sábado, octubre 29, 2005

EL CIRCO

“Bienvenidos al maravilloso mundo del circo.” Cuentan que esa fue la primera frase que aprendió a decir Aurelio, el presentador de nuestro pequeño circo ambulante. También dicen que cuando sólo tenía seis años le comenzó a salir una pelusilla que se retorcía y era idéntica al bigote que lucía su padre.
La primera ecografía que le hicieron a Amanda la contorsionista, dejó al ginecólogo con los ojos en blanco. El feto aparecía en la pantalla con los brazos y las piernas abiertos en forma de aspa.
A Lisa la trapecista la echaron del colegio, siempre estaba dando volteretas y caminaba apoyada sobre sus manos y las monjas aseguraban que lo hacía para enseñar sus bragas a todos los niños.
Mi caso fue diferente, aunque también entré en este mundo por mi familia. Una tarde mi madre me llevó al circo. Yo tenía tres años, estaba realmente eufórico. Recuerdo aquel día con tantos detalles que a veces he llegado a pensar que me he inventado muchos de ellos. Recuerdo que estaba nublado y la lluvia caía sobre el pelo de ella y le dejaba mil y un brillos. No podía entender como mi padre le decía que tenía un pelo “color de rata” y siempre le gritaba. Creo que fue ese día cuando decidí que en el mismo momento que comenzara a utilizar mi idioma con propiedad, le trataría como a las princesas que aparecían en los cuentos que me leyó una noche.
Fruncía el ceño y caminaba rápida.

Llegamos tarde, pero encontramos un buen sitio. Al principio todo fue increíblemente divertido, pero llegó el momento de las fieras. Me daban tanto miedo los leones, que no paraba de llorar y acabé contagiando a todos los niños de alrededor. Mi madre se enfadó tanto que me compró un chupetín y me ordenó que le esperara en la entrada. No me moví ni un centímetro del lugar que ella me dijo. No volvió a buscarme.

Lloré tanto, durante tanto tiempo, que mi nariz se volvió roja como un tomate y mis amigos del circo comenzaron a pintarme la cara de blanco, para que dejara de ver mis lágrimas, mientras hacían bromas constantemente, hasta que lograron que ni un solo instante pudiera dejar de reír. Así fue como sin darme cuenta me convertí en payaso.
Casi cuarenta años después, aún sigo buscando el rostro de mi madre entre el público
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viernes, octubre 21, 2005

¿Y tú cual eliges?

Hay que elegir una. Ese es el trato. Como cuando tenía cuatro años y pegaba las narices al cristal de la tienda de caramelos y me decía mi madre: 'Sólo uno y si meriendas primero, si no, nada'.
'Y si no nada'. Si lo genial era estar ahí, mirando horas y horas los colores, imaginando por el brillito los sabores, buscando el más pequeño después de repasar los más grandes y blandos para seguir dando vueltas con la lengua en el paladar y con los ojos abiertos como dos bolas de chicle de maquina. Era el mejor rato, en el que me comía todas y cada una de las chuches; y las madres ingenuas siempre pensaron que nos quedábamos solamente con una. Esa era casi siempre la menos deseada, pero qué importaba.

Siempre te piden que elijas, un cuadro, un libro, una canción, una película, un trabajo, una casa, el jamón, la carne, hasta el melón que escogemos después de pasar horas mirando el color y dándoles estúpidos golpes en el lomo, como si supieramos que nos va a salir bueno o un pepino.
Pasamos la vida eligiendo, y sin darme cuenta hace ya tiempo que yo elegí la mía. Mi palabra.
El que me conoce la sabe, el que me ve venir la intuye y el que permanezca un rato a mi vera, sin necesidad de ser un gran observador, se irá dando de cuenta de que esa palabra define un estado en el que me recreo a menudo, llamémosle por su nombre: Melancolía.

