viernes, noviembre 25, 2016

Pasos en círculo

¿Cuántos?

Miro al suelo, a mi espalda. El desasosiego me sabe a sopa de letras. Esas que tú me preparabas entre sombras chinescas. Los demás veían el abecedario completo, pero yo solo y siempre 4 letras: l, o, c, a.
Recuerdo el opio insensato del principio, cuando afirmábamos riendo que éramos especiales, que nunca seríamos igual que los demás. Había tantos espejos, ventanas, que ni nos percatamos que eran un vulgar reflejo de nosotros mismos.
Llegaron las miradas que matan, pero no de amor ni amando. Miradas de desprecio. Luego los gritos. Inútil. Mujer que no vale para nada. Más odio. Porque si la línea entre el amor y el odio es fina, tú fuiste el que la robó para siempre. Más gritos. Por si tus ojos no dejaran claro el asco que te daban mis pasos por el pasillo de casa. Pasos lentos, atemorizados camino de ningún sitio.

Llegó el temor al sonido de las llaves. A marcharme. A quedarme.

Cuando me entraba el vértigo me subía al armario. El pánico pasaba dentro del balón de Nivea que cayó del avión un verano. Verano en el que mi cuerpo en bañador era como el de un dálmata. Blanco y morado. La ansiedad pasaba encerrada en una sábana. El dolor de los golpes desaparecía escondida dentro de una cápsula de Valium. Transitaba del armario, a la cápsula, al balón, a la sábana, a la cápsula. Loca. Eso es lo que hacen las locas. Y yo lo estaba. Eso repetías. Solo podía hacer cosas de locas. Un círculo de terror, aturdimiento, nulidad. Miedo. Y yo solo quería irme. Pero no podía.
Me volví invisible. Nadie podía verme. Ni mi familia. Ni mis amigos. Ni aquellos que más rozaban mi vida. Mis vecinos. No logré encontrar sus ojos. A veces inventé excusas, pedir un maldito puñado de azúcar para comprobar que no me había extinguido por completo. Que seguía ahí delante de ellos. Iba de frente, para no perderme de perfil entre las sombras de las paredes, con esos vaqueros ya diez tallas de más. Miraban al suelo. Al infinito, a cualquier punto menos el desesperado centro de mis ojos, los únicos que aún gritaban auxilio.

Hoy ya no te tengo miedo. Claro que sé que sigue ahí dentro, tú te has encargado de esculpirlo a fuego como una obra de arte hecha a mi medida. Pero se irá. Como yo. He cerrado la puerta. Sin esas llaves que abren abismos que dan a ningún lugar.

¿Cuántos quiere?
Un billete, solo de ida.

martes, noviembre 01, 2016

Entre el techo y el suelo


4 de julio 
Al llegar a casa he sentido que había alguien. He subido a su estudio y he visto que no era así. Solo está él sentado en el suelo. Seguramente trabajando en alguna idea de un proyecto y no he querido molestarle. He bajado las escaleras de madera sin tan apenas hacer ruido. Para qué mentir. No tengo ganas de hablar con él. Ni de que él tenga que hacerlo conmigo. Ya no me escucha y yo tampoco. Antes se lo decía de broma, cuando se levantaba de la mesa de trabajo con el pelo alborotado. Ahora ya no hay ni siquiera ironía en nuestra vida, mucho menos en nuestras conversaciones.

Al levantarme me he dado cuenta que no estaba en la cama. Ni siquiera ha venido a dormir. Su lado está intacto. Ni una sola arruga. Lo que me ha hecho recordar lo poco que me muevo mientras duermo. Sigue en su estudio. Subo antes de irme a trabajar. Está todo patas arriba. Ha arrancado el papel de una de las paredes y apoya la cara contra ella. Parece dormido. Le grito que qué demonios ha hecho. Se despierta sobresaltado y veo que lleva sobre la cara las marcas del horrible estucado que inicialmente cubría esa pared.
Masculla algo, que es para el trabajo o algo así, y me da la espalda. Apoya la otra mejilla en la pared quedándose en una especie de letargo desesperante.

Ha pasado una semana. Ya ni siquiera me contesta. Ni siquiera sé si come lo que le subo. Cuando vuelvo por la noche todo es un caos. Nuevo, diferente del anterior. Va arrancando las capas de esa maldita pared como el que pela una cebolla. Ya ha quitado el estucado, luego dos capas más. Hay restos de diversas vidas y épocas sobre el suelo. Por la noche, de madrugada, no sé en qué momento, lo recoge y al día siguiente vuelta a empezar.

