domingo, junio 18, 2017

Musa

Rostro color cenicero. Falda larga con vuelo para darle cinco vueltas y media. Bailaba en medio de la nada, sola, entre huesos y rizos.
Las tierras áridas nos secan, me dijo. También que era una musa. Con ese brillo ridículo en los ojos que solo ellas otorgan a personajes sin pasado, menos futuro. Bailaba. Y la falda se desplegaba a la espera de que el viento la impulsara. La elevara.
Liposucción gratuita de creatividad. Imaginación. Dueña de pensamientos, deseos e ideas sin retorno. Estaba tan hermosa bailando en el páramo del olvido. Esperando que por fin el aire llegara y le dedicara una pieza.
La miré mientras me alejaba de ese lugar yermo. Ella en cambio elevó los brazos y giró. Casi pude notar la brisa.
Musas de belleza turgente que se vuelven viento. Aire. A veces circular y algo más de arena.


lunes, marzo 27, 2017

Mullholland Drive




Madrugada del sábado y por casualidad, ahora ya sé que no fue tal, me encuentro con Betty y esa repelente ingenuidad de actriz novata. Hacía años que no veía la película y pronto sentí la llegada del terror al pensar en los Elderly. Ay, sus sonrisas congeladas, esas palmaditas... Ella en una sola escena consiguió apartar de mi subconsciente a ese Jack el Destripador de "Los crímenes del museo de cera" que perturbó los sueños de mi infancia. Porque si de algo entiende Mullholand Drive, hasta para los que afirman no entender nada, es de soñar. 



Lo curioso es que en cada visionado veo detalles nuevos, claves, secretos, sueños dentro de más sueños lúcidos, de otros sueños ajenos y propios.También llego a diferentes conclusiones, que nada o poco tienen que ver con las anteriores. La primera vez me quedé con la teoría number one de que todo era un sueño de Diane y solo los veintitrés minutos finales la realidad. Pero en otra ocasión me dio por pensar que quizá era un tránsito entre la vida y la muerte de Betty-Diane al suicidarse. Que la bella y voluptuosa Camila ni siquiera estaría muerta, abriría los labios en forma de o al enterarse, y seguiría con su vida de glamour en el reino del cine. Paranoias. Las justas y las que sobran. Y unas cuantas más. Al fin y al cabo de eso se trata. Eso buscaba el señor director, mientras se reía sentado en el centro de un escenario con la cortina de terciopelo azul a su espalda. 
La música otro personaje clave. Cómo olvidarla. Es parte fundamental para transportarnos por un mundo onírico y real que pierde el límite desde los créditos. Lynch cuenta con el músico y compositor: Angelo Badalamenti inseparable en la filmografía del director, para crear un mundo paralelo que nos atrapa entre composiciones instrumentales y canciones que marcan algunos de los momentos más impactantes de la película. Salvaje Rebekah del Rio y su Llorando. En Silencio. Silencio. Sólo él es capaz de crear un lugar, un momento y un escalofrío así. Sentar a Laura Palmer entre el público y hacernos disfrutar del espectáculo. 
Surrealismo en estado puro. Yo es que adoro a Lynch. Veo una cortina y ya me pongo nerviosa, abro mucho los ojos y paso miedo. Y desasosiego. Es pasarlo mejor que dormido. Y eso no lo consigue más que uno mismo y él.
Una joya de otros mundos. No me atrevo a quitarme el sombrero por si salen los Elderly chiquititos gritando y moviendo los brazos enloquecidos. 



sábado, marzo 18, 2017

Mudanza


Mudanza time. No sé cuántas llevo. Sólo que ya no puedo contarlas con las manos como se cuenta casi todo lo importante. Primeros momentos en mi nueva casa donde la luz la ilumina como un cuento. Y no puedes defraudarla y buscas libreta, papel lo qué sea para escribir otro nuevo para ella. 

Después de tantas voy aprendiendo a soltar cosas. Cosas ese término que aborrezco y encierra lo que no tiene sinónimo. Si con todos los que existen no lo encuentro, tampoco quiero llevarlo a mi nuevo lugar. 
Cada vez que preparo una mudanza a mi alrededor la gente se asusta, despereza y asombra. Y lo entiendo. Es mover hasta los cimientos de tus momentos. Los más íntimos, más insípidos, importantes. Los peores. Meterlos en cajas y numerarlos. Como si los recuerdos pudieran contar igual que el cajón de los calcetines. No siempre es fácil.

