
No creo en la suerte, o sí. No creo en la casualidad, o igual sí. Será porque no soy creyente. A veces en temporadas en las uno camina durante demasiado tiempo por las heladoras calles del infierno, se deja de creer en tanto, que ese tanto se transforma en todo. Creo que por eso no lo tiré a la basura hace años. Entonces. Puede que cuando me lo regalaron en aquel puesto lo necesitara. Como se necesitan tantas parafernalias que te ayudan a agarrarte a la acera y dejar de sentir un constante vértigo.
Han llovido muchas tardes en lugares grises, con vestidos grises, y lluvias que se alternaban con soles, como es obvio de diversos tonos dentro de la gama de este ya único color. He soñado y vivido miles de experiencias oníricas, sueños lúcidos, que no son ni mejores ni peores que los de antaño, sólo diferentes.
Miro las fotografías y observo que todo aparece más o menos igual. El tiempo no siempre pasa rápido, a veces pasa despacio y deprisa a la vez. Creo que eso es lo que provoca que nos acabemos perdiendo sin remedio. Sentir una alarma constante, una paura, miedo a que todo se avecine, se derrumbe como el lodo en la riada, de golpe, o por el contrario que nada termine por suceder.
Sigo sin saber casi nada, comprendiendo menos. Intentándolo, pero sin éxito. Y sin resignarme. A nada. Por más cierzo que quiera soplar. Por más que el viento circular intente llevarse siempre, como desde el día que nos presentaron, por todos los frentes lo que sea, a él le da lo mismo.
Días, meses, semanas de acontecimientos que se grabarán para siempre en mi memoria, que no van acompañados ni de tartas nupciales, ni de grandes celebraciones, ni de cipreses. Pero que me acercaron a gente que ya adoré desde tiempos y con la compartí vino y alegrías. Otros nuevos acompañantes en el camino que compartieron lo bueno, lo vivido, lo que sucedía. No ha habido grandes fiestas, o sí. Esto viene a ser como lo de la casualidad y la suerte, como todo es relativo.
Un año de música que se quedó sonando dentro y aunque la orquesta esté cansada y el pianista se quede sin cigarrillos, no paran de tocar. Un año de grandes satisfacciones que conllevaron también grandes pensamientos y brindis solitarios en más de una ocasión. Un año de Jazz para él, para l'ombelico della mia anima.
Qué siga la música, qué sigan los tréboles de cuatro hojas aunque sean falsos.
¡Salud!