– Acabaras sin pared maldito loco.
Le grité un día. Y no sé por qué eso pareció calmarle. No volvió a arrancar nada más. Le dejó tranquilas las pocas entrañas que le quedaban. 

No responde a mi cariño, ni a mis gritos de madre en apuros, ni a mis suplicas de esposa desconsolada. He probado con todas las clases de plañideras de pago y auténticas que existen y no hay nada que hacer. Y esa horrible sensación de que alguien me observa.  Cada paso. Cada gesto. Que sonríe. Algunas veces incluso  creo escuchar sus carcajadas mientras observa cómo nos alejamos tanto que ya ni siquiera podemos escucharnos. Y ese olor a humedad que circula a su antojo por nuestras vidas.


29 de julio

– Ya no sé qué puedo hacer. Antes aún me contestaba aunque fuera un monosílabo. Ahora ni eso. Pasa las horas y los días en el suelo apoyado sobre esa pared.

– ¿Qué situación laboral tiene?
– Es arquitecto y estaba estudiando un posible proyecto. 
– Ya, y no lo ha conseguido.
– Pues es que no lo sé. Yo suponía que sí, que por eso estaba todo el día encerrado en el estudio. Pero ahora me hace usted dudar.  ¿Pero lo ha visto? No se levanta del suelo con las narices pegadas a la pared. 
– Podría tratarse de un caso de depresión. Puede arrastrar este problema desde hace tiempo y es ahora cuando ha explotado. 
– No me cuadra. Él no es así. Demasiado orgulloso para deprimirse.
– Esa actitud no es la correcta si pretende ayudarle.
– Lo siento, pero verlo ahí como un...
– Sí, está claro que necesita ayuda. 
– Sí, está claro. Y que yo no puedo más. Ha dejado de darme pena. Ha dejado de darme todo.


Al pasar las yemas de los dedos de arriba a abajo por la pared notó como ésta se erizaba. Se erizó como si se tratara de la piel de una adolescente enamorada. Se separó sobresaltado y pensó que llevaba demasiadas noches sin dormir. Demasiadas noches y días ahí arriba encerrado en proyectos inexistentes, solo por no tener que salir fuera. Pero al volver a acercar las manos volvió a sentirlo, a sentirla. Le arrancó las horribles telas que la cubrían y fue entonces cuando notó que se comportaba como una mujer desnuda avergonzada de su cuerpo. Cuerpo lleno de bultos, de granos de piedra y yeso que a él se le antojaron hermosos. Pasó toda la noche besándolos, acariciándolos, durmiendo sobre su bello,  frío e imperfecto cuerpo.
Decidió dejarla lo más bella posible. Era arquitecto, era su trabajo, su especialidad. Armado como el mejor de los cirujanos plásticos de Hollywood, le arrancó todas las partes sobrantes, hasta que se dio cuenta que si seguía intentando quitar lo terrible que la había ido cubriendo con el tiempo, se quedaría sin nada, sin ella. La bruja de su mujer por una vez podía tener razón. Así que se limitó a dormitar a su lado. A vivir a su lado.
Ahora ha decidido traerle un médico. Eso es buena señal, señal de que ha claudicado, de que pronto se irá y les dejará tranquilos y en paz. Eso espera por su bien. Ya no sabe cómo frenar el odio que su mujer despierta en ella. Cuánto tiempo podrá y querrá sujetar su mano húmeda antes de que la atrape. Sabe que cuando él se aleja la persigue entre el suelo, el techo, las paredes.  

El buen doctor y ella han entrado en el estudio como si no hubieran interrumpido nada. A nadie. Y al marcharse su mujer cierra la puerta de golpe. Como siempre. Él sabe que lo hace a idea. Para dañarla, para hacerles daño.

