miércoles, julio 27, 2005

Surrealismo diario

A veces la contradicción de cada una de las acciones que conllevan el día a día de los seres humanos es tan absurda que se transforma sin darnos cuenta en pura lógica, en situaciones casi física y químicamente demostrables. Estoy segura que existen teoremas perdidos en algún sitio esperando ser citados en voz alta que den un sentido a todos y cada uno de los actos, muchos de ellos ridículos, que rigen nuestras vidas cotidianas. Podría ser eso, que al final todo se rija por fórmulas, o podría ser algo mucho más simple: la mente tiene un ritmo diferente y una vida propia que a veces decide ir al margen de la tuya. Si no que me alguien me lo explique.

Siempre he odiado los diarios. Siempre he odiado escribir uno, es en el único lugar donde me sentía incapaz de ser yo misma, de expresar lo que realmente quería o tenía dentro y alrededor mío en cualquier momento. Ni siquiera cuando era una adolescente con garrillas huesudas e interminables lo hice. Entonces sentía sensaciones dentro de mí tan fuertes que en ocasiones echo la vista atrás y me recreo en ellas, porque la desesperación, la alegría y la felicidad que lograba alcanzar tenían unas cotas tan asombrosamente altas que dudo que cuando dejamos esa etapa de cambios hormonales, físicos, volvamos a sentir la desaparición de un grano en la frente, el suspenso en un examen, o la mirada de un hombre sin pelos en las piernas sobre nuestro pecho con tanta intensidad.
Pero no escribía diarios, temía demasiado la lectura de algún ojo ajeno que violara sin pudor mi intimidad y descubriera tanto de mí misma como para atreverme a hacerlo. Escribía relatos, poesías desgarradoramente insufribles, textos que aún recorren las carpetas llenas de fotos con las que me paseaba hasta el colegio, y que años después he releído asombrada por anhelar sentimientos tan fuertes y sensaciones tan violentas y apasionadas con la vida tan insulsa que siempre consideré que lleva un adolescente.
Ver para creer. Ahora no escribo un diario y lo escondo, y lo meto en el fondo del cajón de la ropa interior entre medias y calcetines para que no se vea, voy y lo cuelgo en internet, el escaparate mundial de los pensamientos. Quizá me he vuelto más desinhibida, o me da lo mismo que sepan más de mí que antaño. No lo creo. Sólo sé que lo que yo escribía camuflada en hojas sueltas de papel cuadriculado con la menor luz posible para que no me gritaran por estar aún despierta, escritos en los que sus protagonistas tenían simplemente un nombre diferente al mío, o las poesías que rellenaban mi carpeta con algún roce de nocilla y cáscaras de pipas eran tan puras, tan bestialmente puras que era un pecado haber mezclado todos esos ingredientes en un diario y que cualquier persona o yo misma lo hubiera podido leer un tiempo después. Una profanación del alma cuando aún tiene la ingenuidad con aroma de chicle.

Ahora puedo escribir un diario, con la coraza estúpida que te otorga que sueñas a ratos, pero otros tienes que estar despierta. Ahora es este diario lo que me resulta vacío e insulso en comparación con aquella época. Yo sé que nunca escribí desde un cuarto del centro de una ciudad, si no que en el fondo lo hacía desde una pequeña buhardilla, sin luz, sin agua, sin dinero, sin esperanza en la vida si no era por una mirada de soslayo, deseando desvanecerme de amor y llevando hasta el paroxismo sentimientos que aun tardaría mucho más tiempo en poder descubrir.