Bella y gran palabra. ¿Quién no quiere de vez en cuando recrearse en ella? Dejarse llenar de la punta de los pies hasta el último pelo de la cabeza, transformarse por un tiempo en la Dama de las Camelias, débil, palida y tan frágil como un papel de seda bombardeado por un chaparrón.
No siempre la melancolía quiere envolverse en estados enfermizos, a veces hace sacar el lado más salvaje, más golfo y cigarro en mano, aunque no fumes, te envuelve con su humo cargado de desprecio y victimismo. Es peligrosa y variable como el otoño, en el que se esconde a menudo aprovechando que los colores la camuflan, que las hojas caen y le cubren la cabeza, las piernas y se mimetiza por completo.

En otras ocasiones, consigue transformarse en el ser más bello, por su colorido desbordante, porque vuela como el que pasea sin rumbo, sin tener la menor necesidad de llegar pronto a ningún sitio, como si nadie le hubiera dicho, ni pensara hacerlo nunca que si en ese deambular de borracho de opio le tocas morirá, y que aunque no lo hagas, sólo vivirá unas horas, quizá un día. Extrañas las mariposas...

miércoles, octubre 19, 2005

MIRADAS


Miradas, miradas que no me aclaraban nada, que sólo conseguían atraparme, querer ir más allá, dejar el tiempo a un lado y meterme dentro de ellas para descubrir lo que buscaban, lo que significaban. Porque aunque dicen que hay miradas que lo dicen todo sin necesidad de palabras, las tuyas nunca supe en que idioma me hablaban.
Lo intenté todo. ¿Pero qué era todo si no sabía nada sobre ti? Apareciste de repente, sin avisar, desbaratando por completo mis días, sin ninguna explicación de por qué estabas llenando mi vida, así sin más. Yo no buscaba nada, no necesitaba a nadie, mi vida estaba bien, mi contradictoria existencia estaba bien.
Sabías que cuando me buscabas me encontrabas, estaba ahí, donde siempre estuve, esperando y haciéndote creer lo contrario, que era una suerte el verme, algo fortuito, algo casual. Me alegraba tanto cuando se abría la puerta lentamente, sin prisa y tú aparecías.
Tú no lo notabas, o por lo menos parecías no darte cuenta. Y yo me alegraba tanto... Todo mi cuerpo se estremecía y como siempre me mirabas fijamente, con calma, como si toda la eternidad fuera tuya para dejarla pasar así sin más, sólo mirándome serenamente.
Aún ahora no sé bien cómo eras, pero a tu lado y sin comprender nada, el tiempo perdía sus fases y el resto de las cosas el valor. Eran largas horas, de conversaciones largas que siempre se nos hacían cortas, en las que el tiempo siempre nos terminaba por faltar, como el aire cuando te alejabas de mi lado. Y otra vez la incertidumbre, el miedo, la intranquilidad que me daba el saber que eras libre, no sólo de mí, sino de todo y de todos. Libre hasta del aire que respirabas; aire que si te hubiera faltado no te habría importado, tan insignificante era el apego que tenías a tu propia existencia.
Quizá por eso partí de tu lado, lentamente, sin prisas, sin sorpresas, como tú hacías, poco a poco, para que mi estela se difuminara tanto, que ni tan siquiera lo notaras. Para que mi ausencia no dejara una huella clara en tu vida, para dejarte la simple constancia de unas cuantas noches juntos, unas cuantas horas debatiendo nuestra propia existencia, nuestras teorías extrañas y extravagantes. Salvando al mundo de los malos, cuando nosotros mismos éramos incapaces de decirnos nada en claro, cuando nosotros mismos nos lanzábamos en picado por el gran abismo de la cobardía; por una sima profunda de la que sólo hubiéramos podido surgir hablando de todo aquello que nuestro corazón encerraba. Pero no lo hicimos.
Quizá por eso partí, porque no tenía nada, sólo unas cuantas miradas apasionadas, desesperadas: mis miradas. Pues así eran mis miradas, opuestas a la tranquilidad, dulzura y ambigüedad insondable de las tuyas.