– Ay – se escucha a ras del suelo. Es un leve, casi imperceptible quejido de hembra herida. Y él como tantas veces se agacha y coge el pequeño pedazo de pared que ha caído por el golpe. Lo acaricia y con la ternura de quien ha curado muchas veces esas pequeñas heridas, se prepara para hacerlo de nuevo.

jueves, mayo 26, 2016

Siete horas


Medianoche
Ella se dirige a su habitación. La habitación verde. Está vacía. Como las calles, las horas que millones de relojes marcan durante el resto del día por la ciudad. Pasos lentos como el sonido que marcan esas agujas que giran al revés, cucos que salen sin entusiasmo a avisar de más horas. Horas marcadas por tráfico que transita entre sábanas y calzadas. Entre sueños y noches rotas. Entre noches de pasión y noches anodinas. Un cóctel explosivo de sentidos.
Lleva una copa de agua que apoya en la mesilla. Antes bebe un largo sorbo, paladeándolo como si fuera una copa de exquisito vino para compartir en el lecho con un amante. No uno más. No cualquiera. Él.
Se estremece de repente mezcla de frío y terror. Como si el monstruo que se esconde debajo de cada cama fuera a salir en cualquier momento y atraparle las piernas con sus garras. Mira el reloj y se ríe de sus propios fantasmas. De ese miedo a la soledad, que ella misma desea. Soledad buscada y hallada. Lo que deseamos nos asusta. Como nos asusta lo que no queremos.

2.00 a.m.
No puede dormir. Da vueltas. Gira y vuelve a girar. Como el cuarto verde. Verde esperanza cantan poetas, verde relajante dicen, verde para los niños, para los enfermos, para la gente triste… Para ella solo un color más. Solo desearía gritar en ese instante a todos esos que inventaron hermosas historias sobre el verde, y traer secuestrada a la Esperanza a esa maldita habitación, tumbarla y atarla en esa cama noche tras noche y preguntarle después de un tiempo si no es capaz de extinguirse, de morirse ella misma en su propio desaliento.
Se ha perdido. A veces le ocurre cuando hunde la nariz en la almohada y encuentra otros olores. Le recuerda los cuerpos que desfilaron por ese cuarto, que desfilan como muñecos de metal recién pintados. Cuerpos que le sobran, que a veces trajo pensando que en ellos encontraría el de su amante. Se tumba atrapada en esas sábanas que están en perfecta alineación con sus caderas, sus piernas. Cuerpo trazado con prisa por un dibujante inexperto.

4.00 a.m.
Recuerda. El ruido de los aviones de fondo. Y al final de la calle un tugurio. El bar escondido. Lugar clandestino como ella. Solo varias personas tiradas sobre la barra. Hambrientos de todo.
Sentada en la banqueta puede oír el ruido del avión todavía planeando sobre su mente, y esas palabras que le gritan que le han abandonado en un aeropuerto, como se deja el equipaje que sobra.
El hombre entra. Lleva una maleta negra, como el rímel que le surca los ojos. La mira y se sienta a su lado. Ella bebe un trago largo y rápido. Él le pasa los dedos por los ojos y le quita todo rastro de oscuridad. De tristeza reciente. Y le habla del retraso en su vuelo. Que es de otro país. Ella no escucha el nombre del lugar, pero deja que la mire y la desnude con los ojos. Siete horas les separan cada día, dice él sonriente sin dejar de mirarla. Ella piensa que debe ser de muy lejos. Siete horas hasta que salga su avión.

El hostal está tan perdido como el bar. Es sucio. Pero huele a limpio. Él la mira. «Mujer abandonada como una maleta». Dice ella riendo. Él pone su dedo sobre los labios de ella y le dice no con la cabeza. Ella ya no ríe y le mira. Siete horas más tarde en la calle se rompen en caricias rápidas y besos como mordiscos de pasión adolescente. De portal en portal, de esquina en esquina. Los aviones les miran de fondo.
Ella se aleja colocándose el vestido, con el pelo revuelto, escuchando el ruido de sus tacones y de fondo los primeros bostezos, los primeros despertares. El amanecer. 

Ya no está encogida como un bebé en la cama. Se gira, se mueve. Sueña. 

7.00 a.m.
Despierta. Está despierta. Siempre a la misma hora. Siempre en el mismo instante. De golpe. En el amanecer del cuarto verde.
Se levanta. Y comienza a oír el ruido de la calle. Los coches. Los relojes.
Jaula de tela que encierra anhelos. La tortura de las noches y los días sin sentido. La luz entra ya con fuerza por la ventana. La abre de par en par. Se gira y mira su cama, pero no es su cama. Ni siquiera las paredes son verdes. El suelo tampoco es de madera, es de cerámica, y a cada paso la cerámica va dibujando entre sus pies formas geométricas en azul cobalto. La luz se diluye como si buscara de nuevo la oscuridad. Aspira y puede sentirlo. Él la ha llamado ese amanecer. Esa noche. Y ha dejado de ser el triste y solitario cuarto verde, verde esperanza que le cantan. Siete horas después, o siete antes, siete horas más o menos, qué importa dónde… 

sábado, abril 30, 2016

De vientos y gigantes



El aire levantó la pelusilla gris que le cubría la nuca, mientras miraba al frente con el ceño fruncido. Silbó. Una vez más. Con una voz tan potente como enclenque era su aspecto gritó en contra de los vientos circulares que le golpeaban a traición:

— ¡Rocinante!

