martes, diciembre 19, 2006

Ya están aquí...


Hace unas semanas llegué a casa con unas cuantas compras. Vacié las bolsas y para mi sorpresa no encontraba nada de lo que había adquirido sólo minutos o un rato antes. Todo estaba rebozado de papeles de colores. Los huesos de Jazz en papel dorado, la crema del pelo en otro rojo y negro brillante. Pensé que como un fenómeno natural de difícil solución, las navidades habían llegado ya por la zona. Cada año antes, por cierto.
De niña las adoraba. De adolescente las negaba, era esa época en la que las hormonas están en pleno baile tropical y solía negar todo por defecto.
Más adelante, durante infinidad de años, las aborrecí. Era la sensación de que en vez de ser una época maravillosa, se trataba simplemente de unas semanas en las que las miserias humanas, más o menos importantes, se lanzaban a la cara como una tarta de las películas cómicas del cine mudo. Desde los que se comen el aire tirados en la calle, hasta los que tienen el pollo pero no en la mesa si no por discusiones familiares o el eterno ¿con qué parte de la familia se cena este año? pasando por los que quizá no tengan nada que celebrar, y la presencia brutal de las ausencias. Quizá es pura demagogia, pero qué queréis, era la sensación que me producía el encendido de esas interminables ristras de bombillas con dibujos horteras.

Ahora, sin embargo, pienso que como todo, se sufre o se disfruta en la medida que se le de importancia. Ya no las aborrezco, ni las odio. Las veo llegar como al compañero plasta de la clase o al tonto del pueblo, que sabes que en el fondo no sólo no es malo, sino que no tiene culpa de nada. Está ahí y ya, qué vamos a hacerle…

Al fin y al cabo teniendo en cuenta el precio irrisorio de cada bombilla y lo que duran, al menos en mi casa, los gnomos de las luces también tienen que vivir, al igual que los que trabajan fabricando miles de kilómetros de papeles con dibujos para que envolvamos nuestros regalos, que el resto del año se lamentan de lo poco que se quieren y se sorprenden los humanos unos a otros. Y por qué no, los Reyes Magos se han ganado su derecho a su peculiar trono con creces, por no contar nada a esos millones de pequeños enanitos acolchados por el frío, que les esperan todo un año.
Aprovecharé que mis amigos vienen de los puntos más diversos del planeta estos días, para con un vino (del bueno) en mano, contarnos nuestras miserias y novedades.
Un beso, un fuerte abrazo para todos y una tira espumillón del tornasolado y brillante, lleno de energía positiva para cada uno de vosotros.

Mónica

miércoles, noviembre 29, 2006

VECINOS



La estudiante de secundaria del tercero había olvidado las llaves de casa esa tarde y esperaba sentada en un peldaño de la escalera con la carpeta sobre las rodillas, llena de fotos de actores de las series de moda.
El niño del quinto subía por la escalera y al verla le temblaron las piernas. Se sentó a su lado sin decirle nada, que no fuera un gesto para ofrecerle dulces de una bolsa de plástico arrugada. La adolescente lo miró, pasó la mano por el pelo despeinándolo y dejándole un mechón apuntando al techo metió la mano y cogió un regaliz.
Ella bostezó y se frotó el ojo derecho lloroso. Él sin girar el cuello estiró el ojo izquierdo y le miró el pecho, mientras su madre en el quinto recorría el pasillo de la casa mirando el reloj, pensando dónde estaba ese maldito niño.


Le había consentido ir a por gominolas con tal de no escucharlo protestar más, y ahora no subía y llegaba tarde a la cita. Recorría la casa con un cigarro apagado, porque no soportaba el olor a tabaco en su hogar, entre unos dedos cuidados, y unas uñas pintadas en marrón chocolate como el que comía en ese momento su hijo en forma de bola gigante.
Colocó un cuadro que le pareció algo torcido con la mano libre. Dobló el echarpe que había sobre el sofá del salón donde había estado leyendo. Y volvió de nuevo a contraatacar el suelo del pasillo con un ir y venir implacable, dejando una estela de perfume caro por toda la casa.

El agente de seguros del cuarto se daba el baño semanal como todos los viernes a la misma hora. Escuchaba con atención el sonido celestial de los tacones de su vecina del quinto. La imaginó con medias negras finas y delicadas con ese pelo corto sobre sus ojos negros. Toda oscuridad y lejanía para él.
Se sumergió del todo y entre las olas de la bañera, la imaginó entre sus brazos como un film en blanco y negro donde él era el chico malo.

En el segundo la niña celebraba el cumpleaños. Ya habían llegado todos los amigos. Las madres en la sala de estar entre cotilleos y críticas dejaban pasar la tarde, los gritos y las peleas.

En el primero, sí tenían una pelea de verdad. Ella no parecía perdonar que él le fuera infiel de vez en cuando. Aunque no fuera siempre. Rompió el vaso que compró en los chinos y tiró sobre la pared el plato sobre el que apoyaban las llaves al entrar en casa. Ese gesto tan simple y tan lleno de complicidad que ahora se el antojaba un chiste macabro.

En el entresuelo, la antigua casa del portero, cuando las casas tenían un portero que saludaba, sabía las vidas de todos, las debilidades del más fuerte y los secretos del más callado, un chico estaba sentado en el suelo sobre una tela olvidada por el camión que había hecho la mudanza. Escuchaba los gritos y los ruidos del primero amortiguados, sólo por los alaridos y música de la jauria de niños del segundo que entonaban un desafinado cumpleaños feliz, seguido de aplausos y rotura de lo que por el sonido parecía algo de porcelana barata.

domingo, noviembre 19, 2006

Tres veces Julia


-- Cuando asomé la nariz y los ojos a este mundo por primera vez, en ese mismo momento, mi madre murió. Tenía los ojos grises y redondos como los tuyos. Mi hermana la sustituyó siempre. Un día un coche decidió correr más que ella por una calle. Las recuerdo mucho. Como recuerdo a la amiga que encharcó sus venas de miles de venenos por un mal amor. Todas se llamaban Julia.

