesidad, como la suya de seguir saludando a todo el mundo por la calle, sobre todo en los semáforos, escribir este post. La vejez de los perros es algo que demasiadas veces pasamos por alto. Y sí, los perros se hacen mayores. Y luego se hacen yayos.

En mi caso, Jazz ha pasado desde los 8 años tal cúmulo de odiseas y enfermedades crónicas y varias que ha sido algo menos extraño. Aún así es una transición en la que nos necesitan más. Mucho más. Muchísimo más. Sí, ya sé que me repito. Pero es importante. La vejez en los perros es una época nueva. Como lo es cuando un cachorro llega a tu vida. Y hay que estar atentos a sus cambios. Sus posibles dolores o problemas. Sus nuevas necesidades.  Porque no se quejan constantemente como nosotros en nuestros peculiares concursos humanos de dolencias y malestares. Ellos nunca. Pero nos hablan constantemente. Con la mirada.
Jazz en los últimos tiempos ha cambiado la dieta, come 4 veces al día para digerir mejor. Y le cocino y voy loca para no saltarme horarios. Y no falta quién piensa o me dice que no puedo hipotecar tanto tiempo de mi vida por un perro. Me perdonarán pero yo siempre a esas personas las imagino dejando a sus mayores en residencias con sofás de sky con vistas a una calle triste y yendo cada vez menos a visitarles. Mientras pienso la mala suerte de no haber sido queridos por un perro.

Hace tiempo que noté que Jazz no respondía igual a cualquier estímulo. Desde hace unos meses no oye. Nada. Fue de repente. Intenté imaginarme que de un día a otro me quedaba sorda. Ella ni protestó. Asumió que me había vuelto un mimo torpe y plasta que todo se lo decía gesticulando. Y ahora, miento, al poco tiempo, nos seguíamos entendiendo como antes.
Y por supuesto yo le sigo hablando las 24 horas del día. Que estoy escribiendo un libro en el que se llama Robin, muy apocalíptico como nos gustan, y ella es la protagonista. Le hablo contándole hasta lo que yo no sé.

No gira la cabeza dejando caer su larga oreja hasta el suelo cuando le hablo. No salta cuando me levanto a por comida. No corre a saludarme cuando abro la puerta. Pero me mira. Igual. Con su mirada atenta, noble que aturde de tanta belleza y fidelidad.
Se levanta de un salto casi siempre porque vive pegada a mí. Más aún. Sí. Así siente cualquier movimiento. Y me sigue igual. Más despacio. Mucho más. Aunque sé que ella querría seguir yendo con prisas a todas partes. Pero ve poco y mal.

No viene al galope cuando meto las llaves en la cerradura, porque cada vez que me voy se queda pegada a la puerta. Tengo especial cuidado al abrirla por si está dormida. A veces antes doy un golpe en el suelo para que sienta la vibración. Y se revuelve. Y oh, sí, llega el claqué. Baila. Claqué clásico. Cada vez. Bailamos. Siempre. Como el primer día. Solo que ahora bailamos lento.


Felicidades Jazz. Tanti auguri mi dama tricolor. Lo más bonito della mia vitta!

martes, julio 18, 2017

Musa

Rostro color cenicero. Falda larga con vuelo para darle cinco vueltas y media. Bailaba en medio de la nada, sola, entre huesos y rizos.
Las tierras áridas nos secan, me dijo. También que era una musa. Con ese brillo ridículo en los ojos que solo ellas otorgan a personajes sin pasado, menos futuro. Bailaba. Y la falda se desplegaba a la espera de que el viento la impulsara. La elevara.
Liposucción gratuita de creatividad. Imaginación. Dueña de pensamientos, deseos e ideas sin retorno. Estaba tan hermosa bailando en el páramo del olvido. Esperando que por fin el aire llegara y le dedicara una pieza.
La miré mientras me alejaba de ese lugar yermo. Ella en cambio elevó los brazos y giró. Casi pude notar la brisa.
Musas de belleza turgente que se vuelven viento. Aire. A veces circular y algo más de arena.


lunes, julio 03, 2017

"Okja" Hay que verla

Okja




Hay que verla. Son tantos los motivos por los que creo que Okja es una película imprescindible de ver, como la cantidad de géneros que se mezclan en la película. Camina entre el drama, la comedia, la aventura, la ciencia ficción…Todo con ese aire histriónico tan peculiar del cine coreano. Del director Bong Joon-ho.





Vayamos con calma.  Como la gran lomera de Okja cuando pasea por las montañas de Corea del Sur. "No te embales" le aconseja Mija, su cuidadora desde los cuatro años. Diez años juntas. Pero Okja claro que se embala, corre y juega y se tropieza, siempre pendiente y fiel a su compañera y amiga. Este deleite se nos muestra en la primera parte del film, después de explicarnos cómo la multinacional Mirando Corporation ha repartido superlechones por los puntos más pintorescos del mundo. Un supuesto inocente concurso para descubrir diez años después cuál de todos ellos es el mejor y llevarlo hasta Nueva York a la gran fiesta de Mirando Corporation.  