Unos segundos después apareció galopando un perro con el lustre en el pelaje de miles de razas entrelazadas, pero ojos brillantes y vivos. Se lanzó sobre sus rodillas suavizando el impulso, pero no la pasión, para no hacerle más daño del que su figura escondía. Con la trufa llena de tierra, de alguna fechoría reciente, dio un lametazo rápido sobre la oreja de Alonso de Quijano.

—Vamos Rocinante. Se hace tarde y estoy cansado. Volvamos a casa.

Caminaron juntos, despacio, uno al lado del otro. El perro adaptaba su paso al de él. Se alejaba lo justo para absorber los nuevos olores que habían dejado los habitantes de la zona desde el día anterior. Alonso se agarraba el costado de vez en cuando y se paraba. Rocinante también.
Sancho esperaba impaciente en la puerta del molino. Tenía los ojos muy abiertos. Tanto que se podía  apreciar su color marrón, a pesar de su diminuto tamaño, en el centro de una cara redonda llena de marcas y arrugas de reinos perdidos.  

— ¡Corra señor!

—Menos bromas Sancho.

Sancho le agarró del brazo y le arrastró hasta el borde del camino, donde un pequeño abismo separaba la tierra árida de otras más áridas si cabe. Allí el viento soplaba fuerte, tanto, que te devolvía pensamientos y recuerdos que habías escupido al aire tiempo atrás.

— Gigantes. Creo que he visto gigantes.

— Vivimos en un molino Sancho… Ya pasaron nuestros tiempos de héroes sin sentido.

—Don Quijote mire allí.

Él se puso tieso. Hacía tiempo que no le llamaba así. A lo lejos unas monstruosas figuras de hierro movían a gran velocidad unas aspas plateadas. Brazos de metal dispuestos a destrozar a quién osara acercarse.

—¡Válgame Dios! 

— Ya le avisé.

—Será otra de esas rarezas sin sentido que construye el hombre.  

Los dos se quedaron mirando en silencio. Rocinante sentado sobre sus patas traseras miraba una hilera de hormigas que paseaba por delante.

— ¿Sancho de verdad piensas que podrían ser gigantes?

Sancho los miró, lo miró, el repentino porte en el cuerpo viejo y ajado de su amo. Ese fulgor de locura maravillosa en sus ojos, la mirada con esa promesa tatuada y cumplida por siglos de acabar con malandrines y villanos. La tristeza que envolvía como un guante su figura. Cómo apartaba la mano de ese costado que lo estaba extinguiendo.

— Sin lugar a dudas. Son gigantes.

—Pues no hay tiempo que perder. Vamos a por ellos. En marcha Rocinante.

Don Quijote acarició el pelo enloquecido por el viento de su perro. Éste ladró y saltó alrededor moviendo el rabo. No sabía dónde iban, ni a qué, pero su amo estaba contento y era motivo más que suficiente.  

domingo, abril 10, 2016

Los perros. Nuestros superhéroes bajitos con abrigo


Cada día amo más a los perros, esos superhéroes bajitos con abrigo. Hace diez años que uno de ellos me salvó la vida: Jazz, una cocker tricolor de cejas pelirrojas, con las que me mira entre la cara de póquer y la dulzura más extrema, que ahora ronca bajo el escritorio. No voló entre rascacielos. Ni lleva capa. Solo lleva un abrigo lleno de pelos que va soltando por todas partes. Porque son superhéroes más lentos y sutiles, no por ello con menos mérito o poderes. Lo suyo es una labor de salvación constante.

Tienen la capacidad de encender un motorcito en nuestro interior que se activa cuando convives con ellos y te obliga a ser mejor. O al menos intentar parecerte a lo que reflejan sus ojos que ven cuando te miran. Si un perro te elige para ser salvado, no hay vuelta atrás. Se convierte en un pacto entre caballeros en el instante que sus pelos recorren tu casa y tus días. El pacto más noble y fácil de cumplir con los que tendrás que lidiar.