Ella levantó sus ojos redondos de la taza de café, con mezcla de extrañeza, desasosiego e incredulidad.

-- Sé que te parecerá absurdo, pero sigo sin atreverme a preguntar tu nombre.

sábado, noviembre 11, 2006

Noche tras noche

Me apasionan los sueños. No sólo el hecho de vivirlos por la noche cerrada en mundos paralelos o interiores, sino durante todo el día y por supuesto toda la vida. Me apasiona el término en sí.
Considero que abarca todo lo que tiene de mágico el ser humano. Una especie de Ying Yang de la mente. Una sola palabra que nos habla de esas metas imposibles y deseadas como el oro más brillante del mundo, que algunos luchan para conseguirlas sin descanso. Otros se transforman en lechera torpe cargada de litros de leche recién ordeñada, que desparraman por todas partes. Y otros sólo los sienten junto a la almohada, cuando nadie les ve y ni ellos mismos se oyen. Y en su faceta onírica es ese impresionante universo paralelo en el que nos zambullimos cuando el cuerpo y la mente se relajan tanto que se llegan a desplazar a otros mundos, otras vidas.

La capacidad de soñar me parece un don de los dioses. Y lamento de veras cuando alguien me dice que no sueña por las noches, o que si lo hace no recuerda nada al despertar.

He tenido la suerte de vivir vidas ajenas a la mía en todos los sentidos y géneros, he sido animal, he sido hombre, he sido otras mujeres. He amado sin reservas a personas que nunca antes he visto y que a pesar de los años y buscarlas durante algún tiempo entre las calles y la gente no he encontrado. He llorado, he comido, he sentido aromas, olores y he visitado lugares tan maravillosos, que tienen que estar en algún mundo.
Hace muchos años por las mañanas los anotaba. Recuerdo con claridad uno sobre un hombre que llegaba a un poblado de casas de barro que formaban una espectacular figura entre todas ellas vista desde el aire, pintadas en tonos azules, que no pude evitar plasmarlo en un relato. Era una historia que ha tenido que pertenecer a alguien, o a mí misma en otras vidas anteriores, quién sabe, y de alguna manera no quería que se perdiera. Ahora he dejado de hacerlo, he pensado que nunca he anotado un recuerdo, ni una vivencia diurna, por qué sí un sueño.

He tenido también la desgracia de encontrarme con muertes, con malos malísimos, con el terror en sus más altas cotas, con el dolor extremo. Nada en la vida, aunque sea en la onírica se otorga de manera gratuita.

No intento interpretar los sueños, me parece un absurdo, tanto como el que intenta interpretar la Biblia. Tampoco busco una explicación científica que sólo me hable de sus fases, de por qué sucede…
Generalizar sobre algo tan personal como lo que ocurre en el interior de la mente que camina a su aire por senderos propios, me parece tan surrealista como sus pasos. Aunque sí me obliga en ocasiones a preguntarme, si tiene capacidad de inventar sola todas esas historias o si realmente existen otras vidas, u otros mundos que de vez en cuando y a su antojo deciden hacernos una visita. La mente, mi soñada y eterna amiga desconocida.

jueves, octubre 05, 2006

¿Quién es MTuent?

Durante mucho tiempo permaneció en un rincón. Literalmente. Le pregunté infinidad de veces por qué no salía de allí. Y siempre era la misma respuesta: Estoy bien aquí. Dos pasos más hacia allí y estoy mal. Así que obvio, no me muevo.

Ella deshacía y hacía, así por ese orden. No todo nace y luego muere. En ocasiones las cosas, sí he dicho cosas, tienen una segunda oportunidad. Ella de alguna manera se la otorgaba. A veces pienso si no preferían quedarse tal y como estaban. Pero ella soltaba, cortaba y luego unía, ataba, pegaba… En el rincón, siempre. Con el cuello mal colocado y esas malas posturas que no hay manera humana de evitar. Le cuestan demasiados dolores. Pero ya me cansé de decírselo hace tanto tiempo, que le dejaba hacer a su antojo. Soltando y soltando y luego vuelta a empezar. Esas absurdas y diminutas reencarnaciones que realiza día tras día. No sé si practicará el budismo. O creé en él siquiera. Tan apenas hablamos. Sé poco de ella. Y ella parece saberlo todo de mí.

Es lo que tiene tener un alter ego, que toma de vez en cuando tus manos y se marcha a un rincón, porque no quiere estar en otro sitio. Hace unos dos años que este alter ego, trabaja con mis manos. Las utiliza para diseñar bisutería realizada exclusivamente con materiales antiguos.
No sé cuando nació. Todos los nacimientos no son un mero parto. Pero se fue formando, poco a poco. Recogía llaves viejas, trozos de lámpara de anticuarios de todo el mundo, cristales de Murano de cuando yo aún no había nacido, antiquísimas piezas de porcelana de la Dinastía Ming y con todo ello, se largaba a su rincón y comenzaba a crear nuevas historias, que nacían de otras ya vividas. Historias nuevas, diferentes, con un poso de misterio y pequeños secretos en el fondo de la taza, que hacen que le apasionen, imaginando quién llevó antes esas cuentas, esa cadena, ese broche que ahora pende de un collar. Quizá nadie, quizá sí.

Ha crecido y no le ha quedado otro remedio que salir del rincón. Sus piezas están repartidas por España, por Estados Unidos... Y a mí me parece lo mínimo presentárosla: MTuent http://www.mtuent.com/



MTuent es mi alter ego. Ya sabéis algo más sobre mí, que yo tarde mucho tiempo en descubrir. Debe ser por eso de que lo que tienes más cerca suele pasar casi desapercibido. O quizá porque cuando me devuelve mis manos y estas golpean las teclas del portátil, me olvido de todo, incluso de mí misma.

domingo, septiembre 24, 2006

El arte del miedo


Hace ya más de un año, cuando comencé mi andadura por estos lares escribí
La Ausencia
Unas cuantas líneas sobre la horrible sensación de ausencia que crea el perder a alguien. Líneas que con su permiso (el de ellas) me gustaría continuar.

