El autobús
No me gusta ir en autobús. Siempre que puedo lo evito, prefiero dar un buen paseo que tener que subirme en uno.
No me gusta por diferentes motivos que tardaría mucho tiempo en terminar de contar. Uno de ellos es que cuando va lleno de gente, todo el mundo sobre todo los más mayores parecen tener bula papal para empujar, dar codazos y pisotones sin pedir disculpas, sin piedad, con ansias y en ocasiones estoy segura de que con ganas. Como si se tratara de una terapia anti-estress que les hubieran recomendado al salir de casa: 'Coge el 30 y machaca...' Otro motivo es porque en el autobús aunque sólo haya dos o tres personas siempre huele mal, que fina, ¿no? Pues no, es la verdad. Al parecer otro grupo de terapeutas debe indicar que para subir al autobús urbano hay que ir sin duchar, sin desodorante y en ese caso siempre, siempre levantar bien el brazo. El tercer motivo y termino, que esto empieza a parecer un monólogo malo y transnochado, es porque cuando voy en bus me siento débil y torpe, las marujas me aplastan, nunca consigo sentarme y me pongo delante del sitio tonto que es ese en el que no se levanta el menda en todo el trayecto. Podría continuar con más motivos, como que siempre te enteras de conversaciones ajenas aunque no quieras, entran por tus orejas y por más que cantes interiormente las oyes, o el repelús que da agarrarse a la barra de hierro calentita.
No me gusta por diferentes motivos que tardaría mucho tiempo en terminar de contar. Uno de ellos es que cuando va lleno de gente, todo el mundo sobre todo los más mayores parecen tener bula papal para empujar, dar codazos y pisotones sin pedir disculpas, sin piedad, con ansias y en ocasiones estoy segura de que con ganas. Como si se tratara de una terapia anti-estress que les hubieran recomendado al salir de casa: 'Coge el 30 y machaca...' Otro motivo es porque en el autobús aunque sólo haya dos o tres personas siempre huele mal, que fina, ¿no? Pues no, es la verdad. Al parecer otro grupo de terapeutas debe indicar que para subir al autobús urbano hay que ir sin duchar, sin desodorante y en ese caso siempre, siempre levantar bien el brazo. El tercer motivo y termino, que esto empieza a parecer un monólogo malo y transnochado, es porque cuando voy en bus me siento débil y torpe, las marujas me aplastan, nunca consigo sentarme y me pongo delante del sitio tonto que es ese en el que no se levanta el menda en todo el trayecto. Podría continuar con más motivos, como que siempre te enteras de conversaciones ajenas aunque no quieras, entran por tus orejas y por más que cantes interiormente las oyes, o el repelús que da agarrarse a la barra de hierro calentita.

Hoy no tenía más remedio que cogerlo, iba lejos, demasiado, trayecto en la línea 30 de más de 40 minutos. Ha sido diferente. Iba poca gente y paralela a mí (he conseguido sentarme)iba una monja. Mi primera reacción ha sido mirarla con algo de desprecio, los años de mi infancia sometida a esas batas de cuadros azules y la tirania y absoluta negligencia de las monjas de mi colegio, unida a mi falta de creencias religiosas, me hace aborrecerlas como la comida que te empacha una noche de verano. Pero la he mirado una segunda vez, tenía los ojos cerrados, las manos limpias, brillantes y todos sus deditos unidos en perfecta armonía -la yaya se ha dormido- he pensado enseguida. Pero no, sin dejar de mirarla y ella ajena a mi presencia y a cualquier otra, movía los labios lentamente y ha semi abierto sus ojos sólo un momento. Estaba rezando. Las monjas rezan siempre, no sé por qué me debía extrañar, pero no sólo rezaba, irradiaba relax, tranquilidad, con esa línea 30 ya a reventar de gritos y gente.
Cuando alguien se interponía entre nosotras me molestaba su presencia y casi sin darme cuenta buscaba la de la monja con ligero desazón y nerviosismo.
Me ha recordado a una ocasión en la que Alejandro Jodoroswky contaba que paseando por París, vio un hombre completamente cubierto de pájaros. Cuando él y su hijo se acercaron todos salieron huyendo. Ese hombre era la personificación de la paz. Después de muchos intentos los pájaros no se posaban sobre él, ni su hijo. El hombre les tomó de la mano y los pájaros fueron pasando a los brazos de Jodoroswky hasta cubrirle entero. Cuando el hombre soltó su mano, todos salieron volando.
La he envidiado.
Al volver he tenido que coger de nuevo el mismo autobús. A reventar. Pero milagrosamente había un sitio libre, el mismo que a la ida, he mirado a la derecha y echado de menos a la monja del hábito blanco y uñitas limpias.
En su lugar había una anciana tan arrugada como las de los cuentos agarraba temblorosa un bastón. El sitio junto a ella estaba vacio, ha hecho amago de levantarse unas mil veces a lo largo del trayecto para dejar sentarse a la gente, todos por educación declinaban la oferta, pero ella se ponía de pie, con una lentitud inhumana una y otra vez, para después volver a sentarse. Yo he pasado todo el trayecto mirándola, como a la monja y lo mismo. Cada vez que alguien se ponía en el pasillo entre nosotras, los pensamientos estúpidos y desagradecidos volvían a mi cabeza y recorrían mi mente como siempre a su aire y sin ritmo, cuando se apartaban, la miraba, y no pensaba en nada: Relax.
Hemos bajado en la misma parada. Y he aprovechado para decirle que se apoyara en mi brazo, ella sin dejar de sonreír ha apoyado su mano de pasa caduca sobre mí. Y una vez en el suelo, en tierra firme, la he mirado mientras se alejaba, con un paso lento, inseguro y tan arrugado como un periódico del siglo pasado, sin darme tiempo a darle las gracias, por ayudarme a bajar.
Cosas que pasan a veces cuando tienes que ir en autobús.