No siempre apetece escuchar lo que cuentan por alrededor, pero por esa magia y poder innato que solo ellos tienen, encontrarás los suficientes arrestos para coger el muñeco chupado, casi sin relleno, la pelota con infinitas marcas de dientes alrededor y lanzársela. Tirarte al suelo y luchar. Gritar, hacerte croqueta, empanadillas y reírte. Mucho. Despeinarte. Llenarte de más pelos. Pelos que ya han pasado a ser la valiosa insignia de lo que hay entre los dos.

“Deberían hablar”. He escuchado infinidad de veces. ¡No por favor! La mirada de un perro tiene una fuerza, una bondad y una pureza que no pueden hallarse por rebuscados y estúpidos términos con los que nos expresemos nosotros. Nunca.

Ellos, los dueños de la entrada al Paraíso. Esa puerta a la que llegas deseando contar las maravillas del día, lanzarte sobre los brazos de ese amante que, de momento, permanece detrás de la madera, desparramarte en el sofá, olvidar que existes... Él siempre va a estar ahí. Pendiente del giro de la llave, de que las luces den paso al mejor de los amigos, el más guapo de los seres entre los seres, para dar comienzo a una febril exhibición de claqué. Solo para ti. Un espectáculo que nada tiene que envidiar en pasión y constancia al número principal del Cotton Club.

Hasta que tu perro no se siente espalda con espalda contigo, no sabrás qué significa el apoyo incondicional. El amor más fiel. La amistad más surrealista y verdadera. No siempre entiendo por qué han decidido salvarnos. Solo ellos tienen la respuesta. Ellos son los héroes. 

lunes, marzo 14, 2016

El lado de la cama

Mi lado de la cama, en concreto el izquierdo, no se lo cedo ni a mis mejores sueños. Me lo robaron una vez y no vuelvo a perderlo. Nunca. Es más creo que los que lo ceden sin más, como si fuera el sitio en el metro no tienen ni idea de lo que están haciendo. Solo para quienes los sueños han pasado a ser nuestra vida más lúcida podemos entenderlo.

Él comenzó durmiendo en medio de la cama, para hacerlo junto a mí un tiempo después. Esas noches pude verlo en diferentes lugares, de lejos, en mis sueños. Sé que él también me vio y vivió lo mismo que yo, porque comenzó una lucha incansable entre sábanas y besos para quedarnos los dos en mi lado. Cada noche más apretados. Más juntos y a la vez más alejados. Hasta que logró tirarme de la cama.
Fue caer por un abismo. Pasaba las noches mirando a ese ladrón en la oscuridad, mientras se revolvía sonriente entre sábanas y vidas. La mía. Podía sentir como era feliz en esos mundos oníricos. Los míos.
Él en cambio dejó de mirarme por las mañanas. Temía que viera en sus ojos lo que me quitaba por las noches. Y supe que no pensaba devolvérmelo nunca.

Recuperé mi lado izquierdo de la cama. No importa cómo. Ahora vivo casi todo el día en él. Y por supuesto todas las noches.




jueves, febrero 18, 2016

Belle de jour

22.40 horas sábado: Ella se levanta de la silla. Lleva sentada mucho tiempo. Demasiado.
El vestido está escondido entre los demás, en el armario, como se esconden los pecados. Es suave, brillante, barato. Se desnuda. Se mira en el espejo del armario abierto y se viste con él. Siente frío. El frío del tejido brillante y basto. En el cajón, al fondo junto a la madera, ha guardado el pintalabios rojo también brillante. Se lo pasa por los labios. Cierra el armario.

24.00 horas sábado: Espera sentada en un taburete del bar. La copa también espera sobre la barra. Cruza las piernas y mira la puerta. El hombre llega. Se acerca y comienzan a hablar. Ella sabía que iría, por eso está allí. Por eso lleva ese vestido escondido y el pintalabios prohibido. El hombre no sabe nada de eso.
Ella pide otra copa y lo mismo para él. Lo ha visto en muchas películas y siempre ha querido hacerlo. El hombre ríe, ella le mira, pero ni siquiera sonríe.


01:30 horas: Sabe por qué está allí y se da cuenta de que él no entiende nada. No tiene que entender nada, quizá es mejor así, que simplemente esté allí con ella, bebiendo.
Hablan. Ella habla de un sueño, el hombre le dice que los peores pecados se cometen en sueños. Y sonríe. Ella sólo le mira. Él lleva mirándola desde que abrió la puerta del bar. Su vestido, su rostro, su belleza. La ha visto otras veces, tan apenas la conoce, pero nunca la había visto como esa noche, no puede dejar de mirarla, pero ella no se da cuenta.


