Marcela
Su camisa de flores mustias y dispersas, es como un ramo de plástico en un florero de papel maché. Debajo dos pellejos embutidos en un corsé de los que ya no se encuentran ni en las mercerías de barrio. El pelo gris oscuro, fuerte y tieso como un cable de la luz, está atrapado en infinidad de horquillas amarillentas que lo agarran formando una maraña de mechones que vista desde lejos podría asemejarse a un moño. Falda de franela que abriga más las piernas si tan apenas las puedes mover. El calor es bueno para la circulación cuando ésta es espesa como la salida de las grandes ciudades. Y siempre con sus guantes negros de lana llena de bolisas.Arrugas por todos lados, años para repartir, vender y regalar. Pero Marcela no vende años, aunque le sobren, lo que vende son caramelos, pipas, cacahuetes, regalices y anisetes. Anisetes metidos en figuritas de plástico transparentes. Un botijo, un perrito, un pato… Dónde encontrará Marcela sus anisetes.
Llega todos los días muy puntual a la alameda. Coloca la cesta gigante con unas patas que acopla, no sin dificultad, y se transforma en mesa. Del carrito de la compra de cuadros escoceses empieza a sacar todo su género. Y sentada repite de vez en cuando con voz de falsete: ‘Dulces, cacahuetes dulces, salados, aniseteeees.’
Como todas las Penélopes que un día deciden sentarse en un banco a la vista de cualquiera y no moverse de allí en una espera eterna, Marcela tenía mil vidas, la suya y novecientas noventa y nueve inventadas por otros. Unos contaban que Marcela era una mujer de alta alcurnia venida a menos, que enloqueció cuando su padre perdió su fortuna invirtiendo en el negocio taurino y le salieron los toros de todo menos bravos. Otros decían que estuvo casada y que el marido se largó con una rubia tonta vecina de cualquiera. Pero sus allegados vecinos antes de ir abandonando su hogar para irse de vacaciones perpetuas a una residencia, o a casas donde las nueras les gritaban por mearse y por no comerse las lentejas, contaban otra historia.
Una noche de verano pegajosa y sucia el marido cogió a los niños, a los gemelos, mientras dormían y se marchó en la oscuridad sin necesidad de ir en silencio, porque Marcela tenía el sueño muy pesado y la noche era tan cerrada, que no se veían ni las sombras de los gatos. Y nunca regresó, ni a por su ropa, ni a por la de los niños, ni a por sus juguetes, ni a compartir reproches, ni lloros.
Desde entonces sentada en las escaleras de su casa la veían día y noche mirándose las manos y llorando. Las vecinas más cotillas llegaron a entrar en el piso y comprobaron que allí todo seguía igual. El triciclo en el pasillo, las camitas abiertas con la huella de los cuerpos diminutos y frágiles. La casa olía a niños, a ese olor que todos perdemos al llegar a una edad más desagradecida. También olía a colonia de hombre y a jabón. Pero allí no había nadie, sólo Marcela mirándose sus manos enfundadas en unos guantes de lana en el rellano de la escalera noche tras noche.
− Mis manos les tocaron y ellos ya no estaban. Se volvieron invisibles. ¿Sólo yo puedo verlos? ¿Es qué nadie les ve? Están aquí, mis pequeños, uno a cada lado ¿Pepa pero no los ves?
− Sí niña sí. Anda entra en casa y tomate una tila con dos bolsitas, si necesitas algo yo te lo compro que bajo al mercado.
− No, no yo me quedo aquí que estamos más frescos, dentro está su padre y se enfada si le molestamos.
Ya era ‘Marcela la lela’ o ‘Marcela la guantes’. Cuando gastó los ahorros que había cosechado en años de sequía continua, dejó de llorar en las escaleras para empezar a limpiarlas. Fregaba y frotaba con increíble afán y ahínco. Subía tantos peldaños a lo largo del día que luego no tenía fuerzas para volver hasta abajo. Tenía que trabajar duro o no llegaba a fin de mes comentaba cuando iba a comprar al mercado.
− Me comen mucho, no sabes lo grandes que están y mi marido se pirra por las chirlas y las gambas a la plancha. Y con un sueldo de fregona no llega para mucho.
Si algo ponía realmente histérica a Marcela era que le quisieran tocar las manos. En un par de ocasiones lo hicieron y ella rompió a llorar como una loca. Se encerró en su casa días enteros y finalmente salió y limpió más casas y más escaleras que nunca.
En una ocasión se desmayó en pleno mes de agosto fregando con sus guantes de lana y cuando se los fueron a quitar, se levantó de un salto y dijo:
− Soy capaz de matar si me tocan las manos otra vez.
Con los años ya no podía subir, frotar y bajar escaleras y se compró una cestilla y se fue a vender dulces. Fue la delicia de los gamberrillos de la zona. Pero Marcela era lista, o tenía un sexto sentido y por más que lo intentaban nunca lograban arrancarle sus guantes.
Esa mañana estaba especialmente cansada, tenía sueño y medio dormitaba sobre su cestilla de dulces y anisetes. Un crío de la calle la perseguía implacable desde hacía meses sin tener otro entretenimiento, compañía, ni misión en la vida que el intentar incordiar a Marcela. Se acercó por detrás y agarró el guante con fuerza, se lo quitó y le cogió de la mano. Marcela despertó de golpe. El niño asustado al ver la cara de ella, dio un salto y se sentó en el banco de enfrente.
− ¡Serás imbécil! Mira que te lo he dicho miles de veces, No me toques…Será posible ¿Y ahora qué?
− Ahora qué, de qué − dijo él, moviendo sus piernas sucias que no llegaban al suelo, mientras se removía inquieto al notar que tan apenas cabía en el banco.
A su lado dos niños idénticos de unos cinco años en pijama de patitos jugaban con una pelota. Una niña con dos coletas y uniforme negro con cuellos blancos y duros le miraba con cara de asco. Un hombre en pijama de rayas marrones y bata se retorcía el bigote al otro lado del banco. Y de pie delante de ellos una mujer vestida de enfermera daba pataditas al suelo, con aire aburrido. El crío rompió a llorar.
− ¿Quiénes son? Me dan miedo − dijo quitándose los mocos de la cara con la manga de la camiseta.
− Mi marido, mis niños ¿A qué son preciosos? Ana la hija del frutero que se empeñó como tú en quitarme el guante y Lola la pobre que no tuvo culpa, yo estaba desmayada cuando me tocó las manos.
− ¿Y qué hacen aquí?
− Qué quieres que hagan. Estar conmigo. Me tocaron y se volvieron invisibles, nadie les puede ver más que yo, así que a trabajar para todos. Y ahora que ya estaba bien organizada vas y llegas tú. Lo único que he pedido en la vida es que dejen mis manos tranquilas, que no me las toquen.
En cuanto lleguemos a casa vas directo a la bañera para quitarte toda esa roña, que aunque los demás no te vuelvan a ver, yo no te llevo así de sucio. Y ahora una boca más que alimentar. Tendré que comprar más anisetes…
Imagen: Ciudad invisible
Artista: Tsuzuki Yuri
Artista: Tsuzuki Yuri