Las pérdidas de aquellos que queremos y que el ser humano sufre de manera inevitable a lo largo de su vida, provocan que comience a percatarse de que alberga en su interior poderes que antes desconocía, llegándose a sentir como un sucedaneo de superhéroe.
Esto suele ocurrir cuando el dolor y la tristeza infinita se comienzan a mitigar a intervalos, como una fiebre alta paliada por fuertes analgésicos. Es entonces cuando nota que no sólo sufre por el ser que ha pérdido, sino que de repente experimenta una increible facilidad para ver como todo se rompe alrededor suyo. Un vaso que ni siquiera ha rozado, esa galleta que cae y se resquebraja como el cristal de bohemia. No es fácil discernir en esos momentos si uno cuenta con un poder especial o simplemente se trata de algo mucho más simple: Está invadido por una horrible sensación de miedo.
Y esa invasión interior, le hace ponerse la capa e intentar volar alrededor de todo lo que quiere día y noche, para no le ocurra nada malo, para que esté seguro bajo su protección. Es un héroe y como tal tiene que conseguir salvar el mundo de todos los malos, salvar a su mundo de todos los males.Tiene miedo a que todo lo que le rodea empiece a desmoronarse como un enorme y pesado mecano de madera de colores.
Teme que caiga el suelo, lo que le obliga a caminar por el techo sin rozar las lámparas para no romper las lágrimas de cristal que penden de ellas. Más tarde sentirá que en el techo no está seguro, lo que le hará colocar colchones en el suelo por si éste cae. Para finalmente llegar a subir y bajar tan rapidamente del techo o del suelo que estos no logren caerse nunca sobre él.
Los ejércitos de recuerdos, se han atrincherado conocedores de buenas tácticas de guerrilla y son imparables incluso en los lugares más infranqueables. Lo que hace estar en guardia todo el día y provoca aún más miedo.

El miedo es un arte y como tal se puede perfeccionar hasta límites insospechados, también se le puede llenar de preciosos adornos, para casi no verlo.
Pero es cuando uno se cuelga de la lámpara más delicada y peor enganchada de toda la casa, y se balancea de izquierda a derecha dándose impulso como en los columpios del parque, cuando se atreve a endrentarse al miedo a la cara, cuando éste decide marcharse, después de acolchar ligeramente nuestra alma, para que logre vivir algo más protegida.



lunes, septiembre 18, 2006

Momento Zen

Con el morro a ras del suelo, olisqueando cada centímetro cuadrado de las calles, como si tratase de descubrir el caso más importante de una agencia de detectives privados, Jazz y yo llegamos a la plaza.
Vino corriendo hacia nosotras tambaleándose y dando saltitos sin la menor coordinación. Tenía sólo unos centímetros más de altura que Jazz, que a día de hoy centímetro más o menos, mordisco más o menos en el metro de papel de Ikea, mide unos 40 cm de altura.
Era una niña preciosa. Se paró y extendió sus manitas enanas para intentar abrazarla. Jazz la miró levantando una de sus cejas pelirrojas con aire circunspecto y me miró a mí. Padece de cosquillas crónicas y no puede soportar un abrazo. Padece también de un síndrome sin nombre, algo así como una obsesión por el saludo constante y emotivo a cualquiera que se le acerque y también a los que no, que le han llevado a recibir más de un mal gesto. El diminuto tamaño de la niña me hizo por lo tanto mantenerla a mi lado controlando cualquier movimiento de mi acompañante. No hizo falta. Jazz se sentó y la miró quedándose quieta como un perro de porcelana china.

− No tiene orejas − dijo la niña.
− Sí tiene, míralas − contesté acariciando su melena oscura y ondulada de príncipe de las galletas.
Ella me miró extrañada.
− Pero ahí no tiene agujerito como yo.
Sonreí y levanté la melena izquierda de Jazz enseñándole el oido.
− Oh, sí tiene agujeritos…¿Cómo te llamas? − continuó sin dejar de extender sus bracitos hacia ella.
− Se llama Jazz.
− ¿Y por qué no habla? − dijo muy extrañada al contestarle yo.
− Es un perrito, los perros no hablan − contesté con aire condescendiente y una amplia sonrisa ante su ingenuidad.
− Sí que hablan, pero lo hacen así: gua, guau, gua− dijo mirándome como quien ve a un bicho raro que le molesta sin parar durante toda una tarde, como quien ve a un extraterrestre verde y con antenas por el pasillo de casa camino de la cocina, en resumen me miró como si fuera imbecil.
En ese mismo momento de desconcierto, la niña se abalanzó y le dio un fuerte abrazo a Jazz mientras le decía:
− ¿Mañana vendrás a la plaza?
Por supuesto esta vez no contesté yo. Me limité a mirar a Jazz que permanecía inmovil por primera vez entre los brazos de alguien y unos segundos después a la niña que corría hacia sus padres con sus pasos y saltos desacompasados como los acordes de un músico ebrio.

viernes, julio 14, 2006

Calor

Hace calor, demasiado. Un calor que se vuelve hiriente y se adhiere como un dolor de muelas que no pretende dejarte dormir, por más vueltas que des en la cama.

Por la noche revivo, no sé si como los vampiros y demás seres nocturnos, o simplemente porque los dioses de vez en cuando deciden resoplar y bufar mientras nos ven de lejos y gracias a sus ironías y protestas, se sienten vientos ligeros. O porque nací bajo el estigma del que dormita de día y despierta con la fuerte luz de la noche.

Estoy, pero no estoy. Hablo, pero tan apenas se me oye. Me aguanto aún menos que de costumbre. Adoro el mar y por ese motivo aborrezco las miles de chanclas, colchonetas y sombrillas que se le clavan en las entrañas cada segundo. Las neveras que enfrían su piel de arena con hielos de maquina y las toallas multicolores que la cubren como tiritas molestas de esas que no se despegan y siempre dejan marca. No voy tan apenas a la playa en verano, sólo lo justo para recordar como es de atrayente, fuerte, y bello el mar, cuando nadie más que algún impertinente como yo le molesta en otras épocas menos calurosas. Porque al mar le adoro tanto como le temo.
Así soy yo en verano. Como solía definirme mi padre: más impertinente que un abuelo sin tabaco.