Hada verde

El mechón se escapaba por su espalda formando unas ondas vertiginosas. Naranja, brillante, suave, lo recogió con el resto de su cabello en un moño a la altura de su nuca.
Se quitó la ropa y se quedó de pie frente a él, desnuda y blanca con sus delgadas manos entrelazadas a la altura de la cadera, como tratando de cubrir todo su cuerpo, aunque tal vez se trataba de un simple gesto.
Él observó esa belleza efímera y dura, sólo durante un segundo, sin atreverse a fijar sus pupilas en aquella joven por más tiempo. Le indicó que se cubriera de cintura para abajo, no era necesario que estuviera desnuda. Ella pareció agradecerlo, se cubrió rápidamente, aunque dejó que sus senos blancos siguieran paseando por la habitación con la tranquilidad y descaro de quien lo ha hecho en infinidad de ocasiones, en infinidad de sitios sórdidos y desconocidos, por lo que quizá sólo se tratara de un simple gesto.
Él le indicó que se sentara en el suelo de espaldas y se pusiera de nuevo sus gruesas medias negras. Ella lo hizo de manera cuidadosa y lenta, tanto que resaltaba de manera cruel con los agujeros que éstas tenían en la puntera y la infinidad de remiendos que las recorrían como marcas indelebles y cicatrices de demasiadas guerras. Le llegaban hasta las rodillas. Medias gruesas y viejas, insuficientes para noches frías y húmedas como esa.
Así permaneció ella sentada en el suelo de espaldas a él, con el torso desnudo y los brazos apoyados sobre sus rodillas, el tiempo suficiente para que el rebelde mechón pelirrojo volviera a liberarse y se paseara de nuevo con descaro por sus hombros.
-- ¿Lo que ha pintado tiene título, señor? - Preguntó ella con unos interrogantes y cansados ojos verdes, mientras terminaba de vestirse.
-- La Toilette -- respondió él, que hasta ese momento no había siquiera pensado si pasaría de ser un simple boceto.
Ella sonrió, como quien está satisfecho de algo y continuó en silencio hasta que llegaron a la puerta de entrada de la casa.
-- ¿Y su nombre, señor, podría decírmelo?
-- Toulousse Lautrec ¿Y el tuyo?
-- Qué importa eso - respondió ella mientras comenzaba a bajar las escaleras para perderse en las calles de París que comenzaban a desperezarse y despertar ansiosas de vida nocturna, sexo, y alcohol, mucho alcohol, y la magia provocada por el ‘Hada Verde’ de la absenta.

martes, julio 26, 2005

Mafalda y el mundo


“¿Dónde hay que empujar el mundo para que vaya hacia delante?”
Preguntaba Mafalda hace unos años, unas cuantas décadas ya. No sé si ella imaginaba entonces que la crisis de su país iba a ser tal, que iba a repartir por el mundo a tantos miles de sus compatriotas. Mundo del que le hablaban los noticiosos y ella siempre discrepaba, protestaba, preguntaba.
Siempre he adorado Argentina, por su cultura, por sus gentes, por su mate, por sus costumbres, por su dulce de leche, por Bariloche, por su acento, por el tango, por B.A., por su linda voz, por volver…
Me cuentan que Mafalda se marchó en busca de un futuro algo mejor y anda metida en hostelería por una isla de la Madre Patria, no sé bien si Canarias o Mallorca. Manolito salió adelante con su “Almacén Don Manolo” pero no pudo abrir su soñada cadena de supermercados. Felipe no deja de lamentarse de todo, día y noche. Y Susanita no tiene bastante plata a fin de mes como para poder permitirse el ser mamá y tener hijitos. No sé bien donde puede andar el Guille.
Desde aquí mi pequeño y cariñoso homenaje a todos ellos. Tuve el placer de cruzar mi camino con unas cuantas personas que vinieron de allá y son gente realmente bárbara.
“ -- Voy al mercado y vuelvo, no le abras la puerta a nadie por más que llame, eh?" – mamá de Mafalda.
-- ¿Mamá y si es la felicidad? -- Mafalda.”


Publicado en EL SEMANAL, carta de la semana marzo 2004.
Con todo mi cariño, para ustedes...

miércoles, julio 20, 2005

BIOGRAFÍA

Mi nombre es Mónica y soy escritora, suelo decir esto de que soy escritora, por un motivo sencillo, a día de hoy dudo que pueda hacer otra cosa.
Nací en Sevilla en el año 1973, y he vivido gran parte de mi vida en Zaragoza. Estudié la carrera de música, y mezclé mis primeros escritos con el papel pautado.
En el año 2000 me trasladé a Mallorca para dedicarme de lleno a la literatura. Allí escribí mi primera novela corta: "El ombligo de las almas", que resultó finalista en dos concursos literarios. En el año 2005 escribí la novela: "Si vuelves te contaré el secreto".

