Surrealismo diario
A veces la contradicción de cada una de las acciones que conllevan el día a día de los seres humanos es tan absurda que se transforma sin darnos cuenta en pura lógica, en situaciones casi física y químicamente demostrables. Estoy segura que existen teoremas perdidos en algún sitio esperando ser citados en voz alta que den un sentido a todos y cada uno de los actos, muchos de ellos ridículos, que rigen nuestras vidas cotidianas. Podría ser eso, que al final todo se rija por fórmulas, o podría ser algo mucho más simple: la mente tiene un ritmo diferente y una vida propia que a veces decide ir al margen de la tuya. Si no que me alguien me lo explique.
Siempre he odiado los diarios. Siempre he odiado escribir uno, es en el único lugar donde me sentía incapaz de ser yo misma, de expresar lo que realmente quería o tenía dentro y alrededor mío en cualquier momento. Ni siquiera cuando era una adolescente con garrillas huesudas e interminables lo hice. Entonces sentía sensaciones dentro de mí tan fuertes que en ocasiones echo la vista atrás y me recreo en ellas, porque la desesperación, la alegría y la felicidad que lograba alcanzar tenían unas cotas tan asombrosamente altas que dudo que cuando dejamos esa etapa de cambios hormonales, físicos, volvamos a sentir la desaparición de un grano en la frente, el suspenso en un examen, o la mirada de un hombre sin pelos en las piernas sobre nuestro pecho con tanta intensidad.
Pero no escribía diarios, temía demasiado la lectura de algún ojo ajeno que violara sin pudor mi intimidad y descubriera tanto de mí misma como para atreverme a hacerlo. Escribía relatos, poesías desgarradoramente insufribles, textos que aún recorren las carpetas llenas de fotos con las que me paseaba hasta el colegio, y que años después he releído asombrada por anhelar sentimientos tan fuertes y sensaciones tan violentas y apasionadas con la vida tan insulsa que siempre consideré que lleva un adolescente.
Ver para creer. Ahora no escribo un diario y lo escondo, y lo meto en el fondo del cajón de la ropa interior entre medias y calcetines para que no se vea, voy y lo cuelgo en internet, el escaparate mundial de los pensamientos. Quizá me he vuelto más desinhibida, o me da lo mismo que sepan más de mí que antaño. No lo creo. Sólo sé que lo que yo escribía camuflada en hojas sueltas de papel cuadriculado con la menor luz posible para que no me gritaran por estar aún despierta, escritos en los que sus protagonistas tenían simplemente un nombre diferente al mío, o las poesías que rellenaban mi carpeta con algún roce de nocilla y cáscaras de pipas eran tan puras, tan bestialmente puras que era un pecado haber mezclado todos esos ingredientes en un diario y que cualquier persona o yo misma lo hubiera podido leer un tiempo después. Una profanación del alma cuando aún tiene la ingenuidad con aroma de chicle.
Ahora puedo escribir un diario, con la coraza estúpida que te otorga que sueñas a ratos, pero otros tienes que estar despierta. Ahora es este diario lo que me resulta vacío e insulso en comparación con aquella época. Yo sé que nunca escribí desde un cuarto del centro de una ciudad, si no que en el fondo lo hacía desde una pequeña buhardilla, sin luz, sin agua, sin dinero, sin esperanza en la vida si no era por una mirada de soslayo, deseando desvanecerme de amor y llevando hasta el paroxismo sentimientos que aun tardaría mucho más tiempo en poder descubrir.
Siempre he odiado los diarios. Siempre he odiado escribir uno, es en el único lugar donde me sentía incapaz de ser yo misma, de expresar lo que realmente quería o tenía dentro y alrededor mío en cualquier momento. Ni siquiera cuando era una adolescente con garrillas huesudas e interminables lo hice. Entonces sentía sensaciones dentro de mí tan fuertes que en ocasiones echo la vista atrás y me recreo en ellas, porque la desesperación, la alegría y la felicidad que lograba alcanzar tenían unas cotas tan asombrosamente altas que dudo que cuando dejamos esa etapa de cambios hormonales, físicos, volvamos a sentir la desaparición de un grano en la frente, el suspenso en un examen, o la mirada de un hombre sin pelos en las piernas sobre nuestro pecho con tanta intensidad.
Pero no escribía diarios, temía demasiado la lectura de algún ojo ajeno que violara sin pudor mi intimidad y descubriera tanto de mí misma como para atreverme a hacerlo. Escribía relatos, poesías desgarradoramente insufribles, textos que aún recorren las carpetas llenas de fotos con las que me paseaba hasta el colegio, y que años después he releído asombrada por anhelar sentimientos tan fuertes y sensaciones tan violentas y apasionadas con la vida tan insulsa que siempre consideré que lleva un adolescente.
Ver para creer. Ahora no escribo un diario y lo escondo, y lo meto en el fondo del cajón de la ropa interior entre medias y calcetines para que no se vea, voy y lo cuelgo en internet, el escaparate mundial de los pensamientos. Quizá me he vuelto más desinhibida, o me da lo mismo que sepan más de mí que antaño. No lo creo. Sólo sé que lo que yo escribía camuflada en hojas sueltas de papel cuadriculado con la menor luz posible para que no me gritaran por estar aún despierta, escritos en los que sus protagonistas tenían simplemente un nombre diferente al mío, o las poesías que rellenaban mi carpeta con algún roce de nocilla y cáscaras de pipas eran tan puras, tan bestialmente puras que era un pecado haber mezclado todos esos ingredientes en un diario y que cualquier persona o yo misma lo hubiera podido leer un tiempo después. Una profanación del alma cuando aún tiene la ingenuidad con aroma de chicle.
Ahora puedo escribir un diario, con la coraza estúpida que te otorga que sueñas a ratos, pero otros tienes que estar despierta. Ahora es este diario lo que me resulta vacío e insulso en comparación con aquella época. Yo sé que nunca escribí desde un cuarto del centro de una ciudad, si no que en el fondo lo hacía desde una pequeña buhardilla, sin luz, sin agua, sin dinero, sin esperanza en la vida si no era por una mirada de soslayo, deseando desvanecerme de amor y llevando hasta el paroxismo sentimientos que aun tardaría mucho más tiempo en poder descubrir.

