03:00 horas: Se retoca el pintalabios rojo en el baño. Está borracha, el hombre también.
Cuando sale él la está mirando. Es entonces cuando ella sonríe. Ha vencido. Mucho tiempo esperando ser observada así.

06:20 horas domingo: Lleva sentada en la cama demasiado tiempo, casi tanto como en la silla esa tarde. Mira al hombre dormir. Y piensa en su frase de antes y que no es cierta. Los peores pecados no se cometen en sueños. No quiere verle dormir, ni escuchar su respiración calmada. No es su cama. Ni su casa. No quiere estar en esa cama con él. Ya no recuerda los gritos.
Se viste y pasa el pintalabios rojo por los labios. Ahora está más tranquila.
Cierra la puerta sin cuidado al salir.
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20:00 horas sábado: Discusión. Gritos. Incompatibilidad. Eso dice él. Monotonía piensa ella, pero grita insultos. No dice lo que piensa. Él tampoco. Amenaza con irse, ella no le retiene. Él se marcha. Ella sabe que siempre vuelve, si no vuelve ella. Pero esa tarde son muy fuertes los gritos. Le molestan aún en su cabeza. Sale del cuarto para no oírlos más y se sienta en una silla. Sabe que han gritado demasiado. Y sabe que es peligroso, porque siente que tiene licencia para hacerlo...


(Febrero 2008)

lunes, octubre 05, 2015

'La habitación de Jacob', de Virginia Woolf


La Editorial Piel de Zapa recuperó en el 2012 en una cuidada edición “La habitación de Jacob” de Virginia Woolf, un regalo para lectores y amantes de esta obra de Miss Woolf que era imposible encontrar en librerías.

La novela se aleja de sus dos obras anteriores para mostrarnos un relato modernista que gira en torno a la figura de Jacob. Un joven tan apuesto como torpe, tímido como distante. Algo engreído. Adicto a la lectura, menos a Shakespeare, ya que no es capaz de terminar ninguna de sus obras. Amigo de sus amigos. Un retrato de Jacob que nos irán desgranando de manera imprecisa las diferentes miradas que durante su juventud se van posando en él.

El joven tenía los labios apretados. La mirada baja, puesto que estaba leyendo. Todo en él era firme, pero joven, indiferente, inconsciente…

Durante toda la lectura uno tiene la sensación de ver a Jacob a través de una ventana. A veces de manera más nítida, otras una simple figura que se asoma por ella un momento.
Y serán las miradas de diferentes mujeres, las que nos muestren sus percepciones sobre él. Estas miradas vienen intercaladas por unos magistrales y detallados cuadros de los diferentes escenarios por los que vive o circula Jacob. Narrados con una sensibilidad y sensación de vacío insondable que solo Virginia Woolf es capaz de plasmar.

Las farolas de Londres sostienen la oscuridad como puntas de bayonetas al rojo vivo. El toldo amarillo se hunde y se hincha en los cuatro postes. Los pasajeros del coche de correos que entraban a toda velocidad en el Londres del siglo dieciocho miraban a través de las ramas sin hojas y veían cómo llameaba tras ellas.




Solo hacia el final de la obra, Jacob, parece querer tomar parte en su propio retrato, relato y abre esa ventana. Pero incluso entonces lo hace de manera somera. Será durante su viaje a Italia y Grecia.


Hay un personaje latente y principal durante toda la obra: la ausencia. Una ausencia tan despiadada como la que deja una habitación vacía para siempre. Y más cuando se trata de una persona demasiado joven como fue el hermano de Virginia, como es Jacob. Habitación con ese doloroso desorden de alguien que piensa volver en cualquier momento. 

lunes, julio 27, 2015

Hay días y personas Art déco

Hay días y personas Art déco. 




Días Art déco con las calles de acero brillante, sorpresas simétricas en cada zigzag de sus esquinas de madera. 

Personas Art déco con rostros futuristas y un exceso de jazz entre los párpados. De apariencia sencilla que se complican hasta alcanzar cotas infinitas de esbeltas y exquisitas rarezas.

