sábado, marzo 21, 2020

Cinema Apocalipto

Hace solo unos meses terminé mi última novela. Con el manuscrito todavía caliente entre las manos, sin la certeza de si se publicará en algún momento, me siento en la obligación de poner la sinopsis; porque si no ni yo misma me lo creería. Son días raros, tristes, de calles vacías, de perros que pasean desconcertados. Como los de novela. Los días y los perros. Eso lo hace todo todavía más raro.

Se titula: "Cinema Apocalipto". Igual ahora, más de uno ya empieza a entenderme, o al menos a hacerse una idea. 
Comienza así: 


Cinema Apocalipto
Autora: Mónica Gutiérrez Sancho
Para Jazz,
Por los bailes de claqué.
Por salvarme tantas vidas

El Cine Bahía llevaba años iluminando la calle estrecha que lo mantenía oculto de miradas que no quisieran verlo, de amores prohibidos, manos que trepan por faldas de lana y de lino, por pantalones, robos de besos sin la menor traición, amantes y amores escondidos, prohibidos, delante y detrás de la pantalla. 
No podría recordar cuántas veces había tocado Sam al piano una y otra vez: “Times Good by…”, las veces que Tara se había arruinado, secado y vuelto a cultivar. Aunque sí recordaba, como si fuera hoy, el sonido del guante de Gilda resbalando por su brazo. Las veces que el inspector Jacques Clouseau de la Sûreté se había caído por ventanas o puertas. La mirada de Igor. Todos tenemos nuestros propios momentos fetiches. También podría citar miles de películas que explican cómo y cuándo el Apocalipsis llega y arrasa un lugar. Lo mismo da que sea por culpa de habas gigantes que escupen hombres tan perfectos como insípidos, platillos volantes con forma de ensaladera, o Drácula con maquillaje. Lo que nunca imaginó es que sucedería en las calles y las gentes que tan bien conocía, que sentaban sus culos y sus almas por unas horas a oscuras en sus butacas de terciopelo granate. Que encontraría la manera de llegar hasta allí. Que tantos de ellos desaparecerían. Sin ruido. Sin saber dónde buscarlos. El peor de los guiones. Un Apocalipsis en silencio. Que encima después de irse los dejarían solos, sin nadie. A ellos, los más fieles. Nobles ayudantes de vida. Los perros del olvido. Y él quería hacer algo para impedirlo. Y no sabía qué, salvo seguir abriendo las puertas iluminando el mismo tramo de calle cada noche, como si nada hubiera pasado. 


domingo, marzo 15, 2020

"Si vuelves te contaré el secreto" Disponible en eBook


Hace años publiqué mi novela: "Si vuelves te contaré el secreto". En su día no llegó a estar en formato electrónico y me he animado a pasarla a eBook. 

Si vuelves... Ese club de música al que solo se puede entrar una noche: The Club. 

Es una obra muy especial para mí como algunos ya sabéis.  
Tiene su propia banda sonora. 



Si vuelves te contaré el secreto



Qué disfrutéis de la música y las letras. 

Cuidaos. Mucho.
 Salud. 


Mónica



domingo, junio 09, 2019

Gracias por todo Jazz


Jazz con casi 14 años, mi pequeña bola de amor, mi bailarina de claqué, mi corneta del Guateque que siempre salía de todas las batallas ha decidido que ya era hora de descansar. Duele tanto que no puedo ni sentirlo aún. Ni imaginarlo. Pero sé que para muchos mi cejas tricolor que solo nació para repartir cariño moviendo el culo hacia la izquierda y saludando a todos en los semaforos era importante y quería compartirlo. Con vosotros. Cuando me adoptó con un kilo y pico no imaginé que me salvaría tantas vidas. Tantas que me ha convertido en gato. Que no me permitiría caer. Jamás. Que apoyaría su espalda sobre la mía una y otra vez como un sujetalibros Art Déco. Que recorrería mis miedos, mis alegrías y se pasearía entre mis sombras para sacarme siempre a la luz. Cada segundo, para dejar claro: Yo siempre estoy. Siempre.
Casi catorce años siendo mirada así es un regalo que jamás podré agradecerte. Me dejas tanto amor que me llenará mil y dos vidas. Te quiero Jazz. Te adoro mi pequeño saltamontes. Gracias.