Hay mañanas que no me encuentro, miro primero debajo de la cama, que es donde siempre se esconden los monstruos de la noche, luego en la terraza, detrás de los muebles y entre esquinas con polvo de otros tiempos suelo encontrarme.
Aunque he de confesar que casi todas las veces me hallo entre tejados, donde he pasado la noche intentando descifrar que se dicen los gatos cuando creen que todos dormimos.



viernes, junio 09, 2006

El juego de los errores y actos psicomágicos varios...



Hay que mirar a la izquierda y ver que ya no da la hora. He quitado el reloj del blog. Nunca he llevado un reloj. No los soporto. Me estresan sus brazos largos y rectos moviéndose eternamente en la misma dirección y su implacable manera de continuar avanzando pese a quien pese. En realidad lo puse por ese mismo motivo, para mirarlo de vez en cuando de refilón y recordarme que tengo que ir a saludar a Garfio, o que debo salir a dar una vuelta con Alicia y su país de las Maravillas.
Un día cuando me di cuenta que lo miraba de frente y empezaba a controlar el tiempo que pasaba dentro de mi casa, le dije adiós con un pañuelo en la mano.

Siguiendo con el walking tour, añadiré para los Clousseau que por aquí se dan cita, que algo en la descripción del título del blog también ha variado. Los días pasan de manera inevitable al margen de borrar relojes o dejar de mirarlos.


Así que hoy, que es el día, que por decirlo de algún modo, se me adjudicó en suerte, he salido a la calle y he comprado esas flores que tantos viajes prometí que llevaría. Después de olerles la cara durante un rato, las he saludado como a los amigos de antaño y les he dejado bebiendo a su aire con Henry Mancini de fondo.


He tirado más de mil bolsas llenas de cajas de esas que siempre me persiguen por mis cajones, las he ido apilando una dentro de otra como si fuera una infinita muñeca rusa, como el mejor gestor de cartón reciclado de todos los mundos y junto con unos cuantos miedos, billetes de avión amarillentos y los zapatos de hierro que me hacen perder siempre el camino de baldosas doradas las he lanzado al contenedor rojo.

Luego he seleccionado entre todas la mejor, la he descorchado y he llenado la mesa de madera del salón de copas de vino, unas junto a otras y con cuidado y delicadeza como se hacen las cosas importantes, las he ido llenando con este reserva que guardamos él y yo.Y él no es un amante.
Me he sentado delante de la mesa y poco a poco han empezado a salir, al principio sólo unas cuantas, luego las suficientes lágrimas para resbalarse y caer sobre las copas, a pesar de sus intentos de alpinistas de prestigio de permanecer en mi cara. Según caían sobre el vino las he ido tirando. Mucho tiempo después y sin casi darme cuenta sólo quedaba una copa, he sonreído y ésta sí la he cogido y me la he bebido de un trago. Un beso donde quiera que estés.

Con el vino en el cuerpo es más fácil ponerme el vestido turquesa con gigantes estampados étnicos africanos de mil colores, recorrer plazas, cafeterías, bares, bancos y entrar, pasearme y sentarme en todos con mi libreta de motivos chinos en la que habré pegado: Soy escritora, ahora mismo estoy escribiendo, pero atención soy inédita y a mucha honra, no saben a cuanta...

El siguiente acto, será quizá el más arduo: pondré el sonido al móvil por un día y que cogeré el teléfono cada vez que suene. Así que sacaré el traje de niña que guardé la Noche de Reyes y esperaré expectante como antes todas las llamadas. Viviré la sorpresa de voces más que esperadas y nunca pensadas, de extraños amigos reencontrados, de enemigos sonrientes, soplaré velas, comeré chocolate y arrancaré papeles de colores con las dos manos.

Por la noche cuando sople el viento y se venga hasta mi oreja a contarme secretos de los sitios que ha recorrido, de las voces que ha escuchado, de los rincones que ha explorado por vez primera, abriremos esa segunda botella y le confesaré que el día ha estado bien, que estoy cansada, que los ojos me pesan. Me dirá que mucha historia pero a pesar de las voces surgidas entre sombras sibilinas y chinescas, qué hay de lo que él y yo sabemos.
Le contestaré que sí, que es cierto, que no se preocupe por mí, porque si me mira, verá que mis ojos enanos brillan aún más que de costumbre esta noche.

miércoles, mayo 24, 2006

Papel reciclado

* Zanahorias
* Melón
* Tomates maduros.
* Aceite oliva extra virgen y virgen normal
*Sal
*Pasta (cinco paquetes)
*Ajos
*Suavizante (oferta, el azul)
*Atún en aceite
* Jamón serrano 200g (250g si tiene buena pinta)
* Patatas freír y cocer
* Azúcar
* Jabón lavadora (oferta)

Un besito Ana


Cómo te reías de mí y de mis sueños de hombres con aspecto hercúleo que se aparecían en mitad de caminos rodeados de verde y plantas, dispuestos a amarme hasta dejarme exhausta.
No sé cuando empecé a darme cuenta de que a pesar de la simpleza de mis experiencias oníricas, prefería continuar sumergida en ellas que tener que abrir los ojos al mundo que me esperaba. Abrir los ojos y encontrarle a él a mi lado con su respiración tranquila y simple como nuestra vida.
No sé. Sólo sé que un tiempo después los caminos de mis sueños comenzaron a dividirse como los tentáculos de un pulpo gigante en mil veredas, bosques infranqueables, pasajes oscuros y senderos tenebrosos en los que me perdía sin remedio y de los cuales tú me salvabas una y otra vez, una y otra noche, para proporcionarme esa paz y ese sosiego que, sin desearlo, encuentro entre tus brazos, en el fondo de tu aliento, en algún lugar de los caminos que recorren tus ojos.
Ya no era una simple sensación de pereza por despertar, como al principio, nada más conocerte. Un tiempo después, en la cama, a su lado, sentía verdadera desesperación por tener que apartarme de tus manos, de las yemas de tus dedos, por abrir los ojos y en vez de a ti tener que verle a él, respirando con su cara de monotonía imposible de solucionar. Con su boca ávida aún de besarme, de acercar sus labios a los míos y cubrirlos de sensaciones intensas. Mientras, yo me daba la vuelta en la cama para poder dejar de oír sus sonidos, para dejar de ver su rostro, para intentar dormirme de nuevo y seguir soñando contigo. (…)


