domingo, abril 23, 2017

Peter Pan


Vivo en una casa dentro de un árbol. Puede sonar extraño, pero si ese árbol y esa casa los situamos en Nunca Jamás ya tiene sentido. Aquí todo tiene sentido. Por muy loco que parezca. En esos casos todavía más. Vivo en una casa en el interior de un árbol, entre el poblado de los indios y el árbol del ahorcado donde viven Peter Pan y los Niños Perdidos. Llegué una noche después de luchar con las sombras, en especial con la mía. Cuando creí que las había esquivado, pude verlas sentadas y riéndose. De mí. De mis terrores. Fue cuando me rendí al monstruo y dejé caer las manos a ambos lados de la cama para que me engullera bajo el somier, pero Peter fue más rápido que las sombras, los miedos y me trajo volando hasta aquí.

Adoro a Peter Pan. Todos adoramos a Peter. Adoro su desfachatez, su osadía, esa impertinencia y crueldad que sólo un niño en el umbral de la pubertad que no quiere cruzar puede emanar. Durante mucho tiempo le amé, como lo hicieron Wendy, Campanita, Tigridia y las sirenas. También le quise atrapar para siempre, que dejara de ser niño por mí. Ya no. Tremendo desastre.

Es curioso que él buscara con desesperación una madre en Wendy, cuando Campanita, en su diminuta escala, era la madre adoptiva más grande que podría tener. Campanita. Es complicado tratar con ella. Con las hadas en general, tienen su amor enfocado en un solo punto y lo demás les sobra. Yo les sobro. Intento que me espolvoreen como a un bollo de vez en cuando para poder volar y el resto del tiempo les dejo tranquilas. Lo mismo me pasa con las sirenas. Nunca he sido buena en el agua. Y ellas lo huelen. Son a las que más temía cuando llegué. Temía que pudieran atrapar a Peter entre sus colas y senos resbaladizos y llevárselo para siempre. Ahora sé que tampoco quieren que suceda.

Wendy tomó una decisión y siguió adelante con su vida. Pasos hacia atrás según los Niños Perdidos. Aunque en su última visita trajo a Nana. Ya estaba mayor y no había niños que cuidar. Ahora vive aquí, en mi casa del árbol. Ayer uno de los Niños Perdidos mientras jugaba con ella le levantó las orejas gritando. Las canas. No estaban. Ella le respondió con un ladrido y salto de cachorro. Y es que son cosas que pasan aquí y son normales.

Si algo hace enfadar a los indios es que me pasee por el buque Jolly Roger. No puedo evitarlo. Cada vez es más difícil mezclarse entre piratas. Y más fácil acercarse a Garfio. Pobre pirata que ha perdido su naturaleza. Adoro a Garfio. No como a Peter Pan, está claro, pero es imposible no apiadarse de ese porte cansado y su eterno estado de alerta. Esas ojeras por un claro insomnio de no atrapar al enemigo y no dejar de escuchar el tic tac imparable del tiempo. Adoro su extravagante elegancia. Así que, cuando puedo, me cuelo a bordo. Todo con tal de tocar una pluma de Garfio. Rozar su cabello o por qué no, un día tocar el frío y brillante garfio. Llegué a entrar en su camerino repleto de relojes rotos. Pero el jefe indio se enfadó tanto que me lo ha prohibido. Dice que un día no estará Peter Pan para vigilar mis andanzas y acabaré provocando la extinción y guerra de la que sólo ellos lograron escapar.

Cuando Wendy decidió no volver, los Niños Perdidos  empezaron a traer libros para seguir leyendo. Libros olvidados. Libros que la gente tiraba. Abandonaba. Esos que no querían. Olvidados en el olvido como ellos, donde nadie los iba a encontrar jamás. Los fueron salvando y ahora tenemos una maravillosa librería de libros encontrados. Coloridos y bellos. Algún libro llegó tan olvidado que no había nada entre las hojas. Sólo hizo falta una siesta de las hadas sobre sus tapas para devolverles la memoria. La vida. Ahora nadie tiene que leer a los Niños Perdidos. Ellos eligen el libro que les gusta y desde mi casa del árbol, en silencio para no interrumpir sus aventuras dentro de su aventura, con Nana a mis pies, les miro. En Nunca Jamás soy feliz. Pero recordad:

'Eso es lo que llamamos la casa de los Darling, pero podéis ponerla donde os venga en gana y, si creéis que se trata de vuestra casa, a lo mejor hasta tenéis razón. Va errando por Londres en busca de cualquiera que la necesite, como la casita en el País de Nunca Jamás'. 