jueves, julio 19, 2018

La serena vejez de los perros




Hoy Jazz cumple 13 años. Tan bella como siempre. Plagada de felicidad y achaques. Y es una necesidad, como la suya de seguir saludando a todo el mundo por la calle, sobre todo en los semáforos, escribir este post. La vejez de los perros es algo que demasiadas veces pasamos por alto. Y sí, los perros se hacen mayores. Y luego se hacen yayos.

En mi caso, Jazz ha pasado desde los 8 años tal cúmulo de odiseas y enfermedades crónicas y varias que ha sido algo menos extraño. Aún así es una transición en la que nos necesitan más. Mucho más. Muchísimo más. Sí, ya sé que me repito. Pero es importante. La vejez en los perros es una época nueva. Como lo es cuando un cachorro llega a tu vida. Y hay que estar atentos a sus cambios. Sus posibles dolores o problemas. Sus nuevas necesidades.  Porque no se quejan constantemente como nosotros en nuestros peculiares concursos humanos de dolencias y malestares. Ellos nunca. Pero nos hablan constantemente. Con la mirada.
Jazz en los últimos tiempos ha cambiado la dieta, come 4 veces al día para digerir mejor. Y le cocino y voy loca para no saltarme horarios. Y no falta quién piensa o me dice que no puedo hipotecar tanto tiempo de mi vida por un perro. Me perdonarán pero yo siempre a esas personas las imagino dejando a sus mayores en residencias con sofás de sky con vistas a una calle triste y yendo cada vez menos a visitarles. Mientras pienso la mala suerte de no haber sido queridos por un perro.

Hace tiempo que noté que Jazz no respondía igual a cualquier estímulo. Desde hace unos meses no oye. Nada. Fue de repente. Intenté imaginarme que de un día a otro me quedaba sorda. Ella ni protestó. Asumió que me había vuelto un mimo torpe y plasta que todo se lo decía gesticulando. Y ahora, miento, al poco tiempo, nos seguíamos entendiendo como antes.
Y por supuesto yo le sigo hablando las 24 horas del día. Que estoy escribiendo un libro en el que se llama Robin, muy apocalíptico como nos gustan, y ella es la protagonista. Le hablo contándole hasta lo que yo no sé.

No gira la cabeza dejando caer su larga oreja hasta el suelo cuando le hablo. No salta cuando me levanto a por comida. No corre a saludarme cuando abro la puerta. Pero me mira. Igual. Con su mirada atenta, noble que aturde de tanta belleza y fidelidad.
Se levanta de un salto casi siempre porque vive pegada a mí. Más aún. Sí. Así siente cualquier movimiento. Y me sigue igual. Más despacio. Mucho más. Aunque sé que ella querría seguir yendo con prisas a todas partes. Pero ve poco y mal.

No viene al galope cuando meto las llaves en la cerradura, porque cada vez que me voy se queda pegada a la puerta. Tengo especial cuidado al abrirla por si está dormida. A veces antes doy un golpe en el suelo para que sienta la vibración. Y se revuelve. Y oh, sí, llega el claqué. Baila. Claqué clásico. Cada vez. Bailamos. Siempre. Como el primer día. Solo que ahora bailamos lento.


Felicidades Jazz. Tanti auguri mi dama tricolor. Lo más bonito della mia vitta!

viernes, diciembre 01, 2017

Miradas






Si las miradas hablasen las calles estarían repletas de ojos afónicos. Ojos irritados. Si las miradas matasen las calles estarían llenas de ojos con mirada de venganza vengada. Ojos avergonzados caminando entre siluetas del suelo trazadas con tiza blanca. 