Querida Ana,
Siempre que bajo a comprar me dejo algo, bueno cuando bajo a comprar y en mi vida cotidiana me olvido de las cosas con una sorprendente facilidad. Pero siempre estabas tú, para repetírmelas con tu infinita paciencia de santa sin corona. Me lo anotabas todo en esos papeles de colores que tienes por todos lados; hojas de bloc en los que escribes tus borradores de escritos, novelas y demás apuntes sobre mundos ajenos a este. ¿Qué harías tú sin mezclar tu memoria con la mía? Me lo decías siempre entre risas.


Hoy me ha tocado un medio folio de esos que estúpidamente reciclas. Lo leí todo atentamente, tus asteriscos gigantes para separar cada producto, tus paréntesis con indicaciones varias. No creo que nadie vaya al supermercado con una lista de la compra tan genial como la mía.
Cuando ya estaba fuera resoplando por lo mucho que pesaban las bolsas, le di la vuelta al papel para ver, si para variar, me había dejado la mitad de las cosas. Muchas veces me ocurre, tú nunca te enfadabas, pero ¿sabes? Me dolía barbaridad esa especie de aire condescendiente que salía de tus ojos, como si se tratara de un niño pequeño y algo tonto que ha vuelto a hacer algo que no debe.
No, estaba vez no, esta vez compré bien, pero allí seguía tu letra, y aunque estaba del revés, le di la vuelta y te leí. Sabes lo que me gusta leerte. Las miles de horas en las que me he empapado de todas y cada una de las letras que ibas juntando, de la magia de tus palabras, de tus acentos mal puestos, de tus puntos y comas imposibles.
Esta vez se trataba de una carta a medias, carta ya empezada en tu medio folio, carta donde hablas de mí, de nosotros, de ti, de tus sueños.
Resulta que ya no me quieres, que al parecer ni tan siquiera me aguantas demasiado y soy sólo un insulso patético que ronca y te jode con resoplidos los sueños por la noche. Los sueños con otro, las ganas de dormir con alguien que no soy yo.
Resulta que me engañas, quizá, tal vez, sólo sea uno de tus escritos cargados de metáforas, pero me destrozó tanto el saber que no me amas, como el leer todas esas cosas que sé que jamás has llegado a sentir por mí ni de lejos.
Te la devuelvo aquí junto a la mía.
Puedo imaginar tu angustia y preocupación sin saber de mí desde hace días, sin localizarme, no era mi intención hacer algo así, montar toda esta película de la que quizá algún día saques un buen libro. Fue algo más simple que todo eso, no pude volver a casa, a tu lado, volver a mirarte. Como verás tu carta está arrugada, hice una bola y la tiré al suelo junto a la puta compra. Pero luego pensé que debías guardarla, tenerla junto a ti, para recordar cada día tus sueños, que no los olvides nunca, no hagas como yo que olvido constantemente las cosas.

Miguel

Accesit en el Certamen del Ayuntamiento de Almendralejo
Febrero 2006



miércoles, mayo 10, 2006

Tardes de pintura

Las mejores tardes de mi infancia eran esas en las que iba a buscar a mi madre a pintura. La Escuela de Bellas Artes estaba muy cerca del colegio. Me encantaba ir. Ya en la entrada me preparaba bien para aspirar en condiciones. Había siempre una mezcla inconfundible de pintura al óleo, acuarelas rebajadas, polvo de carboncillo y aguarrás por todo el ambiente.
Mi madre pintaba al óleo. Era la que llevaba la bata con el blanco más impoluto, pero más llena de manchas de pintura de todos, al igual que su paleta. Nunca vi una paleta de pintor con tantos tonos diferentes. A veces si la mirabas sólo un segundo, se mezclaban de tal manera unos con otros que parecía un solo color. Ella en cambio los tenía perfectamente controlados. Tenía duende.
Recuerdo esas tardes como si fueran hoy, igual que a muchos de ellos. Personajes cuando menos pintorescos, la profesora simpática y seria que pasaba por detrás y de vez en cuando agarraba un pincel y con un toque maestro cambiaba el rumbo del cuadro. A mí no me gustaba cuando hacía eso en algún cuadro de mi madre. Quizá corregía fallos, pero esa pincelada era como un extraño en una ceremonia de amigos íntimos.
Yo permanecía sentada en una silla y no hablaba cuando necesitaban silencio y escuchaba cuando reían y contaban historias. Una de esas sillas es la que ahora está a nuestra izquierda. La pintó en esa época. Sillas donde yo sin todavía comprenderlo, estaba sintiendo mis primeras dosis de melancolía.

Pintó durante muchos años, pero paulatinamente fue dejando de hacerlo y llegó un punto en el que no volvió a pintar. A pesar de nuestras súplicas de que volviera a hacerlo, de nuestra insistencia. Se olvidó de que era pintora, como el que olvida siempre las llaves al salir de casa.
Supongo que si recordara como yo recuerdo cada vez que mi padre se paraba en el salón o en el pasillo para contemplar extasiado sus cuadros, como manejaba los pinceles sobre el lienzo y finalmente los dejaba para terminar dando retoques magistrales con los dedos, con la mano si hacía falta, o como disfrutaba cada vez que colocaba sobre su caballete un lienzo en blanco lo recordaría.
He decidido ayudarla. Un día le dejaré un tubo de azul cobalto junto a la bañera llena hasta el borde de agua con sal, uno rojo bermellón al lado de los tomates. Otro día puede que le coloque un lienzo en blanco como mantel, y un carboncillo junto a la agenda del teléfono. Quizá así comience a recuperar la memoria, su verdadera memoria.