Para mi padre que me presentó a Peter Pan cuando tenía seis años. Yo le perseguía por el pasillo para leerlo juntos poniendo voces. Hasta que me lo aprendí de memoria. Seguro que es feliz en Nunca Jamás con Peter y su adorado Garfio. 

lunes, marzo 27, 2017

Mullholland Drive




Madrugada del sábado y por casualidad, ahora ya sé que no fue tal, me encuentro con Betty y esa repelente ingenuidad de actriz novata. Hacía años que no veía la película y pronto sentí la llegada del terror al pensar en los Elderly. Ay, sus sonrisas congeladas, esas palmaditas... Ella en una sola escena consiguió apartar de mi subconsciente a ese Jack el Destripador de "Los crímenes del museo de cera" que perturbó los sueños de mi infancia. Porque si de algo entiende Mullholand Drive, hasta para los que afirman no entender nada, es de soñar. 



Lo curioso es que en cada visionado veo detalles nuevos, claves, secretos, sueños dentro de más sueños lúcidos, de otros sueños ajenos y propios.También llego a diferentes conclusiones, que nada o poco tienen que ver con las anteriores. La primera vez me quedé con la teoría number one de que todo era un sueño de Diane y solo los veintitrés minutos finales la realidad. Pero en otra ocasión me dio por pensar que quizá era un tránsito entre la vida y la muerte de Betty-Diane al suicidarse. Que la bella y voluptuosa Camila ni siquiera estaría muerta, abriría los labios en forma de o al enterarse, y seguiría con su vida de glamour en el reino del cine. Paranoias. Las justas y las que sobran. Y unas cuantas más. Al fin y al cabo de eso se trata. Eso buscaba el señor director, mientras se reía sentado en el centro de un escenario con la cortina de terciopelo azul a su espalda. 
La música otro personaje clave. Cómo olvidarla. Es parte fundamental para transportarnos por un mundo onírico y real que pierde el límite desde los créditos. Lynch cuenta con el músico y compositor: Angelo Badalamenti inseparable en la filmografía del director, para crear un mundo paralelo que nos atrapa entre composiciones instrumentales y canciones que marcan algunos de los momentos más impactantes de la película. Salvaje Rebekah del Rio y su Llorando. En Silencio. Silencio. Sólo él es capaz de crear un lugar, un momento y un escalofrío así. Sentar a Laura Palmer entre el público y hacernos disfrutar del espectáculo. 
Surrealismo en estado puro. Yo es que adoro a Lynch. Veo una cortina y ya me pongo nerviosa, abro mucho los ojos y paso miedo. Y desasosiego. Es pasarlo mejor que dormido. Y eso no lo consigue más que uno mismo y él.
Una joya de otros mundos. No me atrevo a quitarme el sombrero por si salen los Elderly chiquititos gritando y moviendo los brazos enloquecidos. 



sábado, marzo 18, 2017

Mundanza


Mudanza time. No sé cuántas llevo. Sólo que ya no puedo contarlas con las manos como se cuenta casi todo lo importante. Primeros momentos en mi nueva casa donde la luz la ilumina como un cuento. Y no puedes defraudarla y buscas libreta, papel lo qué sea para escribir otro nuevo para ella. 

Después de tantas voy aprendiendo a soltar cosas. Cosas ese término que aborrezco y encierra lo que no tiene sinónimo. Si con todos los que existen no lo encuentro, tampoco quiero llevarlo a mi nuevo lugar. 
Cada vez que preparo una mudanza a mi alrededor la gente se asusta, despereza y asombra. Y lo entiendo. Es mover hasta los cimientos de tus momentos. Los más íntimos, más insípidos, importantes. Los peores. Meterlos en cajas y numerarlos. Como si los recuerdos pudieran contar igual que el cajón de los calcetines. No siempre es fácil.