Imágenes de George Barbier (188-1932) Mi ilustrador favorito de la mujer y la sociedad Art Decó. Plasmó como nadie la belleza de sus formas lánguidas, adornadas con joyas y ropas que marcaban cada una de las curvas que van entre la elegancia, ostentación y la exquisita decadencia de la época. 

martes, marzo 11, 2014

Entrevista Capotiana

Toni Montesinos está llevando a cabo una genial iniciativa en su blog: Alma en las palabras realizando la entrevista capotiana a escritores.

 Aquí tenéis la mía: 


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (enLos perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Mónica Gutiérrez Sancho.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Ese punto entre final del siglo XIX y principios del siglo XX.
¿Prefiere los animales a la gente?
Prefiero a los animales de cuatro patas la mayoría del tiempo. En concreto la fidelidad infinita de los perros.
¿Es usted cruel?
En mis novelas si es necesario sí, puedo ser cruel. Mucho, pero solo ahí. Todo queda en la ficción.
¿Tiene muchos amigos?
Tengo muy buenos amigos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
La capacidad para reírnos igual que hace mil años cada vez que nos vemos, por mucho tiempo que pase.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Para ser amigo de verdad es lógico decepcionarte en algún momento. Es algo tan inevitable como las reconciliaciones en el amor.
¿Es usted una persona sincera? 
No soporto la mentira. Y el que presume de ser muy sincero me da miedo, igual que el que presume de ser bueno.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Siempre he creído que eso del tiempo libre era una leyenda urbana. La verdad es que a día de hoy aún no he dado con esa franja horaria.
¿Qué le da más miedo?
El miedo pulido y mimado se convierte en un arte. El arte del miedo puede llegar a ser muy peligroso. Me produce terror la fuerza que puede llegar a adquirir.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La soberbia. El complejo de dios. Esos pequeños dictadores en zapatillas de casa.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
No creo haber decidido ser escritora. Es algo que me ha tocado sin más, como el nacer en un sitio u otro. Y ya no puedes cambiarlo.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Pasear a mi perro que siempre va como mínimo un metro por delante de mí.
¿Sabe cocinar?
Los pocos platos que preparo me salen muy bien, aunque considero que cocinar es una historia más seria.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A Giordano Bruno.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Adiós. Puede ser muy liberadora.
¿Y la más peligrosa?
Quizá la misma: Adiós. No me gustan las despedidas, sobre todo si son para siempre.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No, incluso en la ficción me cuesta mucho.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Tengo tendencia a no soportarla.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Música. Sin duda. Y puestos a elegir sería Jazz.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Un absurdo insomnio provocado. Y provocador. No me duermo porque en el fondo no quiero. Y lo sé. Claro que lo sé. Pero no duermo.
¿Y sus virtudes?
Sé tocar el piano. Sin llegar a ser una virtuosa, me parece que tengo mucha suerte por ello.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Tú puedes despertar. Ya sabes que no es agua, solo es otro de esos horribles sueños lúcidos.
T. M.

domingo, noviembre 03, 2013

Pepe Espada

Pepe Espada decía que era un pez.
Si alguien le preguntaba el porqué de su aspecto humano, le contestaba que era un error genético, pero que él era un pez de agua salada y volvería a aspecto natural, o es qué nunca habían leído a Kafka y el proceso de una metamorfosis.

Su casa se encontraba entre las rocas, era de color azul añil como sus diminutos ojos. La casa olía a mar, ese olor que sólo sientes cuando metes las narices en alta mar, olor a sal, miles de seres vivos y agua. Las paredes estaban forradas de papel de burbujas, con el que se protegen las cosas para que no se rompan cuando las mandas por correo. Se enfadaba mucho cuando alguna visita se apoyaba en las paredes y tic tic las iba reventando con el dedo. 'Son mis burbujas, mi aire, lo más parecido a mi verdadero hogar debajo del agua' reprendía enfadado.

- ¿Dónde están tus escamas? ¿Dónde están?

 Le cantaban los niños cuando se metía en el agua, día tras día, con una especie de aletas en los pies de fabricación casera.
'Estos niños, no aprenden nada en el colegio. ¿Siguen sin leer a Kafka?' pensaba mientras hacia sus ejercicios respiratorios antes de meterse en el mar.
Ese día de agosto la playa estaba llena de gente, se sumergió y más de cincuenta minutos después lo arrastró hasta la orilla un aturdido bañista.
- ¡Abran paso! No sé la de tiempo que lleva en el fondo.
Pepe Espada abrió los ojos de golpe y comenzó a sufrir tales espasmos que no podían contenerlo entre siete hombres. Cuando llegó la ambulancia tenía ya el rostro amoratado y sólo sufría unas débiles convulsiones.
- Doctor, ha muerto ahogado en la playa — dijo el camillero.
- No, este hombre ha muerto con los pulmones encharcados de oxígeno.