Un beso,

sábado, abril 29, 2006

Ophélie


Ophélie
I
Sur l'onde calme et noire où dorment les étoiles
La blanche Ophélia flotte comme un grand lys,
Flotte très lentement, couchée en ses longs voiles ...
- On entend dans les bois lointains des hallalis.

Voici plus de mille ans que la triste Ophélie
Passe, fantôme blanc, sur le long fleuve noir;
Voici plus de mille ans que sa douce folie
Murmure sa romance à la brise du soir.

Le vent baise ses seins et déploie en corolle
Ses grands voiles bercés mollement par les eaux;
Les saules frissonnants pleurent sur son épaule,
Sur son grand front rêveur s'inclinent les roseaux.

Les nénuphars froissés soupirent autour d'elle;
Elle éveille parfois, dans un aune qui dort,
Quelque nid, d'où s'échappe un petit frisson d'aile:
- Un chant mystérieux tombe des astres d'or.


II
O pâle Ophélia! belle comme la neige!
Oui, tu mourus, enfant, par un fleuve emporté!
- C'est que les vents tombant des grands monts de Norwège
T'avaient parlé tout bas de l'âpre liberté;

C'est qu'un souffle, tordant ta grande chevelure,
A ton esprit rêveur portait d'étranges bruits;
Que ton coeur écoutait le chant de la Nature
Dans les plaintes de l'arbre et les soupirs des nuits;

C'est que la voix des mers folles, immense râle,
Brisait ton sein d'enfant, trop humain et trop doux;
C'est qu'un matin d'avril, un beau cavalier pâle,
Un pauvre fou, s'assit muet à tes genoux!

Ciel! Amour! Liberté! Quel rêve, ô pauvre Folle!
Tu te fondais à lui comme une neige au feu:
Tes grandes visions étranglaient ta parole
- Et l'Infini terrible effara ton oeil bleu!

III
- Et le Poète dit qu'aux rayons des étoiles
Tu viens chercher, la nuit, les fleurs que tu cueillis,
Et qu'il a vu sur l'eau, couchée en ses longs voiles,
La blanche Ophélia flotter, comme un grand lys.


OFELIA
I
En las aguas profundas que acunan las estrellas,
blanca y cándida, Ofelia flota como un gran lirio,
flota tan lentamente, recostada en sus velos...
cuando tocan a muerte en el bosque lejano.

Hace ya miles de años que la pálida Ofelia
pasa, fantasma blanco por el gran río negro;
más de mil años ya que su suave locura
murmura su tonada en el aire nocturno.

El viento, cual corola, sus senos acaricia
y despliega, acunado, su velamen azul;
los sauces temblorosos lloran contra sus hombros
y por su frente en sueños, la espadaña se pliega.

Los rizados nenúfares suspiran a su lado,
mientras ella despierta, en el dormido aliso,
un nido del que surge un mínimo temblor...
y un canto, en oros, cae del cielo misterioso.

II
¡Oh tristísima Ofelia, bella como la nieve,
muerta cuando eras niña, llevada por el río!
Y es que los fríos vientos que caen de Noruega
te habían susurrado la adusta libertad.

Y es que un arcano soplo, al blandir tu melena,
en tu mente traspuesta metió voces extrañas;
y es que tu corazón escuchaba el lamento
de la Naturaleza –son de árboles y noches.

Y es que la voz del mar, como inmenso jadeo
rompió tu corazón manso y tierno de niña;
y es que un día de abril, un bello infante pálido,
un loco miserioso, a tus pies se sentó.

Cielo, Amor, Libertad: ¡qué sueño, oh pobre Loca! .
Te fundías en él como nieve en el fuego;
tus visiones, enormes, ahogaban tu palabra.
–Y el terrible Infinito espantó tu ojo azul.

III
Y el poeta nos dice que en la noche estrellada
vienes a recoger las flores que cortaste ,
y que ha visto en el agua, recostada en sus velos,
a la cándida Ofelia flotar, como un gran lis.

Arthur Rimbaud (1854 - 1891), Poésies (1895), Ophélie (1870).

martes, abril 18, 2006

Cuatro casas en tres lugares


Hace tiempo descubrí que no podía vivir en un lugar que no me gustara. No me refiero a una casa, si no a una ciudad, pueblo... Lo descubrí a través de pequeñas pistas, como que el color de mi pelo se volvía transparente, mi voz sonaba más lenta y las calles de alrededor me miraban con aire circunspecto y despectivo.
Pero era un momento en el que aunque te das cuenta de según que cosas, no puedes hacer mucho por cambiarlas. Todavía no. Seguí con la pantomima que me tocaba representar y cuando las circunstancias lo permitieron, maleta en ristre me marché de aquella ciudad.


Cinco años y cuatro casas más tarde, estoy en el punto de inicio. No sé por cuanto tiempo. No he encontrado aún mi lugar y no pienso cejar en el empeño de encontrarlo, aunque tenga que dar la vuelta al mundo o ponerlo del revés y que éste caiga a mis pies para poder quedarme allí sentada.
Pero ya tengo ‘lugares’, mis pequeños tesoros que guardo como cuando era cría mis cromos en una caja que abría y miraba de vez en cuando.


Uno es una pequeña cala que sólo los privilegiados que viven en Mallorca o la conocen a fondo saben donde se encuentra. Cuando pisé sus piedras enormes y redondeadas y me mojé, casi sin querer, los pies con el agua que llega hasta ellas en pleno febrero, supe que me iría a vivir cerca de ese lugar, sin más, sólo porque esas piedras, esa montaña y ese montón de litros de agua me obligaban a hacerlo. Y fui. Esa cala es la que me ayudó a comenzar mi verdadera vida.