Adoro lo que pierdo en cada una de ellas y lo que encuentro que ya daba por perdido. Adoro esta nueva casa y su luz de cuento oriental.  Jazz se asoma en la terraza. Se sienta y el sol le ilumina sus cuatro colores. Blanco, canela, negro y el plata brillante de sus canas. Y mira. Y sonríe.


miércoles, enero 04, 2017

La dama prohibida

                                                                    
Sábado 21.40 
Ella se levanta de la silla. Lleva sentada mucho tiempo. Demasiado. El vestido está escondido entre los demás, en el fondo del armario, como se esconden los pecados. Es suave, brillante, barato. Se desnuda. Se mira en el espejo y se viste con él. Siente frío. El frío del tejido brillante y basto. En el cajón, al fondo junto a la madera, está el pintalabios rojo, también brillante. Se lo pasa por los labios. Cierra el armario.

Sábado 23.00 
Espera sentada en un taburete del bar. La copa también espera sobre la barra. Cruza las piernas y mira la puerta. El hombre llega. Se acerca y comienzan a hablar. Ella sabía que iría, por eso está allí. Por eso lleva ese vestido escondido y el pintalabios prohibido. El hombre no sabe nada de eso.
Ella pide otra copa y lo mismo para él. Lo ha visto en muchas películas y siempre ha querido hacerlo. El hombre ríe, ella le mira, pero ni siquiera sonríe. 

Domingo 1.30  
 Sabe por qué está allí y se da cuenta de que él no entiende nada. Quizá es mejor así, que simplemente esté allí con ella. Beben.
Hablan. Ella habla de un sueño que tuvo anoche. Él le dice que los peores pecados se cometen en sueños. Y sonríe. Ella sólo le mira. Él lleva mirándola toda la noche, desde que abrió la puerta del bar. Su vestido, su rostro, su belleza. La ha visto otras veces, tan apenas la conoce, pero nunca como esa noche. No puede dejar de mirarla, pero ella no se da cuenta.

Domingo 3.05 
 Se retoca el pintalabios rojo en el baño. Está borracha, el hombre también.
Cuando sale él la está mirando. Es entonces cuando ella sonríe. Ha vencido. Por fin siente que la miran. 


Domingo 6.20 
 Lleva sentada en la cama demasiado tiempo, casi tanto como esa tarde en la silla. Observa al hombre dormir. Y piensa en su frase de antes y que no es cierta. Los peores pecados no se cometen en sueños. No quiere ver cómo duerme, ni escuchar su respiración calmada. No es su cama. Ni su casa. No quiere estar en esa cama con él. Ya no recuerda los gritos.
Se viste y se pasa el pintalabios rojo por los labios. Ahora está más tranquila.
Cierra la puerta sin cuidado al salir.

*************

Sábado 20.00 
Discusión. Gritos. Incompatibilidad. Eso le dice él. Monotonía piensa ella, pero grita insultos. La Navidad tiene la culpa. La dama consentida. La dueña de tantas ausencias y problemas. Ha vuelto. Pero no le dice lo que piensa. Él tampoco. Amenaza con irse, ella no le retiene. Él se marcha. Ella sabe que siempre vuelve, si no, vuelve ella. Pero esa tarde son muy fuertes los gritos. Le molestan en su cabeza. Sale del cuarto para no oírlos más y se sienta en una silla. Sabe que han gritado demasiado. Y sabe que es peligroso, porque siente que tiene licencia para hacerlo...

viernes, noviembre 25, 2016

Pasos en círculo #HistoriasdeSuperación Zenda Libros

¿Cuántos?

Miro al suelo, a mi espalda. El desasosiego me sabe a sopa de letras. Esas que tú me preparabas entre sombras chinescas. Los demás veían el abecedario completo, pero yo solo y siempre 4 letras: l, o, c, a.
Recuerdo el opio insensato del principio, cuando afirmábamos riendo que éramos especiales, que nunca seríamos igual que los demás. Había tantos espejos, ventanas, que ni nos percatamos que eran un vulgar reflejo de nosotros mismos.
Llegaron las miradas que matan, pero no de amor ni amando. Miradas de desprecio. Luego los gritos. Inútil. Mujer que no vale para nada. Más odio. Porque si la línea entre el amor y el odio es fina, tú fuiste el que la robó para siempre. Más gritos. Por si tus ojos no dejaran claro el asco que te daban mis pasos por el pasillo de casa. Pasos lentos, atemorizados camino de ningún sitio.