Sí, Okja va a dejar de pasear su lomera y sus orejas caídas por las montañas coreanas para entrar de lleno en la pesadilla americana. Y Mija, su salvadora, por la suya propia.

Y hasta aquí puedo leer. Y he leído mucho, demasiado. Ni siquiera vi el tráiler. Y me alegro. No lo veáis. Lanzaros a la dulzura de la mirada de Okja sin paracaídas. Y la lucha de Mija por recuperarla. A ese imparable desfile de personajes esperpénticos llevados hasta el paroxismo con aire de cómic. A una banda sonora que nos lleva como el film de la risa a la sorpresa, al dolor, al amor. 


Hay que verla por sus miradas. Las de Okja y Mija en su hogar, y luego en Occidente. Las miradas de Mija ante el marketing, las multinacionales y al comprobar cómo ven, y para qué, a Okja los grupos capitalistas, los intereses del mercado, los consumidores de a pie. A su compañera de vida.
Esa niña observa lo que ocurre a diario a nuestro alrededor con el estupor, incredulidad y terror que deberíamos tener todos en la mirada.





Un cuento de hadas que se rodea de todos los monstruos de los cuentos. Y sobrevive. Hay que verla porque Okja tiene magia. Los malos son muy malos. Y siempre van a estar ahí, pero los buenos, que la mayoría casi nunca hablan, también. Una película que te acaricia el alma.  



lunes, marzo 27, 2017

Mullholland Drive




Madrugada del sábado y por casualidad, ahora ya sé que no fue tal, me encuentro con Betty y esa repelente ingenuidad de actriz novata. Hacía años que no veía la película y pronto sentí la llegada del terror al pensar en los Elderly. Ay, sus sonrisas congeladas, esas palmaditas... Ella en una sola escena consiguió apartar de mi subconsciente a ese Jack el Destripador de "Los crímenes del museo de cera" que perturbó los sueños de mi infancia. Porque si de algo entiende Mullholand Drive, hasta para los que afirman no entender nada, es de soñar. 



Lo curioso es que en cada visionado veo detalles nuevos, claves, secretos, sueños dentro de más sueños lúcidos, de otros sueños ajenos y propios.También llego a diferentes conclusiones, que nada o poco tienen que ver con las anteriores. La primera vez me quedé con la teoría number one de que todo era un sueño de Diane y solo los veintitrés minutos finales la realidad. Pero en otra ocasión me dio por pensar que quizá era un tránsito entre la vida y la muerte de Betty-Diane al suicidarse. Que la bella y voluptuosa Camila ni siquiera estaría muerta, abriría los labios en forma de o al enterarse, y seguiría con su vida de glamour en el reino del cine. Paranoias. Las justas y las que sobran. Y unas cuantas más. Al fin y al cabo de eso se trata. Eso buscaba el señor director, mientras se reía sentado en el centro de un escenario con la cortina de terciopelo azul a su espalda. 
La música otro personaje clave. Cómo olvidarla. Es parte fundamental para transportarnos por un mundo onírico y real que pierde el límite desde los créditos. Lynch cuenta con el músico y compositor: Angelo Badalamenti inseparable en la filmografía del director, para crear un mundo paralelo que nos atrapa entre composiciones instrumentales y canciones que marcan algunos de los momentos más impactantes de la película. Salvaje Rebekah del Rio y su Llorando. En Silencio. Silencio. Sólo él es capaz de crear un lugar, un momento y un escalofrío así. Sentar a Laura Palmer entre el público y hacernos disfrutar del espectáculo. 
Surrealismo en estado puro. Yo es que adoro a Lynch. Veo una cortina y ya me pongo nerviosa, abro mucho los ojos y paso miedo. Y desasosiego. Es pasarlo mejor que dormido. Y eso no lo consigue más que uno mismo y él.
Una joya de otros mundos. No me atrevo a quitarme el sombrero por si salen los Elderly chiquititos gritando y moviendo los brazos enloquecidos. 



sábado, marzo 18, 2017

Mudanza


Mudanza time. No sé cuántas llevo. Sólo que ya no puedo contarlas con las manos como se cuenta casi todo lo importante. Primeros momentos en mi nueva casa donde la luz la ilumina como un cuento. Y no puedes defraudarla y buscas libreta, papel lo qué sea para escribir otro nuevo para ella. 

Después de tantas voy aprendiendo a soltar cosas. Cosas ese término que aborrezco y encierra lo que no tiene sinónimo. Si con todos los que existen no lo encuentro, tampoco quiero llevarlo a mi nuevo lugar. 
Cada vez que preparo una mudanza a mi alrededor la gente se asusta, despereza y asombra. Y lo entiendo. Es mover hasta los cimientos de tus momentos. Los más íntimos, más insípidos, importantes. Los peores. Meterlos en cajas y numerarlos. Como si los recuerdos pudieran contar igual que el cajón de los calcetines. No siempre es fácil.

Adoro lo que pierdo en cada una de ellas y lo que encuentro que ya daba por perdido. Adoro esta nueva casa y su luz de cuento oriental.  Jazz se asoma en la terraza. Se sienta y el sol le ilumina sus cuatro colores. Blanco, canela, negro y el plata brillante de sus canas. Y mira. Y sonríe.