Otro de mis lugares es el que he visitado estos días. Hacía siete años que no iba. Es un sitio con el que me une un fuerte vínculo y por otro lado no me vincula nada de nada. Lo más curioso es que me enredé con él de tal manera que ahora mis raíces, sin posibilidad de hacer nada, se han enganchado por entre su suelo, sus olivos y las cuatro piedras que le quedan al castillo que lo preside.
He hecho balance y es el único lugar del mundo del que sólo guardo buenos recuerdos. Nunca he llorado, no me he sentido triste. Siempre he reído, he bebido hasta perder el sentido y he caminado y hablado tanto que he perdido la noción del tiempo mil y una veces y he vuelto a recuperarla para poder sentarme en un banco verde a comer pipas y verlas pasar, o frente a un hogar y llenarme de olor a humo.
Es mi lugar de los recuerdos dulces. Sí, suena cursi. ¿Pero acaso es fácil encontrar un sitio que no se pudra con el paso de los años, con el transcurso de la vida, con la facilidad que tenemos para estropear siempre todo?

jueves, abril 06, 2006

Sueños lúcidos


Maletas, billetes de metro, algún ticket de compra con la palabra Roma impresa en negro o azul añil. Risas, sol, unas cuantas fotografías, paranoias varias inevitables e incluso diría que previsibles. Pero es curioso, lo que más he traído en este viaje han sido sueños.

Tengo los bolsillos llenos de noches de historias vividas con una intensidad tan fuerte o incluso más que lo acontecido durante el día. Sueños extraños y sobre todo como denominaría A. Jodorowsky sueños lúcidos, en los que yo era en todo momento consciente de que lo que sentía, lo que sufría, no era más que una experiencia onírica. A pesar de los olores, los lugares, las épocas remotas y lejanas a las que me transportaba, quién sabe quién o qué, a pesar de la realidad surrealista que me rodeaba, sabía que yo estaba allí, pero soñando. O no.

Durante esos sueños, me han confesado secretos inenarrables personas que hace años que no veo y en las que ni siquiera he vuelto a pensar desde entonces. He visto llorar a gente que no creí capaz de hacerlo, he reído con enemigos y he volado con antiguos amigos a lugares horribles.
Estoy de vuelta, aunque no tengo muy claro si todavía dormida.

Un beso para los despiertos, otros para los que me acompañaron estas noches, algunos de ellos caminan por aquí...

Mónica

martes, marzo 28, 2006

Vacanze Romane


Hay quien tiene un fuerte vínculo con la familia, los amigos, el fútbol; otros con el tabaco, la iglesia, con la mala leche, con las compras compulsivas o incluso con el bingo. Yo me siento vinculada con algunas de estas cosas y sólo añadiré que no juego a nada, no fumo y la iglesia y yo no solemos compartir café y pastas.

Pero también tengo un vínculo que ha decidido por su cuenta y riesgo, desde hace mucho tiempo, transformarse en cuerda -eso sí elástica para no dañarme ni un segundo- y ha dado tantas vueltas alrededor mío, que tengo nudos marineros imposibles de soltar entre ella y yo: Roma.

Mañana voy a verla unos cuantos días y hace otros tantos me preparo para ello. Pienso perderme por todas y cada de una de las calles, donde no aparezcan miles de cámaras digitales, con miles de ojos rasgados detrás. Ni cámaras colgando de cuerpos sonrosados con camisetas diez tallas más pequeñas con el dibujo del anfiteatro romano y la palabra Roma mal impresa, con grietas a punto de resquebrajarse.


Me perderé por Garbatella que como diría algún romano y como yo misma pienso: Garbatella è er mejo quartiere de Roma; para comer en la trattoria del romano más bestia de la ciudad, pero donde los sentidos se disparan y el estómago se da de sí como un balón de playa para no dejar pasar ni uno de los platos (Si alguien ha leído a Montalvano se podrá hacer una idea).

Vagaré por Rione Monti, bajo Via Cavour y me pararé a coger aire en la Scalinata di San Pietro in Vincoli.

Sé que en algún momento me perderé de todo, y me iré sola directa a la Piazza D’spagna a sentarme en las escaleras y esperar. Esperar que algún italiano se acerque a mí y poder decirle: Non capisco niente…

Y que él, o ellos -si un italiano se acerca, al momento siempre hay más- me pregunten: Sei spagnola?

Y contestaré: Sí.

Porque quiero sentirme turista, ajena, recién llegada aunque lleve tanto tiempo vinculada a ella, a Roma. Y porque así empezó todo, bueno no así, pero eso no importa.

Pero algo sí está claro, los romanos son los ligones más persistentes y más atractivos de la historia. Quizá porque viven en una ciudad eterna.

jueves, febrero 23, 2006


Fuencarral, vino, Malasaña, metro, gente, velocidad, semáforos,risas, tapas, lluvia, frío, música, ruidos, coches y más gente.

Ya estoy de vuelta después de unos días. Como siempre que viajo o hago algo diferente, el pelo vuelve a tener una largura distinta. No sé si a alguien más le pasará. Mi pelo varía de forma, color y sobre todo largura a su antojo, aunque dentro de su vida paralela y su peculiar anarquía, sigue unas pautas fijas, siempre crece, de momento no ha menguado o al menos nadie lo ha notado, ni siquiera yo misma.

Ahora situada de nuevo en punto muerto, miro en todas las direcciones y busco desesperada el olor y el color bestial del mar, del mío, del Mediterráneo, hasta aquí tampoco llega, no todavía. Pero a mí me da igual, yo inspiro fuerte y me entra una pizca de sal que me hace estornudar, señal inequívoca de que está cerca.

miércoles, enero 25, 2006

viernes, enero 20, 2006

La insoportable levedad del ser

Es la segunda vez que leo este libro, y como ya sabía lo que iba a ocurrir me preparé para ello. Me siento en la obligación de avisaros. A las pocas páginas de la novela, te comienza a embargar una dosis tan fuerte de realidad que se sube desde las plantas de los pies hasta los pelos de la cabeza, y casi sin darte cuenta, cuando más a gusto estás enfrascada en la historia, te ha cubierto por completo.
Milan Kundera mezcla filosofía, amor, desamor, historia, realidad y ficción a partes iguales, y el resultado es una historia de amor, analizada desde tantos ángulos, que sus protagonistas sacan al exterior todos los miedos, sentimientos y secretos que ni ellos mismos conocían y sensaciones que nunca pretendieron que afloraran. Los descubren ellos y también el lector. Es un libro que desde su primera página te hace reflexionar.

