
14 de julio Al volver he sentido que había gente en casa. Un rato después cuando he subido a su estudio he visto que no era así. Sólo está él sentado en el suelo. Seguramente está trabajando en alguna idea de su proyecto y no he querido molestarle. He bajado las escaleras de madera sin tan apenas hacer ruido. Para qué mentir. No tengo ganas de hablar con él. Ni de que él tenga que hacerlo conmigo. Ya no me escucha y yo tampoco. Antes se lo decía de broma, cuando con todo el pelo alborotado se levantaba de su mesa y salía del estudio. Ahora ya no hay ni siquiera ironía en nuestra vida, mucho menos en nuestras conversaciones.
15 de julio
Al levantarme me he dado cuenta que no estaba en la cama. Ni siquiera ha venido a dormir. Su lado está intacto. Ni una sola arruga. Lo que me ha hecho recordar lo poco que me muevo mientras duermo. Sigue en su estudio. Subo antes de irme a trabajar. Está todo patas arriba. Ha arrancado el papel de una de las paredes y apoya la cara contra ella. Parece dormido. Le grito que qué demonios ha hecho. Se despierta sobresaltado y veo que lleva sobre la cara las marcas del horrible estucado que inicialmente cubría esa pared.
Masculla algo así como que es por el nuevo proyecto y me da la espalda apoyando la otra mejilla en la pared quedándose en una especie de letargo desesperante.
Ha pasado una semana. Ya ni siquiera me contesta. Ni siquiera sé si come lo que le subo. Cuando vuelvo por la noche todo es un caos. Nuevo, diferente del anterior. Va arrancando las capas de esa maldita pared como el que pela una cebolla. Ya ha quitado el estucado, luego dos capas más. Hay restos de diversas vidas y épocas sobre el suelo. Luego por la noche de madrugada no sé en qué momento lo recoge y al día siguiente vuelta a empezar.
– Acabaras sin pared maldito loco. Le grité un día. Y no sé por qué eso pareció calmarle. No volvió a arrancarle nada más. Le dejó las pocas entrañas que aún le quedaban tranquilas. No responde a mi cariño, ni a mis gritos de madre en apuros, ni a mis suplicas de esposa desconsolada. He probado con todas las clases de plañideras de pago y auténticas que existen y no hay nada que hacer. Y siempre esa horrible sensación de que alguien se ríe de mí a mis espaldas. De que alguien observa como nos alejamos tanto que ya ni siquiera podemos escucharnos. Ni aunque queramos. Y ya nadie quiere.
29 de julio
– Ya no sé qué puedo hacer. Antes aún me contestaba aunque fueran monosílabos, ahora ni eso doctor. Pasa las horas y los días ahí tal y como le ve, sentado sin hablar.– Bueno, vamos a ver, usted trabaja.
– Sí claro.
– Él no.
– No exactamente. Es arquitecto y estaba estudiando un proyecto muy importante.
– Ya... y no lo ha conseguido.
– Pues es que no lo sé. Yo suponía que sí, que por eso estaba todo el día encerrado arriba en su estudio. Pero ahora me hace usted dudar. Tampoco hemos hablado del tema. ¿Pero es que no lo ha visto? No se levanta del suelo con las narices pegadas a la pared.
– Podría perfectamente tratarse de un caso de depresión. Usted trae el dinero a casa, es la triunfadora y él un fracasado. Puede arrastrar este problema desde hace tiempo y es ahora cuando ha explotado.
– No me cuadra. Él no es así. Demasiado orgulloso para sentirse inferior a mí.
– Esa actitud no es la correcta.
– Lo siento, pero verlo ahí como un...
– Sí, está claro que necesita ayuda.
– Sí, está claro. Y que yo no puedo más. Ha dejado de darme pena. Ha dejado de darme todo.
Al pasar las yemas de los dedos de arriba a abajo por la pared notó como ésta se erizaba. Se erizó como si se tratara de la piel de una adolescente. Se separó sobresaltado y pensó que llevaba demasiadas noches sin dormir. Demasiadas noches y días ahí arriba encerrado en proyectos inexistentes, sólo por no tener que salir fuera. Pero al volver a acercar las manos volvió a sentirlo, a sentirla. Fue entonces cuando le arrancó las telas que horriblemente la cubrían cuando notó que se comportaba como una mujer desnuda avergonzada de su cuerpo. Estaba lleno de bultos, de granos que a él se le antojaron hermosos. Y pasó toda la noche besándolos, acariciándolos, durmiendo sobre su hermoso, frío y feo cuerpo.
Decidió dejarla lo más bella posible. Era arquitecto, era su trabajo, su especialidad. Armado como el mejor de los cirujanos plásticos de Hollywood le arrancó todas las partes sobrantes, hasta que se dio cuenta que si seguía intentando quitar todo lo horrible que la había ido cubriendo con los tiempos, se quedaría sin nada, sin ella. La bruja de su mujer por una vez podía tener razón. Así que se limitó a dormitar a su lado, a vivir a su lado.
Ahora ha decidido traerle un médico. Eso es buena señal, señal de que ya ha claudicado, de que pronto se irá y les dejará tranquilos y en paz. El buen doctor y ella han entrado en el estudio como si no hubieran interrumpido nada. A nadie. Y al marcharse como siempre su mujer cierra la puerta de golpe. Él sabe que lo hace a idea. Para dañarla, para hacerle daño.
– Ay – se escucha a ras del suelo. Es un leve, casi imperceptible quejido de hembra herida. Y él como tantas veces se agacha y coge el pequeño pedazo de pared que ha caído por el golpe. Lo acaricia y con la ternura de quien le ha curado muchas veces esas pequeñas heridas, se prepara para hacerlo de nuevo.