Nunca supe quien eras, qué buscabas, qué veías en mí para pararte más de un día a mi lado. Pero siempre supe, que recorrería los caminos que ibas trazando si tú me lo pedías, que iría detrás de ti sin mirar a atrás, sin dejar nada atrás. Pero también supe desde el principio, que si no partía pronto contigo, no podría soportarlo. Por eso me fui. Por eso me dejé perder en esa estúpida noche, en tus ojos, en su oscura profundidad, en la frialdad de esa noche, en tu frialdad de esa noche, en tus ambiguas e insoportables miradas.
Lento, espeso, fue pasando el tiempo, parecía detenerse resuelto a no avanzar si no era únicamente para nosotros.
Después de ti hubo otros hombres. Encontré una persona que me miró con sinceridad, con una bonita e ingenua sinceridad, y que en algún momento casi llegó a tocar mi corazón de arena. Se estaba bien junto a él, segura, tranquila, sosegada, cómoda. ¿Pero cuándo busqué, cuándo quise tener una existencia cómoda? No pude permanecer a su lado, no eras tú, no era tu risa siempre fuera de lugar, el olor de tu pelo. No eran tus miradas.
Conocí a una persona de la que no llegué ver el color de sus ojos. Nunca me miró. Eran ojos huidizos, fríos, falsos, indiferentes a mí. Era sencillo permanecer a su lado, sin darle nada y sin recibir nada a cambio. Noches frías junto a él, abrazos aún más fríos, palabras susurradas que ya eran hielo al salir de nuestras bocas. Me dejé llevar por su frialdad para abandonarme poco a poco, acurrucarme sobre mi misma y dejarme arrastrar en sus noches gélidas, heladas. No pude permanecer a su lado. No eras tú, no eran tus ojos, tus inmensos ojos, que parecían los de un niño que quisiera verlo todo de una sola vez; no era tu particular manera de hablar. No eran tus miradas.
Conocí otros hombres, pero ninguno como tú, no hallé en otros mundos a nadie con tu sonrisa franca, tu seguridad insegura, tu fuerza y tu sensibilidad, oculta bajo tu rostro firme. Vi mucha gente, recorrí muchos lugares, pero no encontré a nadie. Nadie con tus miradas, tus bellas miradas, por lo extraño e incomprensible de las mismas, por su mensaje confuso aún más bellas.
Hoy has vuelto, uno de los muchos caminos que recorrías te ha llevado junto a mí. Quizá anduviste en círculo sin darte cuenta, o quizá, sólo quizá, diste la vuelta para venir a buscarme. Enfrentarte a mí, es enfrentarte a ti mismo y sé que eso no te resultará fácil. No pienso irme, permaneceré a tu lado, he comenzado a andar y al darme la vuelta he visto que estabas ahí y no me he marchado, esta vez no, esta vez he sonreído y he seguido caminando, sintiendo tu respiración en mi nuca y tus pasos largos y pausados. Enfrentarme a ti, a tu vida es enfrentarme a mí misma y sé que eso no me resultará fácil.
Será un viaje extraño, el tiempo desaparece cuando estamos juntos, no hay nada más allá, no hay nada antes, será pues un viaje eterno. No más miedo, no más huidas en la frialdad de la noche. Sólo unas miradas, tus lentas y profundas miradas, que ahora saboreo también lentamente aunque aún no las comprenda.

Mónica

Jazz crece...


Y crece y crece... Aquí la prueba evidente para todos los que me preguntabais como estaba ya de grande. Cinco kilos de pelo, mala leche y cariño, mezclados con esas cejas de demonio que no le desaparecen y una chulería de macarra pandillera que desaparece para convertirse en miles lloros cuando sale a las calles.

jueves, octubre 06, 2005

Andrés Calamaro


Andrés Calamaro ofrecerá tres conciertos en España este próximo mes de Noviembre.En cuanto a la música, llega con un nuevo disco titulado precisamente "El regreso", grabado en directo en la sala Luna Park de Buenos Aires.
El 12 de noviembre en San Sebastián, el 17 en Barcelona y el 18 en Madrid.El concierto de San Sebastián se celebrará en el Velódromo Anoeta, el de Barcelona en el Palau Sant Jordi y el de Madrid en el Palacio de los Deportes.Las entradas se ponen a la venta el viernes 30 de Septiembre.

Pequeña reseña musical, es que me he enterado hoy de los conciertos y Calamaro, es Calamaro...