Adoro lo que pierdo en cada una de ellas y lo que encuentro que ya daba por perdido. Adoro esta nueva casa y su luz de cuento oriental.  Jazz se asoma en la terraza. Se sienta y el sol le ilumina sus cuatro colores. Blanco, canela, negro y el plata brillante de sus canas. Y mira. Y sonríe.



domingo, febrero 19, 2017

Fragmentos de estaciones

Al principio no sabía con qué excusa pasar el mayor tiempo posible a su lado. Más tarde no sabía cuál era la mejor manera de quedarme a pesar de haber salido por la puerta. Por más prácticas que hice no conseguí el don de la ubicuidad. Así que un día decidí comenzar la ardua tarea de dejarme olvidada en imperceptibles fragmentos en los pocos metros que tiene su casa.
Como un repelente scout con corbatilla bicolor, la primera vez dejé una señal para no perder el rumbo en el mapa de navegación de vuelta. Un papel con unos dibujos mal trazados de esos que siempre hago. Hacía calor. Abrió la ventana. El papel voló. Volé yo.

Un día de otoñó al irme dejé caer un pañuelo que llevaba alrededor del cuello. Como si hubiéramos retrocedido en el tiempo hasta esos siglos donde era un signo inefable de que algo quedaba por decir entre una mujer y un hombre. Un signo descarado e imperdonable. Una vez que lo vi ahí desparramado sobre el suelo de madera calentito, por esa exagerada calefacción central, se me antojó ridículo. 
– Se te ha caído – me lo dio y cerró la puerta sonriendo.
Bajé las escaleras apretándolo al cuello, para que no dejara que la garganta tragara como traga cuando quiere hacer pucheros.

Otra tarde me marché como tantas otras sin decir nada. Trabajaba en su estudio, y era un pacto entre caballeros no molestar ni para el hola, ni para el adiós. Me aseguré de quedarme mejor escondida. Entre los cojines del sofá dejé un pendiente. Sabía que nunca lo encontraría. Que no limpiaría tan a conciencia para encontrarme ahí, entre las entrañas de ese sofá de espuma recogido en el rastro un domingo por la mañana.
A los días me llamó para decirme que una amiga lo había encontrado.

En verano el frigorífico se llenó de cerveza y aire. Ahí me metí yo. No sé cómo, pero al fondo me quedé en forma de hielo en la cubitera de plástico quebrada por una esquina. Pero el verano pasa, como pasan las horas y como se derriten los hielos entre las bocas cansadas.
Dejé monedas, horquillas, miles de elementos diminutos que formaban mi amor, mi esencia y que de una manera u otra desaparecían, como desaparecían las fuerzas para seguir soportando fragmentarme de esa forma constante, hiriente y desoladora, por lo cruenta de la misma.

En invierno fue uno de mis sombreros, que ahora descansa inerte sobre el perchero de la entrada. Siempre le sentó mejor que a mi cabeza.

Me voy de viaje les dije a todos. Sin mayores explicaciones, sin demasiadas penas y ninguna gloria. Mal vendí muebles, enseres y dejé mi piso de alquiler. Cogí toda la ropa, la metí en las maletas y la facturé con rumbo a ninguna parte. Llamé a su puerta.
Esta vez no podría olvidar nada, ni un jersey, ni un pendiente, ni una risa, ni un maldito papel. Ya no tenía nada. Tampoco podría esconderlo, esconderme. Desnuda ante la puerta, sin tan siquiera una triste maleta como Teresa ante Tomás y su insoportable levedad del ser, permanecí inmóvil. Él cogió el sombrero del perchero y me lo puso sobre el pelo empapado de agua, calor y frío.

− No sé por qué no te quedaste escondida, olvidada en mi casa mucho antes.



viernes, noviembre 25, 2016

Pasos en círculo #HistoriasdeSuperación Zenda Libros

¿Cuántos?

Miro al suelo, a mi espalda. El desasosiego me sabe a sopa de letras. Esas que tú me preparabas entre sombras chinescas. Los demás veían el abecedario completo, pero yo solo y siempre 4 letras: l, o, c, a.
Recuerdo el opio insensato del principio, cuando afirmábamos riendo que éramos especiales, que nunca seríamos igual que los demás. Había tantos espejos, ventanas, que ni nos percatamos que eran un vulgar reflejo de nosotros mismos.
Llegaron las miradas que matan, pero no de amor ni amando. Miradas de desprecio. Luego los gritos. Inútil. Mujer que no vale para nada. Más odio. Porque si la línea entre el amor y el odio es fina, tú fuiste el que la robó para siempre. Más gritos. Por si tus ojos no dejaran claro el asco que te daban mis pasos por el pasillo de casa. Pasos lentos, atemorizados camino de ningún sitio.