Llegó el temor al sonido de las llaves. A marcharme. A quedarme.

Cuando me entraba el vértigo me subía al armario. El pánico pasaba dentro del balón de Nivea que cayó del avión un verano. Verano en el que mi cuerpo en bañador era como el de un dálmata. Blanco y morado. La ansiedad pasaba encerrada en una sábana. El dolor de los golpes desaparecía escondida dentro de una cápsula de Valium. Transitaba del armario, a la cápsula, al balón, a la sábana, a la cápsula. Loca. Eso es lo que hacen las locas. Y yo lo estaba. Eso repetías. Solo podía hacer cosas de locas. Un círculo de terror, aturdimiento, nulidad. Miedo. Y yo solo quería irme. Pero no podía.
Me volví invisible. Nadie podía verme. Ni mi familia. Ni mis amigos. Ni aquellos que más rozaban mi vida. Mis vecinos. No logré encontrar sus ojos. A veces inventé excusas, pedir un maldito puñado de azúcar para comprobar que no me había extinguido por completo. Que seguía ahí delante de ellos. Iba de frente, para no perderme de perfil entre las sombras de las paredes, con esos vaqueros ya diez tallas de más. Miraban al suelo. Al infinito, a cualquier punto menos el desesperado centro de mis ojos, los únicos que aún gritaban auxilio.

Hoy ya no te tengo miedo. Claro que sé que sigue ahí dentro, tú te has encargado de esculpirlo a fuego como una obra de arte hecha a mi medida. Pero se irá. Como yo. He cerrado la puerta. Sin esas llaves que abren abismos que dan a ningún lugar.

¿Cuántos quiere?
Un billete, solo de ida.

Relato #HistoriasdeSuperación para Zenda libros www.zendalibros.com
 Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer

martes, noviembre 01, 2016

Entre el techo y el suelo


4 de julio 
Al llegar a casa he sentido que había alguien. He subido a su estudio y he visto que no era así. Solo está él sentado en el suelo. Seguramente trabajando en alguna idea de un proyecto y no he querido molestarle. He bajado las escaleras de madera sin tan apenas hacer ruido. Para qué mentir. No tengo ganas de hablar con él. Ni de que él tenga que hacerlo conmigo. Ya no me escucha y yo tampoco. Antes se lo decía de broma, cuando se levantaba de la mesa de trabajo con el pelo alborotado. Ahora ya no hay ni siquiera ironía en nuestra vida, mucho menos en nuestras conversaciones.

Al levantarme me he dado cuenta que no estaba en la cama. Ni siquiera ha venido a dormir. Su lado está intacto. Ni una sola arruga. Lo que me ha hecho recordar lo poco que me muevo mientras duermo. Sigue en su estudio. Subo antes de irme a trabajar. Está todo patas arriba. Ha arrancado el papel de una de las paredes y apoya la cara contra ella. Parece dormido. Le grito que qué demonios ha hecho. Se despierta sobresaltado y veo que lleva sobre la cara las marcas del horrible estucado que inicialmente cubría esa pared.
Masculla algo, que es para el trabajo o algo así, y me da la espalda. Apoya la otra mejilla en la pared quedándose en una especie de letargo desesperante.

Ha pasado una semana. Ya ni siquiera me contesta. Ni siquiera sé si come lo que le subo. Cuando vuelvo por la noche todo es un caos. Nuevo, diferente del anterior. Va arrancando las capas de esa maldita pared como el que pela una cebolla. Ya ha quitado el estucado, luego dos capas más. Hay restos de diversas vidas y épocas sobre el suelo. Por la noche, de madrugada, no sé en qué momento, lo recoge y al día siguiente vuelta a empezar.

– Acabaras sin pared maldito loco.
Le grité un día. Y no sé por qué eso pareció calmarle. No volvió a arrancar nada más. Le dejó tranquilas las pocas entrañas que le quedaban. 