domingo, agosto 27, 2017

Me quiso entre copas



Calor. El calor era tan fuerte que se había rendido ante la humedad, la falta de respiración, la angustia, el verano. Noche que huele a ventilador que mueve pasado, futuros y deja presentes desconcertados. De nada servía abrir ventanas, moverse lento, ni llenar el suelo de agua. Nada iba a conseguir aplacar esa furia condensada. Sólo se podía estar inmóvil  y no pensar. Sólo así el calor acariciaba el cuerpo y desesperado ante tal letargo pasaba de largo en busca de otra víctima.
Había rendido mis sentidos al silencio cuando pensé en él. Veinte años antes, igual que ese tango que en realidad nunca quiso volver. El calor como una visita que le gusta ser inoportuna se acomodó a mi lado. En mi cuarto. El cuarto azul. El cuarto de los sueños y como en los bellos folios de Duras y su amante de la China del Norte, él llegó.

La memoria, los recuerdos reales, los imaginados, los sueños lentos de verano, del pasado se sentaron a nuestro alrededor, dispuestos a desentrañar, tantos años después nuestra historia. La suya. La mía. Lo que hubiera de común, si existía algo en ambas. Y es cuando supe que la memoria y los recuerdos son proporcionales a los sentimientos, mucho más que lo son al paso del tiempo.

Habló rápido, algo extraño en él. Le recordaba calmado. Pero hablaba con la ansiedad de un muchacho que necesita explicarse y le falta el tiempo para hacerlo porque se escapa. Porque a fin de cuentas ha vuelto a ser ese chico, y ya no es el hombre. Porque está en una noche de agosto del pasado mirando a esa chica y no a la mujer que parpadea con los ojos sonrientes ante sus palabras atropelladas.
Y me doy cuenta. Tiene prisa. Mucha. Quiere decírmelo todo antes de volver al presente. De viajar de nuevo hasta hoy. De volver a su vida. Yo a la mía. Ser de nuevo la mujer. Ser el hombre.
Me está mirando. Como siempre me miró. Es cuando recuerdo por qué nunca pude olvidar sus miradas. Nadie lo hizo así. Ahora lo sé. Y mañana que será hoy debo recordarlo.

El calor no se queda quieto. Revolotea recordando que el viaje se termina. Que no va a durar ni siquiera toda la noche, que antes de que se marche, él también se habrá ido. Me cuenta que el peso de lo que pudo ser y no fue, que ha permanecido dando vueltas en mi cuarto azul, también lo hizo en el pasado alrededor de su cuarto blanco. Ha ido de mi cuarto a su cuarto de vez en cuando, a lo largo de una vida. De dos diferentes. Vidas que nada tenían que ver entre nosotros.
Me cuenta lo importante que fui para él. Para el chico. Se puede escuchar el sonido del bar, de las copas de fondo. Yo le cuento con la música que surge de ese bar dando vueltas y empujando el calor de la estancia, esas veces que me pregunté por qué no vino. Sonreímos. Y escuchamos el sonido del pasado que por fin deja de pesar. Me mira una vez más. Le sonrío. Él se marcha. El sonido del botellín de cerveza al apoyarlo sobre la barra. Ya sólo se escucha el sonido de los hielos redondeados derritiéndose en el fondo de los vasos. La música. Porque el chico ha venido de muy lejos esta noche de verano para decirme, entre copas, que me quería.

martes, julio 18, 2017

Musa

Rostro color cenicero. Falda larga con vuelo para darle cinco vueltas y media. Bailaba en medio de la nada, sola, entre huesos y rizos.
Las tierras áridas nos secan, me dijo. También que era una musa. Con ese brillo ridículo en los ojos que solo ellas otorgan a personajes sin pasado, menos futuro. Bailaba. Y la falda se desplegaba a la espera de que el viento la impulsara. La elevara.
Liposucción gratuita de creatividad. Imaginación. Dueña de pensamientos, deseos e ideas sin retorno. Estaba tan hermosa bailando en el páramo del olvido. Esperando que por fin el aire llegara y le dedicara una pieza.
La miré mientras me alejaba de ese lugar yermo. Ella en cambio elevó los brazos y giró. Casi pude notar la brisa.
Musas de belleza turgente que se vuelven viento. Aire. A veces circular y algo más de arena.