 Dijo el médico sin apartar la mirada del cuerpo sin vida de Pepe Espada, del reducido bañador turquesa, de las aletas de goma caseras, de un brote de alga enano que parecía crecerle del hombro y de un par de peces diminutos que llevaba adheridos en el brazo y que ya no respiraban.

domingo, octubre 20, 2013

De noche




Dormía en extrañas posturas en las que permanecía inerte toda la noche. Como un asesinato de película de cine negro. No es de extrañar que esa mañana sólo encontraran una silueta marcada con tiza blanca sobre el colchón.

martes, junio 11, 2013

La felicidad es bajita

La felicidad no es el color naranja Mirinda de Roma en junio. Ni siquiera tomarse un café después de comer como si no hubiera un mañana. Está sobrevalorada, al menos en lo que respecta a su aspecto físico. Es un morro y un culo en movimiento cuando abres la puerta de casa. Ladra. No suele medir más de medio metro. La felicidad es bajita.



miércoles, noviembre 14, 2012

Entre Hadas aunque sean verdes

Vivimos en tiempos de prisas, pasos cortos, rápidos y torpes. Parece que nada llega, o se marcha demasiado  pronto. 
En un mundo paralelo soy un hada verde lima de la absenta. Me conservo mejor que el desayuno eterno de Audrey. Callo lo que veo. Todo lo que ves. Ya sea en Cinemascope o en blanco y negro. Sí, claro que Rimbaud y Baudelaire existen, no son solo los monstruos del armario de la pasajera pasión adolescente.


viernes, agosto 03, 2012

Nos vemos en Septiembre

Hay imágenes tan geniales que lo mismo servirían para anunciar el Paraíso, que la llegada del Diluvio. En este caso es perfecta para avisaros que vuelvo en Septiembre con nueva "cara" en el Blog, novedades y sobre todo muchas letras.

viernes, abril 06, 2012

MUNDOS PERPENDICULARES

En un mundo paralelo, perpendicular soy un italiano en blanco y negro. Dedicado al Arte del "Dolce far niente", con una mano atrapo diminutas cinturas, con la otra lo intento con turgentes caderas. Fumo. Mucho y bien. Me llamo: "Marcello, sí claro como Mastroianni, un café?"

domingo, enero 01, 2012

2012. FELIZ AÑO


Puedes marcharte. Con tu mal nespresso matinal y peor nocturno. Tus crisis y tus miserias. Tienes un billete solo de vuelta en la estación. Pagado para que no dejes más deudas a medias.



Y tú seas o no el Fin de los Mundos ven ya. Sé que no es lo mismo que antaño. Ahora ya pocos te comparan con cursis cuadernos de hojas nuevos blancos sin estrenar. Cada vez menos te esperan con alegría. Ni la Banda de Bienvenido Mister Marshall puede ir a recibirte. No tienen para pagar los disfraces. Pero quedan ganas de verte llegar.


Las estadísticas no son tan malas: por cada ladrón de sueños hay 3 ladrones de ladrones de sueños. Por cada ladrón de besos hay 2 que se dejan robar. Por cada ladrón de Paz hay 4 regaladores compulsivos de buen rollo. Por cada ladrón y asesino de letras hay 5 drogadictos que las resucitan a lo Frankenstein. Provocadores natos de risas estúpidas y sin sentido. Genios en recomponerse y reinvenciones que trabajan a jornada completa como Becarios sin contrato. Dicen que hasta hay quien ya se encarga de enviar las cartas bellas que otros quemaron.


Y no te preocupes siempre hay alguien al que le gusta el bricolaje y nos preparará El Arca. Por si acaso. Bienvenido.

viernes, diciembre 30, 2011

Barcelona As de Damas

Barcelona eres tan hermosa que el frío se mimetiza entre tus curvas turgentes, Modernistas, femeninas que cubren las paredes. Frío que se derrite en los sombreros de los tejados adornados con mosaicos de colores.






Quiero ser una ventada en Nueva York. Un cerrojo indiscreto que quiere que le miren. Sin cortinas. Un hombre que silba a todas las mujeres bellas que pasean de piazza in piazza en Roma.