Llegó el temor al sonido de las llaves. A marcharme. A quedarme.

Cuando me entraba el vértigo me subía al armario. El pánico pasaba dentro del balón de Nivea que cayó del avión un verano. Verano en el que mi cuerpo en bañador era como el de un dálmata. Blanco y morado. La ansiedad pasaba encerrada en una sábana. El dolor de los golpes desaparecía escondida dentro de una cápsula de Valium. Transitaba del armario, a la cápsula, al balón, a la sábana, a la cápsula. Loca. Eso es lo que hacen las locas. Y yo lo estaba. Eso repetías. Solo podía hacer cosas de locas. Un círculo de terror, aturdimiento, nulidad. Miedo. Y yo solo quería irme. Pero no podía.
Me volví invisible. Nadie podía verme. Ni mi familia. Ni mis amigos. Ni aquellos que más rozaban mi vida. Mis vecinos. No logré encontrar sus ojos. A veces inventé excusas, pedir un maldito puñado de azúcar para comprobar que no me había extinguido por completo. Que seguía ahí delante de ellos. Iba de frente, para no perderme de perfil entre las sombras de las paredes, con esos vaqueros ya diez tallas de más. Miraban al suelo. Al infinito, a cualquier punto menos el desesperado centro de mis ojos, los únicos que aún gritaban auxilio.

Hoy ya no te tengo miedo. Claro que sé que sigue ahí dentro, tú te has encargado de esculpirlo a fuego como una obra de arte hecha a mi medida. Pero se irá. Como yo. He cerrado la puerta. Sin esas llaves que abren abismos que dan a ningún lugar.

¿Cuántos quiere?
Un billete, solo de ida.

Relato #HistoriasdeSuperación para Zenda libros www.zendalibros.com
 Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer

jueves, mayo 26, 2016

Siete horas


Medianoche
Ella se dirige a su habitación. La habitación verde. Está vacía. Como las calles, las horas que millones de relojes marcan durante el resto del día por la ciudad. Pasos lentos como el sonido que marcan esas agujas que giran al revés, cucos que salen sin entusiasmo a avisar de más horas. Horas marcadas por tráfico que transita entre sábanas y calzadas. Entre sueños y noches rotas. Entre noches de pasión y noches anodinas. Un cóctel explosivo de sentidos.
Lleva una copa de agua que apoya en la mesilla. Antes bebe un largo sorbo, paladeándolo como si fuera una copa de exquisito vino para compartir en el lecho con un amante. No uno más. No cualquiera. Él.
Se estremece de repente mezcla de frío y terror. Como si el monstruo que se esconde debajo de cada cama fuera a salir en cualquier momento y atraparle las piernas con sus garras. Mira el reloj y se ríe de sus propios fantasmas. De ese miedo a la soledad, que ella misma desea. Soledad buscada y hallada. Lo que deseamos nos asusta. Como nos asusta lo que no queremos.

2.00 a.m.
No puede dormir. Da vueltas. Gira y vuelve a girar. Como el cuarto verde. Verde esperanza cantan poetas, verde relajante dicen, verde para los niños, para los enfermos, para la gente triste… Para ella solo un color más. Solo desearía gritar en ese instante a todos esos que inventaron hermosas historias sobre el verde, y traer secuestrada a la Esperanza a esa maldita habitación, tumbarla y atarla en esa cama noche tras noche y preguntarle después de un tiempo si no es capaz de extinguirse, de morirse ella misma en su propio desaliento.
Se ha perdido. A veces le ocurre cuando hunde la nariz en la almohada y encuentra otros olores. Le recuerda los cuerpos que desfilaron por ese cuarto, que desfilan como muñecos de metal recién pintados. Cuerpos que le sobran, que a veces trajo pensando que en ellos encontraría el de su amante. Se tumba atrapada en esas sábanas que están en perfecta alineación con sus caderas, sus piernas. Cuerpo trazado con prisa por un dibujante inexperto.