No responde a mi cariño, ni a mis gritos de madre en apuros, ni a mis suplicas de esposa desconsolada. He probado con todas las clases de plañideras de pago y auténticas que existen y no hay nada que hacer. Y esa horrible sensación de que alguien me observa.  Cada paso. Cada gesto. Que sonríe. Algunas veces incluso  creo escuchar sus carcajadas mientras observa cómo nos alejamos tanto que ya ni siquiera podemos escucharnos. Y ese olor a humedad que circula a su antojo por nuestras vidas.


29 de julio

– Ya no sé qué puedo hacer. Antes aún me contestaba aunque fuera un monosílabo. Ahora ni eso. Pasa las horas y los días en el suelo apoyado sobre esa pared.

– ¿Qué situación laboral tiene?
– Es arquitecto y estaba estudiando un posible proyecto. 
– Ya, y no lo ha conseguido.
– Pues es que no lo sé. Yo suponía que sí, que por eso estaba todo el día encerrado en el estudio. Pero ahora me hace usted dudar.  ¿Pero lo ha visto? No se levanta del suelo con las narices pegadas a la pared. 
– Podría tratarse de un caso de depresión. Puede arrastrar este problema desde hace tiempo y es ahora cuando ha explotado. 
– No me cuadra. Él no es así. Demasiado orgulloso para deprimirse.
– Esa actitud no es la correcta si pretende ayudarle.
– Lo siento, pero verlo ahí como un...
– Sí, está claro que necesita ayuda. 
– Sí, está claro. Y que yo no puedo más. Ha dejado de darme pena. Ha dejado de darme todo.


Al pasar las yemas de los dedos de arriba a abajo por la pared notó como ésta se erizaba. Se erizó como si se tratara de la piel de una adolescente enamorada. Se separó sobresaltado y pensó que llevaba demasiadas noches sin dormir. Demasiadas noches y días ahí arriba encerrado en proyectos inexistentes, solo por no tener que salir fuera. Pero al volver a acercar las manos volvió a sentirlo, a sentirla. Le arrancó las horribles telas que la cubrían y fue entonces cuando notó que se comportaba como una mujer desnuda avergonzada de su cuerpo. Cuerpo lleno de bultos, de granos de piedra y yeso que a él se le antojaron hermosos. Pasó toda la noche besándolos, acariciándolos, durmiendo sobre su bello,  frío e imperfecto cuerpo.
Decidió dejarla lo más bella posible. Era arquitecto, era su trabajo, su especialidad. Armado como el mejor de los cirujanos plásticos de Hollywood, le arrancó todas las partes sobrantes, hasta que se dio cuenta que si seguía intentando quitar lo terrible que la había ido cubriendo con el tiempo, se quedaría sin nada, sin ella. La bruja de su mujer por una vez podía tener razón. Así que se limitó a dormitar a su lado. A vivir a su lado.
Ahora ha decidido traerle un médico. Eso es buena señal, señal de que ha claudicado, de que pronto se irá y les dejará tranquilos y en paz. Eso espera por su bien. Ya no sabe cómo frenar el odio que su mujer despierta en ella. Cuánto tiempo podrá y querrá sujetar su mano húmeda antes de que la atrape. Sabe que cuando él se aleja la persigue entre el suelo, el techo, las paredes.  

El buen doctor y ella han entrado en el estudio como si no hubieran interrumpido nada. A nadie. Y al marcharse su mujer cierra la puerta de golpe. Como siempre. Él sabe que lo hace a idea. Para dañarla, para hacerles daño.

– Ay – se escucha a ras del suelo. Es un leve, casi imperceptible quejido de hembra herida. Y él como tantas veces se agacha y coge el pequeño pedazo de pared que ha caído por el golpe. Lo acaricia y con la ternura de quien ha curado muchas veces esas pequeñas heridas, se prepara para hacerlo de nuevo.

jueves, mayo 26, 2016

Siete horas


Medianoche
Ella se dirige a su habitación. La habitación verde. Está vacía. Como las calles, las horas que millones de relojes marcan durante el resto del día por la ciudad. Pasos lentos como el sonido que marcan esas agujas que giran al revés, cucos que salen sin entusiasmo a avisar de más horas. Horas marcadas por tráfico que transita entre sábanas y calzadas. Entre sueños y noches rotas. Entre noches de pasión y noches anodinas. Un cóctel explosivo de sentidos.
Lleva una copa de agua que apoya en la mesilla. Antes bebe un largo sorbo, paladeándolo como si fuera una copa de exquisito vino para compartir en el lecho con un amante. No uno más. No cualquiera. Él.
Se estremece de repente mezcla de frío y terror. Como si el monstruo que se esconde debajo de cada cama fuera a salir en cualquier momento y atraparle las piernas con sus garras. Mira el reloj y se ríe de sus propios fantasmas. De ese miedo a la soledad, que ella misma desea. Soledad buscada y hallada. Lo que deseamos nos asusta. Como nos asusta lo que no queremos.

