
¡Qué sensación de triunfo, de placer! Instantánea. Una sensación placentera sorprendentemente efímera, como todas las que siempre siguen a la realización de mis pequeñas metas cotidianas. Esta vez al menos queda el olor, el asfixiante y empalagoso olor de la pintura fresca junto con el característico picor de ojos, sopor y dolor de cabeza. Olor que se ha ido introduciendo por mis fosas nasales durante unas horas para llegar a pintar finalmente mis pulmones con el color azul añil elegido para nuestro cuarto. Me encanta el olor. El color es horrible. Tú tenías razón, en realidad siempre la tienes. Me siento como si estuviera dentro de una carpeta gigante de las que en tiempos se llevaban al colegio cuando aún no había ni un solo Kevin Costner Jesús suelto por las calles. Si nuestro cuarto es una carpeta, nosotros somos dos insípidos folios dentro de ella.
No sirve de nada. La pintura no ha servido de nada. Nada que no sea intentar engañarme a mí misma con el exultante placer que me provoca su aroma. Tú ya no me sabes a nada, no puedo encontrarte ningún sabor por más que mi lengua recorra tu cuerpo de un lado a otro. Tengo que asumirlo. No sé cuanto tiempo ha pasado desde que mi sentido del gusto ha ido perdiendo el norte, pero ya no tienes en tu piel ese sabor a mordisco de manzana y a sal marina de Cala Tuent.
“El día que mis cinco sentidos, los cinco, disfruten plenamente al estar con un hombre, habré encontrado el hombre de mis días, pero mientras mis ojos no brillen hasta dolerme cuando le mire, las aletas de mi nariz no se agranden de la excitación de olerle, mis manos no tiemblen cuando acaricien sus manos, toquen su rostro, mis oídos no escuchen la mejor de las melodías cuando él me hable, su sabor no me erice las venas, será señal de que no le he encontrado, de que no es él. Tendré que abandonarle. No tendría sentido.”
Siempre lo digo, pero hasta hoy nunca lo había pensado, nunca me había preocupado lo que realmente quería decir. ¡Sólo era una frase hecha! Una tontería que he dicho siempre. Contigo no, es distinto, todo es distinto, desde que te conocí todo ha sido diferente, como han temblado mis manos, brillado mis ojos, agrandado mis fosas nasales, mis oídos han bailado cuando mi boca te ha besado. Porque tú eres “Tú”, nunca debí decírtelo. No puede pasarme esto, no a mí.

Voy a pensar en ti. Cierro los ojos con fuerza, no te veo, no puedo verte. Veamos, pensaré en trozos de ti. Cierro los ojos aún con más fuerza, me pican mucho. Sigo sin verte. Pienso en unas manos, pero no son las tuyas. Veo unos labios, pero no son los tuyos. Intentó recordar tus ojos, no me miran. Me lloran los ojos de tanto apretarlos, siempre que pinto me lloran. La pintura ya tan apenas huele, o quizá me he acostumbrado tanto que ya no lo noto, debe ser eso.
Corro a la cocina y comienzo a abrir los armarios tirando todo por los aires, vuelco el contenido del frigorífico en el suelo, lanzándome como una histérica a la búsqueda de mis sentidos. Engullo todo lo que cojo, el tomate, el pollo de la cena, cebollas, verduras, huevos, chupo los tarros, botes y abro los yogures a mordiscos. Ni siquiera mi propia sangre, que mana de un corte del labio tiene ningún sabor ya para mí. Seguramente me estás llamando a gritos desde el cuarto de estar, donde duermes esta noche para que yo pueda pintar, pero no te oigo. No puedo oírte.
No sé cuanto tiempo he pasado sentada entre este caos que me rodea. Opto por levantarme y comer un puñado de cereales de los que tú tomas. Cereales que siempre me han resultado insípidos, nunca me han sabido a nada y que en cierto modo aplacan mi histeria salvaje haciéndome sentir más cercana a los seres reales. No entiendo nada, absolutamente nada.
Corro a la cocina y comienzo a abrir los armarios tirando todo por los aires, vuelco el contenido del frigorífico en el suelo, lanzándome como una histérica a la búsqueda de mis sentidos. Engullo todo lo que cojo, el tomate, el pollo de la cena, cebollas, verduras, huevos, chupo los tarros, botes y abro los yogures a mordiscos. Ni siquiera mi propia sangre, que mana de un corte del labio tiene ningún sabor ya para mí. Seguramente me estás llamando a gritos desde el cuarto de estar, donde duermes esta noche para que yo pueda pintar, pero no te oigo. No puedo oírte.
No sé cuanto tiempo he pasado sentada entre este caos que me rodea. Opto por levantarme y comer un puñado de cereales de los que tú tomas. Cereales que siempre me han resultado insípidos, nunca me han sabido a nada y que en cierto modo aplacan mi histeria salvaje haciéndome sentir más cercana a los seres reales. No entiendo nada, absolutamente nada.
Estás dormido. Tenías la puerta del cuarto cerrada, mejor. No has oído nada. No has visto nada. No has tenido que ver nada. Me acerco a tu lado y te miro. En tu sueño haces un mohín despectivo, después de la noche que llevo sí has debido notar mi presencia. Me acerco aún más sin dejar de mirarte y huelo tu pelo rizado y fino. Aún más y acaricio suavemente con mis dedos tu hombro, muy suavemente, sólo rozándote con la zona más saliente de mis yemas, para no despertarte. Me tumbo junto a ti apoyando mi cabeza sobre tu corazón como tantas noches. Una lágrima se desliza por mi mejilla, va corriendo en línea recta hasta llegar a mis labios, que descansan inertes sobre tu pecho.
Nada tiene sentido.
Publicado en el libro de relatos del Certamen del Ayuntamiento de Calafell (julio 2006)
Revista Narrativas.
(Gracias Alfredo por la idea de darle la vuelta al escrito)