4.00 a.m.
Recuerda. El ruido de los aviones de fondo. Y al final de la calle un tugurio. El bar escondido. Lugar clandestino como ella. Solo varias personas tiradas sobre la barra. Hambrientos de todo.
Sentada en la banqueta puede oír el ruido del avión todavía planeando sobre su mente, y esas palabras que le gritan que le han abandonado en un aeropuerto, como se deja el equipaje que sobra.
El hombre entra. Lleva una maleta negra, como el rímel que le surca los ojos. La mira y se sienta a su lado. Ella bebe un trago largo y rápido. Él le pasa los dedos por los ojos y le quita todo rastro de oscuridad. De tristeza reciente. Y le habla del retraso en su vuelo. Que es de otro país. Ella no escucha el nombre del lugar, pero deja que la mire y la desnude con los ojos. Siete horas les separan cada día, dice él sonriente sin dejar de mirarla. Ella piensa que debe ser de muy lejos. Siete horas hasta que salga su avión.

El hostal está tan perdido como el bar. Es sucio. Pero huele a limpio. Él la mira. «Mujer abandonada como una maleta». Dice ella riendo. Él pone su dedo sobre los labios de ella y le dice no con la cabeza. Ella ya no ríe y le mira. Siete horas más tarde en la calle se rompen en caricias rápidas y besos como mordiscos de pasión adolescente. De portal en portal, de esquina en esquina. Los aviones les miran de fondo.
Ella se aleja colocándose el vestido, con el pelo revuelto, escuchando el ruido de sus tacones y de fondo los primeros bostezos, los primeros despertares. El amanecer. 

Ya no está encogida como un bebé en la cama. Se gira, se mueve. Sueña. 

7.00 a.m.
Despierta. Está despierta. Siempre a la misma hora. Siempre en el mismo instante. De golpe. En el amanecer del cuarto verde.
Se levanta. Y comienza a oír el ruido de la calle. Los coches. Los relojes.
Jaula de tela que encierra anhelos. La tortura de las noches y los días sin sentido. La luz entra ya con fuerza por la ventana. La abre de par en par. Se gira y mira su cama, pero no es su cama. Ni siquiera las paredes son verdes. El suelo tampoco es de madera, es de cerámica, y a cada paso la cerámica va dibujando entre sus pies formas geométricas en azul cobalto. La luz se diluye como si buscara de nuevo la oscuridad. Aspira y puede sentirlo. Él la ha llamado ese amanecer. Esa noche. Y ha dejado de ser el triste y solitario cuarto verde, verde esperanza que le cantan. Siete horas después, o siete antes, siete horas más o menos, qué importa dónde… 

jueves, abril 14, 2016

'La habitación de Jacob', de Virginia Woolf


La Editorial Piel de Zapa recuperó en el 2012 en una cuidada edición “La habitación de Jacob” de Virginia Woolf, un regalo para lectores y amantes de esta obra de Miss Woolf que era imposible encontrar en librerías.

La novela se aleja de sus dos obras anteriores para mostrarnos un relato modernista que gira en torno a la figura de Jacob. Un joven tan apuesto como torpe, tímido como distante. Algo engreído. Adicto a la lectura, menos a Shakespeare, ya que no es capaz de terminar ninguna de sus obras. Amigo de sus amigos. Un retrato de Jacob que nos irán desgranando de manera imprecisa las diferentes miradas que durante su juventud se van posando en él.

El joven tenía los labios apretados. La mirada baja, puesto que estaba leyendo. Todo en él era firme, pero joven, indiferente, inconsciente…

Durante toda la lectura uno tiene la sensación de ver a Jacob a través de una ventana. A veces de manera más nítida, otras una simple figura que se asoma por ella un momento.
Y serán las miradas de diferentes mujeres, las que nos muestren sus percepciones sobre él. Estas miradas vienen intercaladas por unos magistrales y detallados cuadros de los diferentes escenarios por los que vive o circula Jacob. Narrados con una sensibilidad y sensación de vacío insondable que solo Virginia Woolf es capaz de plasmar.

Las farolas de Londres sostienen la oscuridad como puntas de bayonetas al rojo vivo. El toldo amarillo se hunde y se hincha en los cuatro postes. Los pasajeros del coche de correos que entraban a toda velocidad en el Londres del siglo dieciocho miraban a través de las ramas sin hojas y veían cómo llameaba tras ellas.




Solo hacia el final de la obra, Jacob, parece querer tomar parte en su propio retrato, relato y abre esa ventana. Pero incluso entonces lo hace de manera somera. Será durante su viaje a Italia y Grecia.


Hay un personaje latente y principal durante toda la obra: la ausencia. Una ausencia tan despiadada como la que deja una habitación vacía para siempre. Y más cuando se trata de una persona demasiado joven como fue el hermano de Virginia, como es Jacob. Habitación con ese doloroso desorden de alguien que piensa volver en cualquier momento.