La novela nos narra la historia de amor de Teresa y Tomás, protagonistas principales entremezclada con la historia de Sabina y Franz. Sabina es la eterna amante de Tomás.

Tomás es un adicto a la infidelidad con una obsesión: no atar su vida a la de otra persona. Teresa convive con este carácter, y se consume cada día un poco más, por el miedo que esto le produce, la absoluta y continua sensación de inseguridad que le produce él. Tomás es su héroe, su salvador, le ama desde el primer momento que se vieron por seis absurdas casualidades que le hicieron ver en él al hombre de su vida. Forman una inevitable historia de amor apasionada y dura.
Si tenemos en cuenta que ella después de hablar solamente una hora con él, se presenta con una pesada maleta en su casa, en Praga y le entrega, con la maleta su propia existencia, nos podremos hacer una idea.
En medio de esta historia vivimos el momento histórico de la entrada en Praga de los tanques rusos en el año 1968.

Es un libro para leerlo lento, ya que hay pasajes geniales como: “Pequeño diccionario de palabras incomprendidas.” En la segunda historia del libro la de Sabina y Franz. Una manera original de explicarnos como la vida puede ser vista de muy diferente forma, desde los hechos más simples a los más importantes.
O frases geniales:"Aquel que quiere permanentemente llegar más alto, tiene que contar que algún día le invadirá el vértigo(...)
Su andar se volvió inseguro y casi todos los días se caía en algún sitio, se lastimaba con algo o, por lo menos, dejaba caer algo que tenía en la mano.Había en ella un deseo insuperable de caer. Vivía en un vértigo permanente. Aquel que se cae está diciendo: ¡Levántame! Tomás la levantaba pacientemente."

Lo recomiendo es una prosa preciosa, un estilo directo, aunque sí es cierto que es para gente que le guste leer libros sin prisa, que les hagan meditar y que disfruten de la filosofía novelada. Este libro se adaptó al cine en el año 1987 por el director Philip Kaufmann. La película...bueno eso es otra historia.
En el próximo post prometo no hablaros más de segundas lecturas, ni de libros, pero me han pillado los dos tan seguidos...

miércoles, enero 11, 2006

PETER PAN

He vuelto a leer la increíble obra de teatro de James M. Barrie, es bestial. No creo que su magia pueda dejar de sorprenderme. Entre otras cosas porque fue el primer cuento que me aprendí de memoria.

Recuerdo con claridad como recorría mi casa, con una altura aproximada de un metro, recitando y poniendo voces (siempre fui especialista en eso de jugar poniendo voces, debería haber presentado mis respetos a José Luis Moreno, ahora sería rica y famosa); y a todo el que me encontraba por el pasillo en forma de L le entregaba el libro emocionada, esperando que mostrara el mismo entusiasmo que yo y que fuera leyendo y pasando las páginas a mi lado una y otra vez. Teniendo en cuenta que mi familia no es numerosa debía ser una tarea pesada y a la vez difícil dar esquinazo a la niña que vuelve con el libro bajo el brazo y sonriente.

Fue mi primer héroe, adoraba a Peter Pan, por supuesto por aquellos años mi Peter era la archiconocida imagen que nos regaló Disney, que poco o nada tiene que ver con el auténtico. Pero yo no me fijaba mucho en eso, a mí me encantaba pensar que había alguien que había dejado de crecer, que no quería ser mayor, ni estudiar, ni trabajar y que prefería estar viviendo aventuras todo el día.

A día de hoy releyendo la obra de teatro de James M. Barrie y visto desde otros ojos, algo más grandes y con ligeras marcas por un mal gesto al reír, os diré que adoro su desfachatez, su osadía, esa impertinencia y crueldad que sólo un niño en el umbral de la pubertad y que conscientemente no quiere cruzar puede emanar. Le adoro a él y envidio a Wendy que constantemente le pregunta: ‘Qué soy para ti Peter’ a lo que él siempre contestará: ‘Mi madre’, envidio a Campanita que en el lenguaje mágico de las hadas le increpa constantemente: ‘Tonto de capirote’, a las sirenas que pretenden atraparle entre sus escamas, a Tigridia. Las envidio a todas, como si se trataran de peligrosas lobas que intentan cazar al único hombre puro que vuela de ventana en ventana, después de comprobar que la suya fue cerrada por su madre poco tiempo después, que nadie espera que vuelva. Les envidio por eso, o porque quizá yo como tantas otras almas cándidas, también le quise atrapar siempre, que dejara de ser niño por mí.

Y redordad siempre lo que nos dicen al empezar el libro: 'Eso es lo que llamamos la casa de los Darling, pero podéis ponerla donde os venga en gana y, si creéis que se trata de vuestra casa, a lo mejor hasta tenéis razón. Va errando por Londres en busca de cualquiera que la necesite, como la casita en el País de Nunca Jamás'.

Espero que os animéis a leerlo o volverlo a leer, Siruela tiene una edición de bolsillo de la obra en castellano y para disfrutar de las ilustraciones y los cuentos (no la obra de teatro) a mi gusto la edición de la Editorial Valdemar es la mejor. Con ilustraciones de: Flora White, F.D: Bedford, Arthur Rackham, Mabel Lucie Attwell.
No es una comedia, poco tiene que ver con la historia de piratas y aventuras, da mucho más de sí, ayer por la noche cuando la terminé, una vez más me sentí cargada de una extraña desazón, (no diré melancolía, aunque en el fondo lo piense, que ya se repite demasiado) y nostalgia.

Pobre papá. La plasta que le daba con Peter Pan, aunque, quizá, de todos los cuentos para él también había elegido el mejor. Reía y se compadecía del pobre Garfio y por supuesto adoraba a Peter Pan tanto o más que yo. En el fondo siempre fue como él. Supongo que era previsible que mi padre fuera mi primer y gran héroe de carne y hueso.