2.00 a.m.
No puede dormir. Da vueltas. Gira y vuelve a girar. Como el cuarto verde. Verde esperanza cantan poetas, verde relajante dicen, verde para los niños, para los enfermos, para la gente triste… Para ella solo un color más. Solo desearía gritar en ese instante a todos esos que inventaron hermosas historias sobre el verde, y traer secuestrada a la Esperanza a esa maldita habitación, tumbarla y atarla en esa cama noche tras noche y preguntarle después de un tiempo si no es capaz de extinguirse, de morirse ella misma en su propio desaliento.
Se ha perdido. A veces le ocurre cuando hunde la nariz en la almohada y encuentra otros olores. Le recuerda los cuerpos que desfilaron por ese cuarto, que desfilan como muñecos de metal recién pintados. Cuerpos que le sobran, que a veces trajo pensando que en ellos encontraría el de su amante. Se tumba atrapada en esas sábanas que están en perfecta alineación con sus caderas, sus piernas. Cuerpo trazado con prisa por un dibujante inexperto.

4.00 a.m.
Recuerda. El ruido de los aviones de fondo. Y al final de la calle un tugurio. El bar escondido. Lugar clandestino como ella. Solo varias personas tiradas sobre la barra. Hambrientos de todo.
Sentada en la banqueta puede oír el ruido del avión todavía planeando sobre su mente, y esas palabras que le gritan que le han abandonado en un aeropuerto, como se deja el equipaje que sobra.
El hombre entra. Lleva una maleta negra, como el rímel que le surca los ojos. La mira y se sienta a su lado. Ella bebe un trago largo y rápido. Él le pasa los dedos por los ojos y le quita todo rastro de oscuridad. De tristeza reciente. Y le habla del retraso en su vuelo. Que es de otro país. Ella no escucha el nombre del lugar, pero deja que la mire y la desnude con los ojos. Siete horas les separan cada día, dice él sonriente sin dejar de mirarla. Ella piensa que debe ser de muy lejos. Siete horas hasta que salga su avión.

El hostal está tan perdido como el bar. Es sucio. Pero huele a limpio. Él la mira. «Mujer abandonada como una maleta». Dice ella riendo. Él pone su dedo sobre los labios de ella y le dice no con la cabeza. Ella ya no ríe y le mira. Siete horas más tarde en la calle se rompen en caricias rápidas y besos como mordiscos de pasión adolescente. De portal en portal, de esquina en esquina. Los aviones les miran de fondo.
Ella se aleja colocándose el vestido, con el pelo revuelto, escuchando el ruido de sus tacones y de fondo los primeros bostezos, los primeros despertares. El amanecer. 

Ya no está encogida como un bebé en la cama. Se gira, se mueve. Sueña. 

7.00 a.m.
Despierta. Está despierta. Siempre a la misma hora. Siempre en el mismo instante. De golpe. En el amanecer del cuarto verde.
Se levanta. Y comienza a oír el ruido de la calle. Los coches. Los relojes.
Jaula de tela que encierra anhelos. La tortura de las noches y los días sin sentido. La luz entra ya con fuerza por la ventana. La abre de par en par. Se gira y mira su cama, pero no es su cama. Ni siquiera las paredes son verdes. El suelo tampoco es de madera, es de cerámica, y a cada paso la cerámica va dibujando entre sus pies formas geométricas en azul cobalto. La luz se diluye como si buscara de nuevo la oscuridad. Aspira y puede sentirlo. Él la ha llamado ese amanecer. Esa noche. Y ha dejado de ser el triste y solitario cuarto verde, verde esperanza que le cantan. Siete horas después, o siete antes, siete horas más o menos, qué importa dónde…