He resultado ganadora y finalista de diversos premios de relato corto y cuento, y he colaborado en páginas y revistas literarias.
Actualmente me encuentro de nuevo en Zaragoza dedicada por completo a la literatura, trabajando en mi nueva novela: "Té chino en la Atlántida", que compagino con mi alter ego, que es diseñadora de bisutería realizada exclusivamente con materiales antiguos:
www.mtuent.com

Mi segunda novela: ‘Si vuelves te contaré el secreto’, está escrita para mi padre un gran melómano y un pedazo de hombre por el que exprimí mi lado de músico (esos dieciséis años en el Conservatorio había que sacarlos algún día) y lo plasmé en un “libro jazz”. Una novela publicada por la Editorial Caballo de Troya (Enero 2008).

El primer borrador de todas mis novelas y escritos siempre es mi cabeza. Una libreta donde anotar lo imprescindible y el resto va caminando por mi mente. El borrador mental de la tercera novela ya ha tomado forma. Así que es el momento de coger la pluma y pasarlo a papel.

Bienvenidos, espero que disfrutéis con la lectura y que colaboréis siempre que lo deseéis.

Mónica



Pequeñas andanzas en esto de la literatura:

PUBLICACIÓN:


*Novela: "Si vuelves te contaré el secreto" Enero de 2008.

* Editor: Constantino Bértolo. Editorial Caballo de Troya.


*Autora de las novelas: ‘El ombligo de las almas’, ‘Si vuelves te contaré el secreto’.


*Colaboradora en la actualidad de diferentes revistas y páginas literarias.

* REVISTA NARRATIVAS: Bajo la edición de Carlos Manzano, colaboro en la revista formando parte del Gabinete Editorial: www.revistanarrativas.com


Publicaciones en Antologías:

*Publicación del relato corto: 'Azul'. Julio de 2006. Libro de relatos del Ayuntamiento de Calafell. Certamen 2006.


*Ganadora Concurso de relato hiperbreve Telemadrid Radio, por: ‘Tuent’ Publicado en la antología: ‘La radio es un cuento.’ Diciembre 2004.

*Ganadora premio de relato corto: EL PAIS. 1997

*Premio relato corto Radio M80. 1996

*Cadena Ser: Radio Zaragoza. Escritora y narradora de series de relatos cortos. Programa: “A vivir Zaragoza”. 1997-1998.


viernes, julio 08, 2005

Árboles



La gente parece caminar de una manera diferente si los miras cuando lo hacen a través de los árboles. La calle regada de plataneros, sombra escuálida de lo que fueron hace tan sólo unos meses, se aleja sin prisa pero con una decisión claramente meditada en línea tan recta como la ciudad le permite.
Desde la calle, a pie de acera les ves pasar, habitualmente son figuras que no despiertan el menor interés, que circulan arriba y abajo, alguna cadera que se contonea en busca de miradas furtivas, por no encontrar ninguna directa sobre su vida, pies que se arrastran sin ganas de llegar, prisas por llegar antes que otros, malos gestos al pisar, niños que saltan sobre las hojas de mil tonos diferentes que llenan el suelo, que como si fueran las uñas de las manos de una secretaria aburrida, no sabe que color de esmalte elegir; uno que cae de vez en cuando en el saliente del asfalto al final de la calle.
Pero a través de ellos, de los árboles, todo cambia, las personas se desdibujan sólo lo justo para verlas fluir como si fueran etéreas, se deslizan, no pisan el suelo, no quieren salir de la calle, salir de allí, y yo les miro a través de ellos, a través del cristal, a través de la ventana, pensando que en unos minutos, yo también estaré atrapada en ese camino sin sendero que difuminará el contorno de mi cuerpo, hasta volverme una mancha opaca entre las ramas.